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Este drama se basa en la guerra civil acaecida en ese país en 1994 conocido como El Genocidio de Rwanda (Ruanda) donde miles de personas perdieron sus vidas por la guerra entre dos tribus que se peleaban el poder de un pueblo: los hutus y los tutsis. Es una historia que no parece nada nuevo en el mundo de las guerras y sus consecuencias, pero sin embargo; refleja el lado más humanitario dentro del infierno que significa vivir en un país donde la muerte entre hermanos, hace que la vida sea una odisea por sobrevivir diariamente.
La cinta tiene un ambiente adecuado para el desarrollo del film. Es simple, entendible, creíble. La historia se maneja con solvencia a pesar de que siempre se me antoja complicado para cualquier escritor, director o guionista; representar con sutileza y respeto todo lo vivido por sus personajes sin herir a ninguna de las partes y mostrando aunque sea como casi siempre una realidad que lamentablemente se nos está haciendo demasiado actual en las eras modernas.
Cuenta con un elenco sólido en sus interpretaciones destacando a: Don Cheadle y Sophie Okonedo, quienes fueron candidatos a los premios Oscar por mostrar dignamente el drama y la esperanza de todo un pueblo. Sus papeles no sólo dieron seriedad a la cinta sino que te meten de lleno en la trama haciendo que sientas en muchos momentos, la desesperación, el temor, ansiedad; producto de una guerra en la que muchos ni siquiera eran partícipes. También aquí ayudó Nolte quien es conocido que le da carácter a todas sus apariciones, esta brillante.
En definitiva, muy buena película.
La cinta tiene un ambiente adecuado para el desarrollo del film. Es simple, entendible, creíble. La historia se maneja con solvencia a pesar de que siempre se me antoja complicado para cualquier escritor, director o guionista; representar con sutileza y respeto todo lo vivido por sus personajes sin herir a ninguna de las partes y mostrando aunque sea como casi siempre una realidad que lamentablemente se nos está haciendo demasiado actual en las eras modernas.
Cuenta con un elenco sólido en sus interpretaciones destacando a: Don Cheadle y Sophie Okonedo, quienes fueron candidatos a los premios Oscar por mostrar dignamente el drama y la esperanza de todo un pueblo. Sus papeles no sólo dieron seriedad a la cinta sino que te meten de lleno en la trama haciendo que sientas en muchos momentos, la desesperación, el temor, ansiedad; producto de una guerra en la que muchos ni siquiera eran partícipes. También aquí ayudó Nolte quien es conocido que le da carácter a todas sus apariciones, esta brillante.
En definitiva, muy buena película.
Ocasión para una buena película, pero le falto dinámica, actuaciones lentas que la hacían ver mas como un documental
Magnífica película sobre el genocidio de hutus por parte de los tutsis a principios de los 90. Esta, además, basado en hechos reales.
Lo que más me ha impresionado no es que la película busque constantemente el horror, sino que muestre cómo el horror acaba entrando en lo cotidiano. Un hotel, unos trabajadores, unas habitaciones, unos uniformes, unas rutinas normales: todo parece pertenecer a un mundo reconocible hasta que las reglas dejan de servir y la violencia empieza a decidir quién manda realmente. Ahí Hotel Rwanda resulta especialmente dura, porque muestra lo rápido que puede desaparecer la sensación de normalidad cuando una sociedad empieza a aceptar que unos seres humanos valen menos que otros.
Don Cheadle está extraordinario porque no interpreta a un héroe tradicional. Paul Rusesabagina no tiene superpoderes, ni una épica militar, ni una valentía grandilocuente. Su principal herramienta es conservar la cabeza fría cuando todo alrededor parece haberla perdido. Negocia, calcula, observa, intenta mantener formas de civilización en un contexto donde esas formas ya casi no significan nada. Precisamente por eso resulta tan poderoso: su resistencia nace de la decencia y de la capacidad de seguir viendo personas donde otros ya solo ven etiquetas.
La película entiende muy bien la importancia de la deshumanización. Cuando una población empieza a ser reducida a insultos, categorías o animales, la violencia deja de presentarse como violencia y empieza a disfrazarse de limpieza, defensa o necesidad. Eso es probablemente lo más repugnante de todo: no basta con matar, primero hay que convencer a suficiente gente de que las víctimas ya no merecen ser tratadas como seres humanos.
También me resultó muy fuerte la forma en que se derrumba la autoridad normal. Ser gerente, tener un cargo, conocer las reglas o dirigir un equipo sirve mientras existe una estructura que respeta esas normas. Cuando la violencia armada y el fanatismo ocupan ese espacio, la autoridad institucional puede convertirse en una ficción. La película hace muy visible ese cambio sin necesidad de convertirlo en un discurso teórico: basta ver cómo algunas personas dejan de respetar aquello que hasta entonces organizaba la vida diaria.
Otro elemento que pesa muchísimo es la mirada hacia el exterior. Hotel Rwanda no permite olvidar que la tragedia ocurre ante un mundo que dispone de información, instituciones y capacidad de reacción, pero que responde tarde, mal o de forma insuficiente. Ese abandono resulta casi tan indignante como la propia violencia porque destruye la idea tranquilizadora de que, ante una atrocidad suficientemente grande, alguien acabará interviniendo.
La historia también obliga a mirar hacia atrás. Las divisiones internas no nacieron de la nada, y la película invita a pensar en cómo el colonialismo europeo contribuyó a convertir diferencias sociales y políticas en identidades cada vez más rígidas. Eso no elimina la responsabilidad de quienes organizaron y ejecutaron el genocidio, pero sí recuerda que la historia rara vez empieza el día en que comienza la matanza.
