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Tras las dos primeras temporadas, en las que Diego Luna protagonizaba la trama principal encarnando a Miguel Ángel Félix Gallardo, en esta tercera temporada cobra el protagonismo la figura de Amado Carrillo, interpretado con mucho gancho y carisma por parte de José María Yazpik, aunque la temporada está marcada por varias historias paralelas a la de Amado: La del agente de la DEA Walt Breslin interpretado por el notable Scoot McNairy, la del periódico "La Voz" y una reportera Andrea (Luisa Rubino) y la trama alrededor de una oficial de policía mexicano en Ciudad Juárez. La temporada es muy entretenida y mantiene muy bien la tensión, de forma que hace que la serie siga muy viva y con el interés activo.
La primera temporada tenía una tarea complicada: demostrar que no era solo una prolongación oportunista de algo que ya había funcionado. Veníamos de tres temporadas muy potentes, con una fórmula reconocible —narcos, agentes, política, corrupción, violencia, voz en off, archivo, persecuciones— y era fácil pensar que esto podía ser más de lo mismo. Y en parte lo es, claro. Pero también tiene una diferencia importante: aquí no vemos tanto una maquinaria ya funcionando a pleno rendimiento como el momento en que empieza a organizarse. Eso le da interés. No es solo otra historia de capos; es casi el relato de cómo el caos aprende a vestirse de estructura.
Lo mejor está en Félix Gallardo. Diego Luna no intenta construir un Escobar mexicano, y eso me parece un acierto. Su personaje no tiene esa fuerza volcánica ni esa presencia casi mitológica que devoraba la pantalla, pero juega en otro terreno: observa, calcula, escucha, espera y entiende antes que otros que el poder real no está solo en tener hombres armados, sino en conectar intereses. Hay algo frío en él, casi administrativo, que lo hace menos espectacular pero también más inquietante. No parece querer ser un monstruo visible todo el tiempo; quiere ser el que mueve las piezas mientras los demás creen que todavía están jugando a lo de siempre.
La temporada funciona muy bien cuando se centra en ese proceso de unificación. Las plazas, los jefes locales, los pactos, las rutas, la marihuana, la cocaína que empieza a cambiarlo todo, la relación con la policía, los políticos y los intermediarios van formando un mapa cada vez más turbio. La serie vuelve a mostrar que el narcotráfico no crece solo por la ambición de unos criminales, sino porque encuentra huecos, complicidades y necesidades en demasiados lugares a la vez. Ahí conserva lo mejor de la franquicia: esa capacidad para convertir una explicación histórica bastante compleja en un thriller que se entiende y engancha.
El otro eje es Kiki Camarena, y Michael Peña aporta una humanidad muy necesaria. Su personaje introduce una mirada más directa, más limpia, casi de alguien que todavía cree que si se insiste lo suficiente, el sistema debería responder. Eso crea un contraste fuerte con el mundo que se está levantando alrededor de Félix. Kiki no es un superhéroe, y la temporada mejora cuando lo muestra como un hombre obstinado, vulnerable, cansado, con familia, metido en una pelea que quizá es mucho más grande de lo que imagina. Su historia le da a la temporada un dolor más personal, una gravedad que no depende solo del funcionamiento criminal.
También me gustó que el tono sea más seco y algo más elegante que en la serie original. Hay menos fiebre inmediata, menos sensación de montaña rusa, pero más paciencia para construir ambiente. Los desiertos, las carreteras, las casas, los sembrados, las oficinas y las reuniones tienen una amenaza que se va acumulando. La violencia no siempre explota de golpe, muchas veces está en la espera, en una conversación, en el silencio de alguien que sabe que no puede decir lo que piensa. Visualmente mantiene un nivel altísimo y, por momentos, tiene esa calma tensa que hace que todo parezca avanzar hacia algo inevitable.
El problema es que, aun funcionando muy bien, no siempre consigue escapar de la sensación de repetición. Reconoces el mecanismo: la voz en off, los datos, los saltos de poder, los pactos, las traiciones, el agente que intenta entender un país y un sistema que lo superan. No molesta demasiado porque está bien hecho, pero sí le resta sorpresa. Tampoco todos los personajes secundarios quedan igual de vivos, y algunos tramos parecen más interesados en colocar piezas para el futuro que en respirar como drama propio. A ratos se nota que la serie quiere ser origen, prólogo y nueva etapa al mismo tiempo.
