El gran diluvio parte de una idea que el cine coreano maneja especialmente bien: usar un género reconocible para hablar, sin disimulo, de un problema muy real de su sociedad. Aquí el punto de partida es una catástrofe global, pero el fondo es otro mucho más incómodo: una humanidad que ya estaba rota antes de que empezara a subir el nivel del agua.
Durante su primera mitad funciona como un relato de supervivencia bastante efectivo. Hay tensión, sensación de encierro, imágenes potentes y un uso inteligente del espacio que transmite bien la asfixia física y emocional. Todo parece ir en la dirección de una película de catástrofes clásica, pero con una sensibilidad más íntima, más centrada en la relación entre madre e hijo que en el espectáculo puro.
A mitad de camino, la película decide girar y ahí es donde muchos espectadores se bajarán. El relato se desplaza hacia la ciencia ficción y el discurso se vuelve más abstracto, más simbólico, incluso incómodo. No todo encaja igual de bien y es cierto que el ritmo se resiente: hay repeticiones, ideas que se estiran más de la cuenta y una sensación de que el film quiere decir muchas cosas a la vez.
Aun así, el corazón de la historia aguanta. La interpretación central sostiene la película incluso cuando el guion flaquea, y hay una honestidad clara en su intento de reflexionar sobre la maternidad, la extinción y el miedo a un futuro sin continuidad. Puede resultar discutible, incluso provocador, pero no es un discurso vacío ni cínico.
Visualmente, El gran diluvio tiene momentos realmente logrados. La destrucción no se presenta como un espectáculo heroico, sino como algo triste, casi inevitable. Hay imágenes finales que se quedan en la cabeza y que refuerzan la idea de que el título es más una metáfora que una amenaza literal.
No es una película redonda ni para todos los públicos. Su ambición le juega alguna mala pasada, pero prefiero mil veces este tipo de riesgo a una cinta de desastres sin alma. El cine coreano vuelve a demostrar que puede fallar, pero rara vez juega a lo seguro.