Dios y sus jueguecitos de conveniencia.
Parece una parodia de 'El exorcista' pasada por el filtro de los efectos de los 2000, con fuertes influencias de películas como 'Matrix' o 'La jungla de cristal'. 'Constantine' mezcla terror sobrenatural, acción, humor negro y mitología cristiana hasta construir algo que, aunque no me resulta especialmente novedoso en lo teológico, sí me funciona bastante mejor cuando deja de intentar ser una reflexión solemne sobre la fe y se convierte, directamente, en una película de acción protagonizada por un mercenario que mata demonios.
Uno de los elementos que más me llaman la atención es el uso de los espejos como puertas hacia el mal. Es una idea que siempre me ha resultado atractiva dentro de la ficción, pero también me parece una exageración cuando se pretende revestirla de cierta lógica sobrenatural. Un espejo no es una puerta a ninguna otra dimensión: es una lámina de vidrio cuya superficie refleja la luz, haciendo que los fotones reboten siguiendo las leyes de la reflexión. No hay ningún mecanismo físico que permita convertirlo en un portal al infierno. Precisamente ahí es donde estas historias se apoyan en creencias y en la sugestión: cuanto menos conocemos la física de un fenómeno, más fácil resulta convertirlo en algo misterioso o amenazante. Y el espejo tiene, además, una carga simbólica perfecta para este tipo de ficción: devuelve nuestra propia imagen, pero al mismo tiempo parece abrir una habitación idéntica a la nuestra que no podemos atravesar. Narrativamente es potentísimo; físicamente, no tanto.
En ese sentido, la película bebe bastante de la ficción narrativa que tanto me sobra en 'Pactar con el diablo'. Hay una serie de ideas teológicas que vuelven a aparecer una y otra vez, especialmente esa obsesión con que Dios tiene un plan para todos. Hasta los huevos del «Dios tiene un plan». No todo lo que ocurre tiene necesariamente que formar parte de un algo previamente escrito. Eso es, en esencia, una forma de creer en el destino: si algo ha sucedido, entonces debía suceder porque estaba destinado a ello. Pero ¿por qué? ¿Por qué no puede existir la espontaneidad? ¿Por qué un acontecimiento no puede ser consecuencia de una serie de circunstancias que podrían haber tomado otra dirección y que, sencillamente, en el último momento tomaron una diferente?
Que una persona tenga una vocación extraordinariamente fuerte hacia algo tampoco significa que exista un destino preescrito. Puede nacer con unas capacidades, unos intereses o una personalidad que hagan que todo parezca conducirla hacia un determinado camino, pero eso no convierte ese camino en una profecía. El hecho de que algo parezca inevitable después de que haya ocurrido no significa que realmente lo fuera antes de ocurrir. Hay una diferencia enorme entre encontrar un sentido retrospectivo a la propia vida y creer que ese sentido estaba escrito de antemano.
Precisamente por eso, lo que más me interesa del relato es cuando pone esas ideas contra las cuerdas. Me gustan las películas que juegan con las creencias religiosas, que cuestionan la fe y que intentan encontrar contradicciones dentro de sus propios sistemas morales. Aquí están presentadas de una manera mucho más directa, mucho más agresiva y, sobre todo, mucho más entretenida.
Ahí entra John Constantine, y es donde la película realmente gana. Me gusta la grosería y la terquedad de Reeves. Ha pasado de ser el abogado del diablo a convertirse en un mercenario matademonios, pero, en realidad, los dos personajes no están tan alejados. Ambos comparten una naturaleza parecida: tipos arrogantes, inteligentes, desagradables, obstinados y capaces de enfrentarse a fuerzas que están muy por encima de ellos. La diferencia es que aquí Reeves no viene con la manipulación sofisticada que presentaba en los juicios. No tiene que seducir a nadie con grandes discursos. Va, dispara, fuma, insulta y exorciza demonios. Y me he reído con él. He disfrutado mucho más de esta versión agresiva y directa del personaje. La película entiende perfectamente que necesita a alguien con una actitud de «me importa un carajo todo esto» para atravesar una historia cargada de ángeles, demonios, profecías, pecados y planes divinos sin que el conjunto se convierta en una misa interminable. El humor negro le viene que ni pintado precisamente por eso. Constantine no parece impresionado por ninguna de las dos instituciones (el cielo y el infierno) y, en cierto modo, esa es su mejor cualidad. No he leído el cómic, así que no puedo valorar hasta qué punto la película respeta o traiciona al personaje original. Mi referencia es exclusivamente la película y, desde ahí, Constantine me funciona perfectamente como tal.