Visualmente, Terry George no busca una estilización excesiva. A veces incluso tiene una cierta apariencia de telefilme, algo que algunos críticos le han reprochado, pero en mi caso esa sencillez no destruye el impacto. La película prefiere la claridad al virtuosismo y eso hace que Don Cheadle y Sophie Okonedo carguen buena parte del peso emocional. Ella, en particular, transmite miedo y agotamiento sin necesidad de grandes discursos.
Se le puede reprochar que simplifique un conflicto enormemente complejo para hacerlo accesible al gran público. Es verdad que una película de poco más de dos horas no puede explicar décadas de historia, colonialismo, propaganda, guerra civil, intervención exterior y luchas de poder sin dejar mucho fuera. Pero también creo que su objetivo principal no es ofrecer una clase exhaustiva de historia, sino obligarnos a mirar a las personas dentro de esa historia.
Y en eso funciona de manera demoledora. No convierte la tragedia en espectáculo ni necesita recrearse en el horror para que entendamos su dimensión. Lo verdaderamente terrible es comprobar hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el odio se normaliza y, al mismo tiempo, comprobar que incluso entonces hay personas capaces de seguir comportándose como seres humanos.
Me queda una película durísima, profundamente indignante y también necesaria. No porque ofrezca una explicación sencilla a lo ocurrido, sino porque recuerda algo mucho más básico: antes de cualquier etiqueta, religión, etnia o bando, hay personas. Y cuando una sociedad empieza a olvidar eso, todo lo demás puede derrumbarse muy deprisa.
Don Cheadle está extraordinario porque no interpreta a un héroe tradicional. Paul Rusesabagina no tiene superpoderes, ni una épica militar, ni una valentía grandilocuente. Su principal herramienta es conservar la cabeza fría cuando todo alrededor parece haberla perdido. Negocia, calcula, observa, intenta mantener formas de civilización en un contexto donde esas formas ya casi no significan nada. Precisamente por eso resulta tan poderoso: su resistencia nace de la decencia y de la capacidad de seguir viendo personas donde otros ya solo ven etiquetas.
La película entiende muy bien la importancia de la deshumanización. Cuando una población empieza a ser reducida a insultos, categorías o animales, la violencia deja de presentarse como violencia y empieza a disfrazarse de limpieza, defensa o necesidad. Eso es probablemente lo más repugnante de todo: no basta con matar, primero hay que convencer a suficiente gente de que las víctimas ya no merecen ser tratadas como seres humanos.
También me resultó muy fuerte la forma en que se derrumba la autoridad normal. Ser gerente, tener un cargo, conocer las reglas o dirigir un equipo sirve mientras existe una estructura que respeta esas normas. Cuando la violencia armada y el fanatismo ocupan ese espacio, la autoridad institucional puede convertirse en una ficción. La película hace muy visible ese cambio sin necesidad de convertirlo en un discurso teórico: basta ver cómo algunas personas dejan de respetar aquello que hasta entonces organizaba la vida diaria.
Otro elemento que pesa muchísimo es la mirada hacia el exterior. Hotel Rwanda no permite olvidar que la tragedia ocurre ante un mundo que dispone de información, instituciones y capacidad de reacción, pero que responde tarde, mal o de forma insuficiente. Ese abandono resulta casi tan indignante como la propia violencia porque destruye la idea tranquilizadora de que, ante una atrocidad suficientemente grande, alguien acabará interviniendo.
La historia también obliga a mirar hacia atrás. Las divisiones internas no nacieron de la nada, y la película invita a pensar en cómo el colonialismo europeo contribuyó a convertir diferencias sociales y políticas en identidades cada vez más rígidas. Eso no elimina la responsabilidad de quienes organizaron y ejecutaron el genocidio, pero sí recuerda que la historia rara vez empieza el día en que comienza la matanza.
Visualmente, Terry George no busca una estilización excesiva. A veces incluso tiene una cierta apariencia de telefilme, algo que algunos críticos le han reprochado, pero en mi caso esa sencillez no destruye el impacto. La película prefiere la claridad al virtuosismo y eso hace que Don Cheadle y Sophie Okonedo carguen buena parte del peso emocional. Ella, en particular, transmite miedo y agotamiento sin necesidad de grandes discursos.
Se le puede reprochar que simplifique un conflicto enormemente complejo para hacerlo accesible al gran público. Es verdad que una película de poco más de dos horas no puede explicar décadas de historia, colonialismo, propaganda, guerra civil, intervención exterior y luchas de poder sin dejar mucho fuera. Pero también creo que su objetivo principal no es ofrecer una clase exhaustiva de historia, sino obligarnos a mirar a las personas dentro de esa historia.
Y en eso funciona de manera demoledora. No convierte la tragedia en espectáculo ni necesita recrearse en el horror para que entendamos su dimensión. Lo verdaderamente terrible es comprobar hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el odio se normaliza y, al mismo tiempo, comprobar que incluso entonces hay personas capaces de seguir comportándose como seres humanos.
Me queda una película durísima, profundamente indignante y también necesaria. No porque ofrezca una explicación sencilla a lo ocurrido, sino porque recuerda algo mucho más básico: antes de cualquier etiqueta, religión, etnia o bando, hay personas. Y cuando una sociedad empieza a olvidar eso, todo lo demás puede derrumbarse muy deprisa.
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