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Sobre el papel tenía bastantes ingredientes para funcionar: Georgina Campbell como protagonista, un asesino en serie especialmente perturbador y Andrew Kevin Walker, guionista de Seven, detrás de la historia. De entrada incluso “olía” bien. El problema es que Psycho Killer termina teniendo más interés por la brutalidad y la rareza de su villano que por construir una tensión verdaderamente sólida alrededor de él.
El asesino resulta desagradable, que supongo que era exactamente el objetivo. No busca el carisma elegante de otros psicópatas cinematográficos ni ese magnetismo que hace que el espectador se sienta incómodo por estar fascinado con ellos. Aquí predomina lo repulsivo. Sus rituales, su manera de relacionarse con la violencia y la frialdad con la que atraviesa el mundo consiguen que parezca un personaje contaminado moralmente, alguien al que uno preferiría mantener lo más lejos posible.
Eso debería convertirlo en una presencia aterradora, pero la película comete un error parecido al de muchos thrillers violentos: cuanto más demuestra de qué es capaz, menos efecto produce cada nueva demostración. La violencia se acumula hasta llegar a un punto en que deja de aumentar la tensión y empieza simplemente a confirmar algo que ya sabemos. El horror pierde fuerza cuando la sorpresa se sustituye por insistencia.
Georgina Campbell sostiene bastante bien la otra mitad de la película. Tiene una naturalidad que ayuda a que la investigación conserve algo de humanidad incluso cuando el argumento empieza a alejarse de cualquier terreno mínimamente reconocible. Después de Barbarian ya había demostrado que sabe desenvolverse muy bien en historias donde el miedo y la extrañeza van cambiando de forma, y aquí vuelve a aportar una credibilidad que el guion no siempre le devuelve.
La película también tiene un problema de tono. Empieza pareciendo un thriller oscuro de persecución, pero progresivamente introduce elementos tan grotescos y situaciones tan desmesuradas que uno deja de saber exactamente qué pretende ser. Eso podría haber sido una virtud si Gavin Polone hubiese abrazado por completo la locura, pero hay una extraña timidez: quiere resultar enfermiza y exagerada sin terminar de entregarse al delirio.
Andrew Kevin Walker deja algunas ideas que recuerdan inevitablemente a su interés por personajes moralmente deformados y espacios donde la violencia parece responder a una lógica propia, pero aquí falta la precisión que hacía funcionar Seven. En aquella película cada elemento reforzaba una atmósfera y una visión del mundo. En Psycho Killer aparecen piezas potencialmente inquietantes que no siempre terminan formando un conjunto igual de inquietante.
Malcolm McDowell aporta inmediatamente una presencia peculiar simplemente por aparecer. Es uno de esos actores que cargan décadas de cine oscuro encima y cuya cara ya genera determinadas expectativas. El problema es que la película parece disfrutar más acumulando rarezas y nombres llamativos que profundizando realmente en las ideas que introduce.
Visualmente tampoco encuentro una personalidad especialmente marcada. Hay momentos efectivos y alguna composición que refuerza esa sensación de territorio hostil y de viaje hacia algo cada vez más enfermizo, pero cuesta identificar un estilo propio. Y eso resulta curioso en una película cuyo título y argumento prácticamente exigen una identidad más feroz.
La música me interesó más. Hay pasajes con una textura industrial, incómoda, casi como si Trent Reznor estuviera rondando por allí, y ese tipo de sonido consigue generar una sensación de paranoia y suciedad mucho más eficaz que algunas de las imágenes más explícitas. En esos momentos la película parece entender que la incomodidad funciona mejor cuando se filtra poco a poco que cuando simplemente se arroja sangre a la pantalla.
Lo que termina quedándome es una sensación extraña. No diría que me aburrió: tiene suficiente movimiento, violencia y situaciones extravagantes para mantener la atención durante sus noventa minutos. Pero tampoco consiguió que toda esa brutalidad significara demasiado. El asesino es repulsivo, Georgina Campbell funciona bien y hay una atmósfera ocasionalmente potente, pero debajo del exceso encuentro menos sustancia de la que esperaba.