En cambio, Tilda Swinton es insoportable. Quiero que desaparezca de la pantalla cuanto antes. No pretendo escucharla hablar. La interpretación está bien dentro de lo que quiere hacer, pero el personaje me produce un rechazo absoluto. Y por eso funciona narrativamente: consigue transmitir una presencia fría, arrogante y profundamente irritante. El problema es que conmigo esa irritación no se queda en el terreno de «qué buen antagonista», sino en el de «por favor, que se calle de una puta vez». Me importa absolutamente cero. Me parece una cría cabreada a la que le han dicho que no puede salir con sus amigas. Sus problemas no consiguen interesarme. Es uno de esos personajes que entiendo que tienen una función dentro de la historia, pero cuya presencia no consigue generar en mí ningún tipo de empatía.
Al menos, Rachel Weisz no es simplemente un motor narrativo para que Reeves vaya de un sitio a otro, sino que la actriz sabe sostenerse. El resto del reparto está bien.
La película se vuelve especialmente interesante cuando aborda el suicidio como pecado. Aquí es donde las ideas religiosas que plantea me generan más rechazo y, paradójicamente, más interés como material narrativo. ¿Por qué tendría que estar castigado con el infierno quitarse la propia vida? ¿Por qué una decisión sobre la propia existencia se convierte en una transgresión contra Dios? ¿Importa más la supuesta voluntad divina sobre quién vive y quién muere que la voluntad del individuo sobre su propia vida? Se plantea que Dios puede tener misericordia con personas que han cometido atrocidades contra los demás —pedófilos, pederastas, violadores, asesinos— mientras que quien acaba con su propia vida puede quedar condenado por haber ejercido esa decisión sobre sí mismo. Es desconcertante esa jerarquía moral. Una persona puede destruir la vida de otra y, aun así, existir la posibilidad de perdón; pero quien decide poner fin a su propio sufrimiento queda excluido de esa misericordia simplemente porque ha cruzado una frontera que Dios considera sagrada.
¿Qué clase de libertad es esa? El libre albedrío existe mientras no contradiga las reglas establecidas por Dios. Puedes elegir, pero no determinadas cosas. Puedes tomar decisiones, pero algunas te condenan. Puedes ser responsable de tus actos, pero tu vida, en última instancia, no te pertenece porque es un «don» que te ha sido concedido. Es una concepción de la libertad profundamente contradictoria. Si un ser todopoderoso decide que tu vida le pertenece porque él te la ha concedido, entonces la autonomía individual queda subordinada a su voluntad. Y si además ese mismo ser puede permitir que otras personas cometan atrocidades y posteriormente perdonarlas, mientras considera imperdonable que alguien decida terminar con su propia existencia, resulta difícil no preguntarse si estamos ante una figura verdaderamente simpatizante o ante una autoridad que utiliza la moralidad como justificación de su poder. Ni Dios ni el diablo parecen controlar directamente a los seres humanos, pero ambos pueden manipularlos. ¿Dónde está exactamente la diferencia? Si no te obligan físicamente a hacer algo, colocan circunstancias, tentaciones, castigos y recompensas para conducir tus decisiones, ¿hasta qué punto eres realmente libre? No hace falta tener una mano metida literalmente dentro de una marioneta para manipularla. Basta con mover los hilos adecuados.
Por eso me resulta tan interesante la idea de que, en el fondo, ninguno de los dos controlan completamente a los seres humanos, sino que los manipulan. Pero entonces aparece la pregunta inevitable: ¿eso no atenta igualmente contra la libertad individual? ¿No es precisamente Dios quien, dentro de este sistema, debería defenderla? La película juega con estas cuestiones, pero no termina de explotarlas hasta sus últimas consecuencias. Las plantea, las utiliza para construir conflicto y después las devuelve a su explicación narrativa: Dios tiene un plan. Me sorprende por igual la diferencia en el tratamiento de la teología respecto a 'Pactar con el diablo'. La complejidad teológica y lingüística que caracterizaba al personaje de John Milton interpretado por Al Pacino aquí prácticamente desaparece. Aquello era una especie de discurso sobre el pecado, la ambición, la libertad y la naturaleza humana. Aquí parece más una charla entre colegas que se han encontrado en un bar después de haber estado toda la tarde discutiendo sobre quién manda en el infierno. Y no queda mal. De hecho, prefiero esta versión.
