Tokio, 1987. Fuki tiene once años y transita la infancia en un hogar marcado por la fragilidad: su padre permanece hospitalizado y su madre, desbordada por las circunstancias, apenas logra sostener la rutina cotidiana. En medio de esa ausencia múltiple —la del padre enfermo y la de una madre emocionalmente distante—, el verano se abre ante ella como un tiempo suspendido, silencioso y lleno de posibilidades inciertas. Durante esos días largos y calurosos, Fuki deambula entre la soledad y la imaginación. Inventa rituales secretos, explora los límites de lo visible y convierte los espacios cotidianos en territorios cargados de misterio. Entre juegos, pequeñas rebeldías y momentos de introspección, la niña intenta dar sentido a lo que no comprende: la enfermedad, la distancia, el miedo a la pérdida.
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