Me interesó mucho, aunque no es una película cómoda. Venía de Tres adioses, también de Isabel Coixet, y aquí el tono es completamente distinto: menos emoción luminosa y más sequedad, deseo raro, dependencia, incomunicación y una sensación constante de estar viendo a una mujer rodeada de hombres que invaden su espacio de formas distintas.
Nat llega a ese pueblo como alguien que quiere esconderse o empezar de nuevo, pero el lugar no es refugio. La casa se cae a pedazos, el casero es desagradable, los vecinos miran, opinan o presionan, y todo tiene una aspereza que parece pegarse al cuerpo: polvo, calor, soledad, silencios incómodos y gente que no ayuda sin esperar algo a cambio.
Laia Costa está muy bien porque sostiene a Nat sin volverla fácil. No siempre entiendes sus decisiones, y eso forma parte de la película. A veces parece vulnerable, otras cabezota, otras perdida y otras deseando algo que ni ella sabe explicar. Es un personaje incómodo, no escrito para caer simpática todo el rato, sino para mostrar a alguien que no sabe muy bien cómo colocarse en el mundo.
Hovik Keuchkerian impone muchísimo como Andreas. Tiene una presencia física casi animal, especialmente en las escenas sexuales. No hay romanticismo bonito ahí, sino cuerpo, impulso, brusquedad, necesidad y una conexión intensa pero desigual. Ella empieza a leer algo más emocional; él parece estar en otro sitio, más práctico, más opaco, menos dispuesto a nombrar nada.
Esa diferencia hace que la relación resulte tan incómoda. Nat quizá se está enamorando, o al menos agarrándose a la idea de que ahí hay algo verdadero, mientras Andreas parece vivirlo desde una lógica mucho más física. Cuando ella lo ve en el coche con otra mujer, el golpe funciona porque no sabemos si él ha traicionado algo o si ella había construido una expectativa que nunca estuvo pactada.
La sospecha de que Andreas haya repetido ese patrón con otras vecinas, arreglando goteras o haciendo favores que acaban mezclándose con sexo, también da bastante mal rollo. No hace falta confirmarlo del todo. Basta con que Nat empiece a preguntárselo para que la relación pierda cualquier apariencia de excepcionalidad.
Hugo Silva me resultó muy pesado, pero creo que está buscado. Su personaje tiene ese aire de hombre que se cree sensible, interesante y artístico, pero no deja de ocupar espacio, opinar, insistir y hacerse notar. Por eso me encantó que Nat le dijera que sus vidrieras eran horribles, de las más feas que había visto. No es una gran venganza, pero sí un pinchazo perfecto a su ego.
La película muestra bien esa variedad de masculinidades incómodas. Andreas no es como el casero, claro, pero también invade a su manera. El amigo invade desde la insistencia y el postureo. El casero lo hace desde el poder y la violencia. Cuando intenta agredir sexualmente a Nat, el pueblo deja de ser solo un sitio áspero y se convierte en un espacio directamente hostil.
Lo del perro también es importante. Sieso empieza siendo casi otro problema más, un animal difícil y poco manejable, y sin embargo acaba revelándose como el vínculo más limpio. Cuando se lo llevan por morder a una niña, parece que Nat pierde lo único que podía acompañarla sin exigirle una explicación. Y cuando aparece al final y la lame, la escena tiene una ternura enorme.
Ahí entendí el título de otra forma. Su amor, al final, no es Andreas, ni el deseo, ni esa relación torcida, ni ninguno de esos hombres incapaces de ofrecerle un lugar seguro. Su amor es Sieso. No porque sea un cierre cursi, sino porque ese animal representa una compañía menos contaminada por poder, sexo, ego o expectativas.
También me gustó el detalle del Opel Kadett, esa versión pequeña del Opel Rekord que fue mi primer coche. A veces una película te engancha por una imagen emocional inesperada, y ese coche me llevó a un recuerdo propio. La escena de Nat bailando sola en mitad del campo también tiene algo de liberación rara.
No es perfecta. Entiendo a quienes ven en ella demasiada aspereza, demasiada metáfora evidente o un final discutible. A ratos Coixet subraya más de la cuenta esa idea de mundo rural hostil y deseo tóxico. Pero conmigo funcionó porque me incomodó de verdad y porque no intenta convertir el amor en algo bonito, sino en algo que puede alimentar, confundir o destruir.
También me hizo pensar en lo poco que entiendo algunas parejas. Hay relaciones donde todo parece lucha, reproche, dependencia o invasión, y desde fuera cuesta comprender por qué alguien se queda ahí. La película no responde de forma sencilla, pero muestra bien que sentir deseo o intensidad por alguien no convierte esa relación en sana.
Al final, me queda como una película áspera, extraña y bastante potente. No me emocionó como Tres adioses, pero me interesó mucho. Laia Costa está muy bien, Hovik Keuchkerian da miedo y magnetismo, y Coixet consigue que ese pueblo parezca un lugar donde todo contacto humano tiene precio. Una historia incómoda sobre deseo, soledad y búsqueda de afecto, con Sieso como el amor más verdadero de todos.