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La primera temporada tenía una tarea complicada: demostrar que no era solo una prolongación oportunista de algo que ya había funcionado. Veníamos de tres temporadas muy potentes, con una fórmula reconocible —narcos, agentes, política, corrupción, violencia, voz en off, archivo, persecuciones— y era fácil pensar que esto podía ser más de lo mismo. Y en parte lo es, claro. Pero también tiene una diferencia importante: aquí no vemos tanto una maquinaria ya funcionando a pleno rendimiento como el momento en que empieza a organizarse. Eso le da interés. No es solo otra historia de capos; es casi el relato de cómo el caos aprende a vestirse de estructura.
Lo mejor está en Félix Gallardo. Diego Luna no intenta construir un Escobar mexicano, y eso me parece un acierto. Su personaje no tiene esa fuerza volcánica ni esa presencia casi mitológica que devoraba la pantalla, pero juega en otro terreno: observa, calcula, escucha, espera y entiende antes que otros que el poder real no está solo en tener hombres armados, sino en conectar intereses. Hay algo frío en él, casi administrativo, que lo hace menos espectacular pero también más inquietante. No parece querer ser un monstruo visible todo el tiempo; quiere ser el que mueve las piezas mientras los demás creen que todavía están jugando a lo de siempre.
La temporada funciona muy bien cuando se centra en ese proceso de unificación. Las plazas, los jefes locales, los pactos, las rutas, la marihuana, la cocaína que empieza a cambiarlo todo, la relación con la policía, los políticos y los intermediarios van formando un mapa cada vez más turbio. La serie vuelve a mostrar que el narcotráfico no crece solo por la ambición de unos criminales, sino porque encuentra huecos, complicidades y necesidades en demasiados lugares a la vez. Ahí conserva lo mejor de la franquicia: esa capacidad para convertir una explicación histórica bastante compleja en un thriller que se entiende y engancha.
El otro eje es Kiki Camarena, y Michael Peña aporta una humanidad muy necesaria. Su personaje introduce una mirada más directa, más limpia, casi de alguien que todavía cree que si se insiste lo suficiente, el sistema debería responder. Eso crea un contraste fuerte con el mundo que se está levantando alrededor de Félix. Kiki no es un superhéroe, y la temporada mejora cuando lo muestra como un hombre obstinado, vulnerable, cansado, con familia, metido en una pelea que quizá es mucho más grande de lo que imagina. Su historia le da a la temporada un dolor más personal, una gravedad que no depende solo del funcionamiento criminal.
También me gustó que el tono sea más seco y algo más elegante que en la serie original. Hay menos fiebre inmediata, menos sensación de montaña rusa, pero más paciencia para construir ambiente. Los desiertos, las carreteras, las casas, los sembrados, las oficinas y las reuniones tienen una amenaza que se va acumulando. La violencia no siempre explota de golpe, muchas veces está en la espera, en una conversación, en el silencio de alguien que sabe que no puede decir lo que piensa. Visualmente mantiene un nivel altísimo y, por momentos, tiene esa calma tensa que hace que todo parezca avanzar hacia algo inevitable.
El problema es que, aun funcionando muy bien, no siempre consigue escapar de la sensación de repetición. Reconoces el mecanismo: la voz en off, los datos, los saltos de poder, los pactos, las traiciones, el agente que intenta entender un país y un sistema que lo superan. No molesta demasiado porque está bien hecho, pero sí le resta sorpresa. Tampoco todos los personajes secundarios quedan igual de vivos, y algunos tramos parecen más interesados en colocar piezas para el futuro que en respirar como drama propio. A ratos se nota que la serie quiere ser origen, prólogo y nueva etapa al mismo tiempo.
Aun así, me parece una primera temporada muy sólida. No alcanza el impacto de entrada de la historia anterior, porque aquella tenía la fuerza brutal de Escobar y el magnetismo de Wagner Moura, pero sí encuentra una personalidad distinta. Su gran acierto es entender que el miedo puede ser menos explosivo y más estructural. Aquí lo importante no es solo quién manda, sino cómo se aprende a mandar, cómo se compra protección, cómo se negocia con el poder y cómo una red criminal deja de parecer improvisada para convertirse en sistema. Es repetitiva en algunos recursos, sí, pero muy eficaz, elegante y amarga. Una continuación que parecía innecesaria y termina demostrando que todavía quedaba mucho veneno por contar.