El problema de intentar representar cinematográficamente una discusión tan compleja es que fácilmente puede convertirse en una sucesión de discursos grandilocuentes. 'Constantine' entiende que no necesita hacerlo. Puede hablar de Dios, del Diablo, del infierno, del pecado y de la salvación mientras alguien está pegando tiros. Esa combinación es bastante más atractiva para mí. La representación del Hades, eso sí, es exactamente la que uno espera del imaginario popular: fuego, gritos, destrucción y almas condenadas. Visualmente funciona, aunque me faltó un poco de metal o rock agresivo para terminar de completar la experiencia. Si vas a enseñarme el infierno, dame al menos una banda sonora que parezca que las puertas del averno se han abierto sobre un escenario.
Lawrence conecta directamente con su predecesora espiritualmente, hasta el punto de que ciertos elementos terminan dando sentido al final de aquella película y a algunos de los fundamentos que originaban su historia. Constantine amplía la idea del infierno que proponía Hackford y la convierte en algo más grande, pero también más narrativo. No creo que haya una renovación radical de las ideas, sino una reformulación mucho más visual y accesible, aunque a veces pienso que quien más disfrutaría de este espectáculo sería alguien que sepa bien del tema. Y eso me lleva a lo que más disfruto: poner a Dios contra las cuerdas. Me interesa muchísimo más una película que se atreve a cuestionar las reglas de su propia mitología que una que simplemente las acepta. Quiero ver qué sucede cuando alguien pregunta por qué Dios funciona así, por qué el Diablo funciona de esta manera, por qué existen determinadas reglas y quién decidió que esas reglas eran justas. El problema es que la película llega hasta el borde de esas preguntas y después retrocede. Se atreve a señalar la contradicción, pero no termina de destruir el sistema que la genera.
El rollo místico de la sangre de Dios, el hijo del Diablo y todas las implicaciones sobrenaturales puede interesarle a otro, porque a mí no. ¿Que el hijo del Diablo quiere estar físicamente en la Tierra? Perfecto. Mientras Constantine pueda meterse de hostias con él y disparar como si esto fuera una película de acción, adelante. Con eso, disfrutaría de la película aún más. Porque, en el fondo, creo que todo este cuento funciona mejor cuando deja de intentar convencerme de algo y simplemente me enseña su mundo. Gracias a esto, visualmente me ha sorprendido para bien. Es impresionante lo bien que se ve una película de 2005. Los 2000 me parecen una de las mejores décadas para los efectos visuales porque todavía existía una combinación bastante agradecida entre efectos prácticos, maquillaje, sets físicos y CGI. Lawrence provecha todo eso y consigue una estética que, incluso hoy, entra muy bien por los ojos. Los demonios, las transformaciones, el fuego, las explosiones y los efectos sobrenaturales tienen una fisicidad que hace que el mundo parezca tangible. No da la sensación de estar viendo una sucesión de efectos digitales colocados encima de los actores.
Al final, creo que esta peli la disfrutarán especialmente quienes tengan un mayor conocimiento del imaginario y de la cristiandad, porque hay suficientes referencias, conceptos y conflictos religiosos como para que ese contexto enriquezca la experiencia. Pero incluso sin entrar demasiado en esa parte, la película funciona como una mezcla bastante efectiva de terror sobrenatural y acción. No me ha hecho cambiar de opinión respecto a mi agnosticismo; más bien lo contrario. Cuanto más se desarrollan estas ideas, más difícil me resulta aceptar la concepción de un Dios que decide qué constituye pecado, qué constituye libertad y quién merece misericordia mientras mantiene que todo forma parte de un plan. Como argumento filosófico, cuanto más lo pienso, peor me parece.
No me convence de que exista Dios, ni del Diablo, ni del destino, ni de que haya un plan escrito para nosotros. Pero sí consigue algo que me interesa mucho más: poner esas ideas sobre la mesa y dejarme discutir con ellas.