La novia de Frankenstein
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David Filme
David Filme

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4,0
Publicada el 12 de mayo de 2020
"La Novia de Frankenstein" es un notable clásico dirigido por James Whale, secuela de la mítica “El Doctor Frankenstein”. Luego de intentar olvidar los traumáticos hechos asociados a la abominable criatura que creó, y después de jurar abandonar sus experimentos, Henry Frankenstein se verá obligado a ceder a los chantajes del siniestro Dr. Pretorius para crear una compañera para el monstruo. A pesar de que el gran éxito de “Frankenstein” rápidamente llevaría a Carl Laemmle Jr. a considerar una secuela, considerada en el mismo rodaje del clásico de James Whale, cuando luego de filmar la muerte de Víctor Frankenstein en el epílogo, Laemmle Jr. obligó al director a colocar un final ambiguo y abierto, precisamente para una secuela. Whale estaba convencido que una secuela era sencillamente imposible e inviable debido a que se había agotado la idea principal. Siempre tuvo en consideración que la secuela difícilmente superaría a la original, por lo que decidió abordarla desde el principio en base a dos estrategias narrativas que además de pertinentes, son sencillamente eficientes y notables. El prólogo de la cinta con esa magnífica escena que reúne a Lord Byron, Percy B. Shelley y Mary Shelley comentando las circunstancias creativas de este clásico de la literatura gótica, es toda una declaración de principios de Whale para el espectador.

No sólo sirve de perfecta presentación para continuar con la historia de la precuela y su brutal epílogo, sino que sirve como un perfecto método metadiscursivo para acercar al espectador a la novela (1818) de Shelley, a la par que introduce una nueva historia con personajes ya conocidos y otros nuevos, además de situaciones nuevas, pero con el mismo principio ético y moral. La segunda estrategia narrativa, es realizar una continuación fluida y natural de los acontecimientos, una perfecta conjunción entre el final de la precuela y el inicio de la secuela, una cuestión que no sólo se traduce en la ventaja de ser un pionero en la construcción del cine de horror estadounidense, sino también en la de tener una visión narrativa simplista y compleja, al mismo tiempo. Para ello, el director realizará una magistral conjugación de escenas a estas alturas legendarias en la historia del cine para conectar ambos films, el clímax de la turba enardecida quemando el viejo molino y la caída aparentemente fatal de Víctor Frankenstein a manos del monstruo. Volviendo al lenguaje simbólico, debemos recordar que se había utilizado la figura del monstruo de Frankenstein como una propia alegoría a su persona, un personaje solitario, incomprendido y despreciado por los demás por ser diferente. Whale amplia el espectro metafórico de su homosexualidad en la figura de la novia, creada por Frankenstein y Pretorius.

Otra referencia homosexual es la relación del monstruo y del ermitaño ciego, que conviven como un matrimonio del mismo sexo que el resto de la sociedad no tolera y en donde el monstruo no tiene aún la conciencia de que no es lo mismo tener un compañero que una compañera. De hecho, una fuerte polémica se desarrolló a través de décadas entre los críticos y los biógrafos de Whale que defienden la tesis de que el director no utiliza la figura de la novia como referencia metafórica a sí mismo, ya que pregonaba abiertamente su homosexualidad. Como sea, fue objeto de censura no sólo por estos elementos homoeróticos, sino también por sus constantes referencias religiosas, como la comparación creativa del hombre y Dios, las recurrentes imágenes cristianas como la escena de la cruz en el cementerio y la del monstruo amarrado a una cruz improvisada al ser capturado por la muchedumbre en una alegoría al Vía Crucis, y los gestos de deseo que el monstruo tiene al ver el cuerpo femenino de su compañera. También, la forma burlesca en que se retrata al rey Enrique VIII en la secuencia de los homúnculos de Pretorius no fue bien recibida en el país natal del realizador. Sin embargo, el director deja patente el dilema filosófico de la naturaleza humana. Una vez más deja en el espectador la libertad para preguntarse si el hombre es realmente bueno o simplemente su imperfección le hace decantarse por la maldad.

Las actuaciones son impecables, el retrato de Henry Frankenstein, en la piel del icónico Colin Clive, continúa siendo interesante, con un hombre atormentado y en constante contradicción, pero aún asaltado y superado por el viejo espíritu arrogante del científico y su creación. Por su parte, su abominable criatura, el monstruo, con un ya consagrado Boris Karloff es quién muestra una mayor evolución, esencialmente psicológica cuando entra en conciencia de sí mismo, a pesar de tener una edad psicológica de 10 años y una emocional de 15. El relato de su evolución es sencillamente conmovedor y está construido con un ritmo tan dinámico como moderado. La ama de llaves de los Frankenstein, Minnie, personaje neurótico pero cómico interpretado por Una O’Connor que sirve para los ribetes de comedia tradicional en la trama. El personaje de Elizabeth, la prometida de Víctor que se convierte en la clave para que Pretorius y el monstruo chantajeen al científico y colabore en la creación de la compañera, personificada por Valerie Hobson. Por otra parte, la inclusión de Mary Shelley y el personaje de la novia del monstruo, ambas interpretadas por una icónica Elsa Lanchester. Un personaje realmente notable y que llena de frescura a la trama es la introducción del maquiavélico Dr. Proterius, interpretado brillantemente por Ernest Thesiger.