Aun así, me parece una primera temporada muy sólida. No alcanza el impacto de entrada de la historia anterior, porque aquella tenía la fuerza brutal de Escobar y el magnetismo de Wagner Moura, pero sí encuentra una personalidad distinta. Su gran acierto es entender que el miedo puede ser menos explosivo y más estructural. Aquí lo importante no es solo quién manda, sino cómo se aprende a mandar, cómo se compra protección, cómo se negocia con el poder y cómo una red criminal deja de parecer improvisada para convertirse en sistema. Es repetitiva en algunos recursos, sí, pero muy eficaz, elegante y amarga. Una continuación que parecía innecesaria y termina demostrando que todavía quedaba mucho veneno por contar.
Lo mejor está en Félix Gallardo. Diego Luna no intenta construir un Escobar mexicano, y eso me parece un acierto. Su personaje no tiene esa fuerza volcánica ni esa presencia casi mitológica que devoraba la pantalla, pero juega en otro terreno: observa, calcula, escucha, espera y entiende antes que otros que el poder real no está solo en tener hombres armados, sino en conectar intereses. Hay algo frío en él, casi administrativo, que lo hace menos espectacular pero también más inquietante. No parece querer ser un monstruo visible todo el tiempo; quiere ser el que mueve las piezas mientras los demás creen que todavía están jugando a lo de siempre.
La temporada funciona muy bien cuando se centra en ese proceso de unificación. Las plazas, los jefes locales, los pactos, las rutas, la marihuana, la cocaína que empieza a cambiarlo todo, la relación con la policía, los políticos y los intermediarios van formando un mapa cada vez más turbio. La serie vuelve a mostrar que el narcotráfico no crece solo por la ambición de unos criminales, sino porque encuentra huecos, complicidades y necesidades en demasiados lugares a la vez. Ahí conserva lo mejor de la franquicia: esa capacidad para convertir una explicación histórica bastante compleja en un thriller que se entiende y engancha.
El otro eje es Kiki Camarena, y Michael Peña aporta una humanidad muy necesaria. Su personaje introduce una mirada más directa, más limpia, casi de alguien que todavía cree que si se insiste lo suficiente, el sistema debería responder. Eso crea un contraste fuerte con el mundo que se está levantando alrededor de Félix. Kiki no es un superhéroe, y la temporada mejora cuando lo muestra como un hombre obstinado, vulnerable, cansado, con familia, metido en una pelea que quizá es mucho más grande de lo que imagina. Su historia le da a la temporada un dolor más personal, una gravedad que no depende solo del funcionamiento criminal.
También me gustó que el tono sea más seco y algo más elegante que en la serie original. Hay menos fiebre inmediata, menos sensación de montaña rusa, pero más paciencia para construir ambiente. Los desiertos, las carreteras, las casas, los sembrados, las oficinas y las reuniones tienen una amenaza que se va acumulando. La violencia no siempre explota de golpe, muchas veces está en la espera, en una conversación, en el silencio de alguien que sabe que no puede decir lo que piensa. Visualmente mantiene un nivel altísimo y, por momentos, tiene esa calma tensa que hace que todo parezca avanzar hacia algo inevitable.
El problema es que, aun funcionando muy bien, no siempre consigue escapar de la sensación de repetición. Reconoces el mecanismo: la voz en off, los datos, los saltos de poder, los pactos, las traiciones, el agente que intenta entender un país y un sistema que lo superan. No molesta demasiado porque está bien hecho, pero sí le resta sorpresa. Tampoco todos los personajes secundarios quedan igual de vivos, y algunos tramos parecen más interesados en colocar piezas para el futuro que en respirar como drama propio. A ratos se nota que la serie quiere ser origen, prólogo y nueva etapa al mismo tiempo.