Lo mejor está en Félix Gallardo. Diego Luna no intenta construir un Escobar mexicano, y eso me parece un acierto. Su personaje no tiene esa fuerza volcánica ni esa presencia casi mitológica que devoraba la pantalla, pero juega en otro terreno: observa, calcula, escucha, espera y entiende antes que otros que el poder real no está solo en tener hombres armados, sino en conectar intereses. Hay algo frío en él, casi administrativo, que lo hace menos espectacular pero también más inquietante. No parece querer ser un monstruo visible todo el tiempo; quiere ser el que mueve las piezas mientras los demás creen que todavía están jugando a lo de siempre.
La temporada funciona muy bien cuando se centra en ese proceso de unificación. Las plazas, los jefes locales, los pactos, las rutas, la marihuana, la cocaína que empieza a cambiarlo todo, la relación con la policía, los políticos y los intermediarios van formando un mapa cada vez más turbio. La serie vuelve a mostrar que el narcotráfico no crece solo por la ambición de unos criminales, sino porque encuentra huecos, complicidades y necesidades en demasiados lugares a la vez. Ahí conserva lo mejor de la franquicia: esa capacidad para convertir una explicación histórica bastante compleja en un thriller que se entiende y engancha.
El otro eje es Kiki Camarena, y Michael Peña aporta una humanidad muy necesaria. Su personaje introduce una mirada más directa, más limpia, casi de alguien que todavía cree que si se insiste lo suficiente, el sistema debería responder. Eso crea un contraste fuerte con el mundo que se está levantando alrededor de Félix. Kiki no es un superhéroe, y la temporada mejora cuando lo muestra como un hombre obstinado, vulnerable, cansado, con familia, metido en una pelea que quizá es mucho más grande de lo que imagina. Su historia le da a la temporada un dolor más personal, una gravedad que no depende solo del funcionamiento criminal.
También me gustó que el tono sea más seco y algo más elegante que en la serie original. Hay menos fiebre inmediata, menos sensación de montaña rusa, pero más paciencia para construir ambiente. Los desiertos, las carreteras, las casas, los sembrados, las oficinas y las reuniones tienen una amenaza que se va acumulando. La violencia no siempre explota de golpe, muchas veces está en la espera, en una conversación, en el silencio de alguien que sabe que no puede decir lo que piensa. Visualmente mantiene un nivel altísimo y, por momentos, tiene esa calma tensa que hace que todo parezca avanzar hacia algo inevitable.
El problema es que, aun funcionando muy bien, no siempre consigue escapar de la sensación de repetición. Reconoces el mecanismo: la voz en off, los datos, los saltos de poder, los pactos, las traiciones, el agente que intenta entender un país y un sistema que lo superan. No molesta demasiado porque está bien hecho, pero sí le resta sorpresa. Tampoco todos los personajes secundarios quedan igual de vivos, y algunos tramos parecen más interesados en colocar piezas para el futuro que en respirar como drama propio. A ratos se nota que la serie quiere ser origen, prólogo y nueva etapa al mismo tiempo.
Aun así, me parece una primera temporada muy sólida. No alcanza el impacto de entrada de la historia anterior, porque aquella tenía la fuerza brutal de Escobar y el magnetismo de Wagner Moura, pero sí encuentra una personalidad distinta. Su gran acierto es entender que el miedo puede ser menos explosivo y más estructural. Aquí lo importante no es solo quién manda, sino cómo se aprende a mandar, cómo se compra protección, cómo se negocia con el poder y cómo una red criminal deja de parecer improvisada para convertirse en sistema. Es repetitiva en algunos recursos, sí, pero muy eficaz, elegante y amarga. Una continuación que parecía innecesaria y termina demostrando que todavía quedaba mucho veneno por contar.
El dúo interpretativo de Diego Luna en el papel del capo Miguel Ángel Félix Gallardo, y el hollywoodiense Michael Peña como el agente de la DEA Kiki Camarena, a priori parece partir en desventaja con las anteriores entregas donde los personajes principales resultaron de lo más carismático. Pero el ambiente, el desarrollo y el buen hacer de los protagonistas te meten en la trama y la serie mantiene el buen ritmo, dureza (aún más, si cabe) y ambientación de la saga "Narcos".
En el debe, que quizás la resolución no esté a la altura de todo el desarrollo y deje la sensación de mal acabada, lo que no ocurría en las anteriores temporadas
En el debe, que quizás la resolución no esté a la altura de todo el desarrollo y deje la sensación de mal acabada, lo que no ocurría en las anteriores temporadas