'Burnout' en primer plano
por Alicia P. FerreirósSiempre conlleva cierto riesgo que una película esté diseñada para sostenerse única y exclusivamente sobre los hombros de un personaje, pero, cuando sale bien, el resultado suele traducirse en uno de los mejores trabajos actorales del intérprete que ha asumido el reto. Y eso es precisamente lo que ocurre con Rose Byrne en Si pudiera, te daría una patada, una película de la que es imposible hablar sin referirse a la excelencia que caracteriza a la interpretación de Rose Byrne en todos y cada uno de los 114 minutos de metraje.
Lo ha hecho a las órdenes de la actriz, directora y guionista independiente Mary Bronstein en su segundo trabajo como directora, para el que han tenido que pasar 17 años desde su ópera prima de culto Yeast en 2008. Una película que protagonizó ella misma en un reparto en el que también estaban unos entonces desconocidos Greta Gerwig y Josh y Bennie Safdie.
Aunque ha afirmado tajante que Si tuviera piernas, te daría una patada no es es una película autobiográfica, Bronstein, también autora del guion, comenzó a escribir la historia de Linda (Byrne) hace unos años, mientras vivía una situación similar a la de la protagonista que también fue la razón de su hiatus laboral. Su hija estaba enferma y, durante su tratamiento en otra ciudad, vivieron en un motel en el que la directora utilizaba las horas de sueño de la pequeña para evadirse de la carga mental.
En Si pudiera, te daría una patada, la situación extrema a la que acaba llegando la protagonista tiene un punto de partida similar: su hija está enferma, su marido está ausente y Linda tiene que hacer virguerías para que todo encaje en una ajetreada rutina. Por si fuera poco, el techo de su casa se ha derrumbado y han tenido que trasladarse a un motel barato donde las noches se han convertido su única baza para evadirse, pero al mismo tiempo la han conducido a una espiral autodestructiva en la que las alucinaciones le están jugando malas pasadas y la línea que la separa de la locura es cada vez más fina.
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Y eso es precisamente lo que le importa a la película. De la mano de una Byrne espectacular que aguanta los primerísimos planos de forma magistral, el filme apuesta por no poner el foco en la tragedia del hijo enfermo, sino que, con sabiduría, lo deja fuera de plano para que el espectador pueda centrarse en lo que realmente quiere reivindicar Bronstein: que Linda, además de madre, es un ser humano en una situación límite que la ha superado por completo y sencillamente no lo está sabiendo gestionar.
Byrne cumple con creces su misión de transmitir al espectador la angustia de Linda: la película es tan opresiva, agobiante y desesperante que en su recta final te hace desear que todo termine.
Una película para ver con una mirada honesta, sin prejuicios y con empatía que funciona como una llamada de atención para no olvidarnos de ese gran obviado que es el cuidador y la sobrecarga emocional a la que hacen frente.