Aun así, me parece una primera temporada muy sólida. No alcanza el impacto de entrada de la historia anterior, porque aquella tenía la fuerza brutal de Escobar y el magnetismo de Wagner Moura, pero sí encuentra una personalidad distinta. Su gran acierto es entender que el miedo puede ser menos explosivo y más estructural. Aquí lo importante no es solo quién manda, sino cómo se aprende a mandar, cómo se compra protección, cómo se negocia con el poder y cómo una red criminal deja de parecer improvisada para convertirse en sistema. Es repetitiva en algunos recursos, sí, pero muy eficaz, elegante y amarga. Una continuación que parecía innecesaria y termina demostrando que todavía quedaba mucho veneno por contar.
La segunda temporada me parece una continuación muy sólida porque ya no está tan centrada en presentar el origen de la maquinaria, sino en mostrar cómo esa maquinaria empieza a llenarse de grietas. La primera tenía el interés de ver a Félix Gallardo levantar algo que parecía casi imposible: unir plazas, negociar con políticos, comprar protección y convertir un negocio disperso en una estructura mucho más ambiciosa. Aquí lo interesante es otra cosa. El sistema ya existe, pero precisamente por eso empieza a ser más difícil controlarlo. Cuanto más poder acumula, más enemigos genera, más dependencias crea y más se acerca a su propia descomposición.
Diego Luna sigue siendo lo mejor de la temporada. Su Félix no necesita gritar ni parecer un monstruo espectacular para resultar inquietante. Es frío, calculador, cada vez más encerrado en la idea de que puede ordenarlo todo desde arriba. Pero la serie acierta al mostrar que esa inteligencia también tiene límites. Una cosa es construir una red y otra muy distinta sostenerla cuando todos los que forman parte de ella quieren su trozo, su autonomía, su venganza o su salida. La temporada funciona muy bien como retrato de un hombre que cree estar jugando al ajedrez mientras el tablero empieza a moverse solo.
También gana fuerza el retrato político. La relación entre narcotráfico, policía, ejército, empresarios y poder institucional se vuelve todavía más amarga. No es solo que los criminales compren protección; es que el sistema parece necesitar esa corrupción para funcionar. Esa parte me resulta de lo más potente de la serie, porque evita reducirlo todo a una lucha entre buenos y malos. Lo que vemos es una red de intereses en la que demasiada gente gana algo mientras otros ponen los muertos, el miedo y el silencio. La temporada tiene esa capacidad de hacer que cada despacho, cada llamada y cada reunión parezcan tan peligrosos como una balacera.
El problema, como ya pasaba antes, es que la fórmula se reconoce mucho. Voz en off, datos históricos, ascenso, alianzas, traiciones, plazas enfrentadas, agentes intentando entender un país que los supera, violencia seca y sensación de fatalidad. Todo está muy bien hecho, pero ya no sorprende de la misma manera. Aun así, esta segunda temporada compensa esa falta de novedad con una paciencia bastante cautivadora. No corre solo detrás del golpe de efecto; le interesa ver cómo se tensan las relaciones, cómo el miedo va cambiando de dueño y cómo el poder que parecía centralizado empieza a fragmentarse. En ese sentido, me parece más madura que la primera.
La temporada también tiene momentos muy buenos de suspense. Muchas veces la tensión no nace de la acción directa, sino de saber que cualquier conversación puede esconder una amenaza. Un gesto, una orden, una mirada o una reunión aparentemente tranquila pueden terminar abriendo una guerra. Visualmente mantiene un nivel altísimo: los paisajes, las carreteras, los interiores oficiales y los espacios de poder tienen una elegancia seca, casi venenosa. Hay una belleza muy incómoda en la forma de filmar ese mundo, porque todo parece atractivo y podrido al mismo tiempo. Esa mezcla de sofisticación y suciedad le sienta muy bien.
Quizá echo de menos algo más de emoción directa. La serie es inteligente, densa y está muy bien construida, pero a veces me deja más admirando su mecanismo que implicado con todos sus personajes. Algunos entran y salen como piezas necesarias dentro del tablero, y no siempre como personas que respiren del todo. También hay momentos en los que el exceso de información puede enfriar un poco el drama. Pero cuando la temporada encuentra el equilibrio entre historia, thriller y deterioro moral, funciona de maravilla. Tiene menos factor sorpresa, sí, pero más sensación de mundo cerrado y condenado.
