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    El hombre con rayos X en los ojos
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    3,2
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    McNulty
    McNulty

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    4,5
    Publicada el 7 de noviembre de 2010
    Mítica película ésta de Roger Corman que una vez rescatada de los oscuros sótanos del olvido y revisitada sin prejuicios y con los ojos bien abiertos, resulta ser una sorpresa más que agradable en tanto que irónica, atrevida e irreverente, y que además nos cuenta con buen pulso una sombría y perturbadora historia que indaga sin contemplaciones sobre el auténtico carácter enigmático, turbador e insondable del verdadero deseo de conocer. Porque, ¿qué podría suceder cuando la mente humana se empecina en cruzar los límites que le impone su propia razón y se adentra en territorios inexplorados en que comenzar a descubrir los ocultos misterios del universo? Aún más, ¿nos está permitido a nosotros, figuras arrogantes e insignificantes, habitantes de un cosmos frío e indiferente, realizar preguntas acerca del sentido último de nuestra existencia? ¿No habremos de pagar un precio demasiado alto si osamos interrogar sobre el conocimiento primero, el substrato epistemológico basal, develador de los intrínsecos mecanismos responsables del movimiento vital? El doctor Xavier, magníficamente encarnado por un atormentado Ray Milland, descubre la fórmula que cree le va a permitir elucidar aspectos hasta ese momento vedados a la observación científica y, dadas las reticencias y reluctancias procedentes de la comunidad médica financiadora para apoyar sus investigaciones, decide tomar las riendas del asunto y proseguir la experimentación sobre su propia persona. Serán a partir de ese instante “sus ojos” los que recibirán la revolucionaria sustancia cuya aplicación aumentará progresivamente la sensibilidad de visión, provocando modificaciones estructurales a nivel del córtex cerebral que le permitirán al doctor ir evolucionando rápidamente hacia la contemplación de realidades cada vez más ocultas. La metáfora utilizada por el filme es la de un ahondamiento serial a medida que los efectos de la química se van multiplicando con la aplicación de las gotas, de carácter ciertamente adictivo, que entra en directa conexión con teorías cognitivas sobre la profundidad creciente en los niveles de procesamiento a medida que el significado conceptual se complejiza. Pero lo realmente genial del guion (ya sobra el acento) es que no se queda sencillamente en estas cuestiones y plantea consecuencias existenciales tan inequívocas como inevitables cuando se ha traspasado cierto límite en el camino del conocimiento, entroncando de esa manera con reflexiones de corte moral y ético. Es así precisamente como el doctor Xavier, en idéntica medida a sus revelaciones sobre la esencia definitiva y fundamentadora de las leyes biológicas, va descubriendo al mismo tiempo los efectos morales devastadores que para él mismo representan tales hallazgos, convirtiéndose en involuntario asesino, rozando la locura megalomaníaca y viéndose definitivamente abocado a una soledad fruto de su aislamiento defensivo. La transformación morfológica del aparato de la visión adquiere la misma tonalidad que el color sombrío de sus últimos descubrimientos, la destilación de una idea oscura y pesimista que le llevará a cometer un innombrable acto de violencia contra sí mismo, el mismo castigo edípico a que cualquier hombre ha de ser sometido por parte de los dioses del Universo cuando su curiosidad intelectual mezclada con su arrogancia y deseo de omnipotencia se conjugan para destripar el indescifrable sentido del sinsentido. Inolvidable.
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