Sin gluten no es una gran serie, y probablemente tampoco pretende serlo. Es una comedia sencilla, algo irregular, pero con momentos que funcionan y un reparto que consigue salvarla del olvido. Diego Martín y Alicia Rubio están especialmente bien: su relación gana fuerza con los episodios, y se nota una evolución en la manera en que se miran, discuten y se entienden. Antonio Resines, por su parte, aporta ese toque clásico de ironía y ternura que solo él sabe dar.
Lo curioso es cómo muchas críticas parecen más interesadas en atacar a TVE que en hablar de la serie en sí. Es evidente que algunos confunden ideología con entretenimiento, y eso impide juzgar el producto por lo que realmente ofrece. No, Sin gluten no es The Office ni Aquí no hay quien viva, pero tampoco merece el linchamiento gratuito que ha recibido. Al menos intenta contar algo con cierto corazón.
La serie tiene sus altibajos. Hay chistes que no aterrizan, situaciones algo forzadas y un ritmo que podría ser más ágil, sobre todo en los primeros episodios. Pero mejora conforme avanza, y lo hace con naturalidad. Se nota que detrás hay intención de reflejar una sociedad diversa, a veces de forma torpe, pero no con mala fe.
Vista completa —en Prime Video, no solo el primer capítulo como muchos detractores—, Sin gluten se deja ver sin problemas. No cambiará la televisión ni pasará a la historia, pero entretiene, que es más de lo que logran muchas producciones más ambiciosas.
En definitiva, es una serie amable, con buenos actores, guion mejorable pero sincero, y una mirada optimista que, en estos tiempos, se agradece. Ni un desastre ni una joya, simplemente un rato agradable que cumple su cometido.