Al final, me parece una segunda temporada muy notable. No reinventa la franquicia, pero la depura. La hace más oscura, más política y más interesada en la descomposición interna que en el simple ascenso criminal. Me gustó porque muestra que el verdadero peligro de una maquinaria así no está solo en su violencia, sino en su capacidad para integrarse en la vida normal, en la economía, en las instituciones y en las ambiciones de demasiados hombres. Es repetitiva en algunos recursos, pero también adictiva, elegante y muy amarga. Una temporada que confirma que el monstruo no solo mata hacia fuera: también acaba pudriendo todo lo que usa para mantenerse en pie.
Diego Luna sigue siendo lo mejor de la temporada. Su Félix no necesita gritar ni parecer un monstruo espectacular para resultar inquietante. Es frío, calculador, cada vez más encerrado en la idea de que puede ordenarlo todo desde arriba. Pero la serie acierta al mostrar que esa inteligencia también tiene límites. Una cosa es construir una red y otra muy distinta sostenerla cuando todos los que forman parte de ella quieren su trozo, su autonomía, su venganza o su salida. La temporada funciona muy bien como retrato de un hombre que cree estar jugando al ajedrez mientras el tablero empieza a moverse solo.
También gana fuerza el retrato político. La relación entre narcotráfico, policía, ejército, empresarios y poder institucional se vuelve todavía más amarga. No es solo que los criminales compren protección; es que el sistema parece necesitar esa corrupción para funcionar. Esa parte me resulta de lo más potente de la serie, porque evita reducirlo todo a una lucha entre buenos y malos. Lo que vemos es una red de intereses en la que demasiada gente gana algo mientras otros ponen los muertos, el miedo y el silencio. La temporada tiene esa capacidad de hacer que cada despacho, cada llamada y cada reunión parezcan tan peligrosos como una balacera.
El problema, como ya pasaba antes, es que la fórmula se reconoce mucho. Voz en off, datos históricos, ascenso, alianzas, traiciones, plazas enfrentadas, agentes intentando entender un país que los supera, violencia seca y sensación de fatalidad. Todo está muy bien hecho, pero ya no sorprende de la misma manera. Aun así, esta segunda temporada compensa esa falta de novedad con una paciencia bastante cautivadora. No corre solo detrás del golpe de efecto; le interesa ver cómo se tensan las relaciones, cómo el miedo va cambiando de dueño y cómo el poder que parecía centralizado empieza a fragmentarse. En ese sentido, me parece más madura que la primera.
La temporada también tiene momentos muy buenos de suspense. Muchas veces la tensión no nace de la acción directa, sino de saber que cualquier conversación puede esconder una amenaza. Un gesto, una orden, una mirada o una reunión aparentemente tranquila pueden terminar abriendo una guerra. Visualmente mantiene un nivel altísimo: los paisajes, las carreteras, los interiores oficiales y los espacios de poder tienen una elegancia seca, casi venenosa. Hay una belleza muy incómoda en la forma de filmar ese mundo, porque todo parece atractivo y podrido al mismo tiempo. Esa mezcla de sofisticación y suciedad le sienta muy bien.
Quizá echo de menos algo más de emoción directa. La serie es inteligente, densa y está muy bien construida, pero a veces me deja más admirando su mecanismo que implicado con todos sus personajes. Algunos entran y salen como piezas necesarias dentro del tablero, y no siempre como personas que respiren del todo. También hay momentos en los que el exceso de información puede enfriar un poco el drama. Pero cuando la temporada encuentra el equilibrio entre historia, thriller y deterioro moral, funciona de maravilla. Tiene menos factor sorpresa, sí, pero más sensación de mundo cerrado y condenado.
Al final, me parece una segunda temporada muy notable. No reinventa la franquicia, pero la depura. La hace más oscura, más política y más interesada en la descomposición interna que en el simple ascenso criminal. Me gustó porque muestra que el verdadero peligro de una maquinaria así no está solo en su violencia, sino en su capacidad para integrarse en la vida normal, en la economía, en las instituciones y en las ambiciones de demasiados hombres. Es repetitiva en algunos recursos, pero también adictiva, elegante y muy amarga. Una temporada que confirma que el monstruo no solo mata hacia fuera: también acaba pudriendo todo lo que usa para mantenerse en pie.