Quizá ese sea el mayor problema: una película escrita por el guionista de Seven y titulada Psycho Killer debería dejar una marca bastante más profunda. Esta deja imágenes desagradables, una sensación final de inquietud y algunas ideas curiosas, pero no mucho más. Extraña, sucia y a ratos eficaz, aunque demasiado irregular para que su locura termine siendo realmente memorable.
El asesino resulta desagradable, que supongo que era exactamente el objetivo. No busca el carisma elegante de otros psicópatas cinematográficos ni ese magnetismo que hace que el espectador se sienta incómodo por estar fascinado con ellos. Aquí predomina lo repulsivo. Sus rituales, su manera de relacionarse con la violencia y la frialdad con la que atraviesa el mundo consiguen que parezca un personaje contaminado moralmente, alguien al que uno preferiría mantener lo más lejos posible.
Eso debería convertirlo en una presencia aterradora, pero la película comete un error parecido al de muchos thrillers violentos: cuanto más demuestra de qué es capaz, menos efecto produce cada nueva demostración. La violencia se acumula hasta llegar a un punto en que deja de aumentar la tensión y empieza simplemente a confirmar algo que ya sabemos. El horror pierde fuerza cuando la sorpresa se sustituye por insistencia.
Georgina Campbell sostiene bastante bien la otra mitad de la película. Tiene una naturalidad que ayuda a que la investigación conserve algo de humanidad incluso cuando el argumento empieza a alejarse de cualquier terreno mínimamente reconocible. Después de Barbarian ya había demostrado que sabe desenvolverse muy bien en historias donde el miedo y la extrañeza van cambiando de forma, y aquí vuelve a aportar una credibilidad que el guion no siempre le devuelve.
La película también tiene un problema de tono. Empieza pareciendo un thriller oscuro de persecución, pero progresivamente introduce elementos tan grotescos y situaciones tan desmesuradas que uno deja de saber exactamente qué pretende ser. Eso podría haber sido una virtud si Gavin Polone hubiese abrazado por completo la locura, pero hay una extraña timidez: quiere resultar enfermiza y exagerada sin terminar de entregarse al delirio.
Andrew Kevin Walker deja algunas ideas que recuerdan inevitablemente a su interés por personajes moralmente deformados y espacios donde la violencia parece responder a una lógica propia, pero aquí falta la precisión que hacía funcionar Seven. En aquella película cada elemento reforzaba una atmósfera y una visión del mundo. En Psycho Killer aparecen piezas potencialmente inquietantes que no siempre terminan formando un conjunto igual de inquietante.
Malcolm McDowell aporta inmediatamente una presencia peculiar simplemente por aparecer. Es uno de esos actores que cargan décadas de cine oscuro encima y cuya cara ya genera determinadas expectativas. El problema es que la película parece disfrutar más acumulando rarezas y nombres llamativos que profundizando realmente en las ideas que introduce.
Visualmente tampoco encuentro una personalidad especialmente marcada. Hay momentos efectivos y alguna composición que refuerza esa sensación de territorio hostil y de viaje hacia algo cada vez más enfermizo, pero cuesta identificar un estilo propio. Y eso resulta curioso en una película cuyo título y argumento prácticamente exigen una identidad más feroz.
La música me interesó más. Hay pasajes con una textura industrial, incómoda, casi como si Trent Reznor estuviera rondando por allí, y ese tipo de sonido consigue generar una sensación de paranoia y suciedad mucho más eficaz que algunas de las imágenes más explícitas. En esos momentos la película parece entender que la incomodidad funciona mejor cuando se filtra poco a poco que cuando simplemente se arroja sangre a la pantalla.
Lo que termina quedándome es una sensación extraña. No diría que me aburrió: tiene suficiente movimiento, violencia y situaciones extravagantes para mantener la atención durante sus noventa minutos. Pero tampoco consiguió que toda esa brutalidad significara demasiado. El asesino es repulsivo, Georgina Campbell funciona bien y hay una atmósfera ocasionalmente potente, pero debajo del exceso encuentro menos sustancia de la que esperaba.
Quizá ese sea el mayor problema: una película escrita por el guionista de Seven y titulada Psycho Killer debería dejar una marca bastante más profunda. Esta deja imágenes desagradables, una sensación final de inquietud y algunas ideas curiosas, pero no mucho más. Extraña, sucia y a ratos eficaz, aunque demasiado irregular para que su locura termine siendo realmente memorable.
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