En definitiva, una notable secuela que brilla con luces propias gracias a una inteligente apuesta narrativa que asegura un relato de ritmo fluido, personajes reformulados y otros nuevos maquiavélicos, todo dentro de una factura técnica inigualable en décadas posteriores. Con una ambientación y puesta en escena que bebía del cine expresionista alemán y con una fuerza narrativa más que sobresaliente. No pasará el tiempo por esta cinta porque el buen cine jamás pasa de moda.
Christian Martínez
Christian Martínez

253 críticas Sigue sus publicaciones

2,0
Publicada el 6 de mayo de 2026
La decepción ha sido demoledora.

A pesar de que la primera parte me pareció fascinante, me adentré a esta continuación con el escepticismo propio de quien sabe que las secuelas rara vez logran escapar de la sombra de su predecesora. Casi nunca salen bien. Y a pesar de que me ha decepcionado bastante, la estética fotográfica me vuelve a tener enamorado.

Es sencillamente una delicia. Con una escenografía impresionante que me devuelve el sabor de boca que tengo cuando una película me hace recordar por qué amo el cine. Me hace sentir de nuevo esa típica fascinación "infantil" por la gran pantalla, es decir, me siento como un crío disfrutando. Me cautivan los cielos pictóricos que son casi lienzos y su uso maestro de las luces y sombras. Hay de ese brillo propio del cine clásico que ya no existe ni existirá. La textura mágica que está extinta. Y es sorprendente cómo se mantienen con credibilidad los efectos especiales y visuales desde 1935. Whale y John J. Mescall nos regalan imágenes tan poderosas y poéticas como la de esos seres en miniaturas atrapados en tarros, un prodigio técnico que personalmente, me ha sorprendido mucho. Sobre todo, viendo por primera vez esta película en pleno 2026.

El rostro de Elizabeth, aquí interpretada por Valerie Hobson en lugar de Mae Clarke, es un acierto. El blanco luminoso de su presencia y ese resplandor antiguo tan característico de la época sientan de manera excepcional a mi mirada crítica.

No obstante, ese envoltorio de lujo tan delicado y perfecto se rompe con la historia. La premisa de crear una raza artificial bajo la analogía de Adán y Eva, desafiando el propósito divino de la creación de la vida, es una idea sugerente en el papel, pero en la práctica me deja totalmente indiferente. Y mira que siempre he sentido poco interés por las motivaciones de Frankenstein en desafiar a la muerte; me muestro siempre ajeno a las razones, por lo que la historia, aunque se plantea aquí interesante en su concepto, no capta mi interés genuinamente ni me invita a participar en su obsesión.

Aunque lo que más me saca de todo es el tratamiento de la criatura masculina. Se intenta humanizar al monstruo, dotándolo de capacidad de amistad que no me interesa en absoluto. Prefiero esa naturaleza limitada a la destrucción. Y entiendo la moraleja y la gracia de la historia, que reside en esa sensibilidad, y aunque compadezca y empatice con el hombre ciego que hospeda a la criatura, la nueva personalidad del monstruo es poco atractiva. Esa escena en especial no me compra. Se vuelve densa y pesada.

Es triste ver cómo partes que deberían estar cargadas de pura emoción solo me distraen de la trama. Momentos que deberían romperme por dentro, o causar gran efecto en mí, simplemente me hacen decir "vale, siguiente cosa". Confieso que, a rasgos generales, casi todo me ha disgustado más de lo que yo habría esperado. En comparación a la fuerza y cohesión de 'El doctor Frankenstein', esta secuela es mucho más débil, como si la búsqueda de una ambición más poderosa se tambaleara en una estructura narrativa fallida.

Lo que más me fastidia aquí es el sentirme engañado por su título. Esperaba, sinceramente, un romance trágico, gótico y oscuro. Un desarrollo profundo y complejo entre los dos seres fantásticos. Pero la novia solo aparece en plano varios minutos. Poco más. Fallo garrafal que me fastidia toda la propuesta y traiciona mi expectativa.

Solo la frase <> es lo que me gusta. El broche de oro para una película que, desgraciadamente, es una narrativa cansada y menos estimulante de lo que debería.
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