La tercera temporada llega con algo bastante amargo: ya no puede apoyarse en la construcción inicial de Félix Gallardo ni en el choque con Kiki Camarena, así que debe demostrar que ese mundo sigue teniendo sentido sin sus dos fuerzas centrales. Lo consigue, aunque la dispersión se nota más. Para mí sigue siendo una temporada muy buena, pero también la más fragmentada de esta etapa mexicana. Ya no estamos ante el nacimiento de la maquinaria ni ante su primera gran descomposición, sino ante algo más incómodo: las piezas se separan, el poder se reparte y el horror deja de tener un centro claro.
Eso encaja muy bien con lo que quiere contar. La caída o el debilitamiento de una estructura no significa el final del negocio, sino su mutación. Donde antes había una figura intentando ordenar el tablero, ahora aparecen plazas, rutas, alianzas, guerras, ambiciones personales y nuevas formas de violencia. La temporada entiende que el narcotráfico moderno no se vuelve menos peligroso cuando pierde un mando central; al contrario, puede volverse más caótico, más difícil de leer y más sangriento. Esa idea me parece potente, porque evita vender una falsa sensación de cierre. No hay victoria. Hay relevo.
Al mismo tiempo, esa amplitud me implicó algo menos. Hay muchos personajes, muchos frentes y muchas líneas que compiten por la atención. Mantiene un nivel técnico altísimo y mucha tensión, pero a ratos se siente más como un mosaico que como un golpe narrativo único. Entiendo que esa sea precisamente la idea: un país, un negocio y un sistema político-policial deshaciéndose en demasiadas direcciones. Pero como espectador, a veces eché de menos la fuerza de una figura central que arrastrara todo con más intensidad. La temporada es más coral, sí, pero también más irregular emocionalmente.
Una de sus mejores decisiones es la mirada periodística. Esa línea aporta algo distinto, porque saca parte del relato de los despachos, las reuniones criminales y las operaciones policiales para colocarlo en otro lugar: el de quienes intentan contar lo que ocurre aunque hacerlo pueda costarles la vida. Me gusta esa dimensión porque recuerda que la violencia no solo mata cuerpos, también intenta matar la verdad. En una serie tan ocupada con capos, agentes y pactos, abrir espacio para la prensa ayuda a entender mejor el miedo cotidiano, la censura, la amenaza invisible y la necesidad de dejar constancia antes de que todo quede enterrado bajo versiones oficiales o silencios comprados.
También funciona cuando muestra el negocio desde dentro. Amado, Tijuana, Juárez, Sinaloa, los Arellano Félix, los nuevos equilibrios y las viejas heridas van componiendo un paisaje más amplio, menos ordenado y más venenoso. Hay tensión y escenas muy bien filmadas, con esa mezcla de elegancia visual y suciedad moral que la franquicia maneja tan bien. La violencia, cuando aparece, pesa; pero muchas veces lo más inquietante está en la preparación, en las miradas, en las llamadas, en la sensación de que todos saben que algo terrible puede pasar y aun así siguen moviéndose hacia ello.
No todas las piezas tienen la misma fuerza. Algunas tramas me interesaron mucho y otras me parecieron más funcionales, como si estuvieran ahí para explicar el nuevo mapa antes que para emocionar de verdad. La ausencia de Diego Luna se nota, no porque la temporada quede vacía, sino porque pierde un punto de gravedad. No tiene tampoco la energía inicial de la primera ni la intensidad de descomposición de la segunda. Es más amplia, más ambiciosa y en algunos aspectos más cinematográfica, pero también menos agarrada a un conflicto emocional concreto. La veía con interés, pero no siempre con la misma fiebre.
Aun así, como cierre es muy digno. No intenta ofrecer una conclusión limpia, porque sería mentira. Su final deja una sensación amarga, casi histórica: los nombres cambian, las rutas cambian, las organizaciones cambian, pero la maquinaria encuentra la manera de seguir funcionando. Quizá por eso esta temporada puede parecer menos satisfactoria en lo dramático, pero más coherente en lo que cuenta. No hay gran catarsis porque el propio mundo retratado no permite catarsis. Hay cadáveres, periodistas amenazados, agentes frustrados, criminales sustituidos por otros y un país atrapado entre miedo, dinero y poder.
Al final, es la que menos me gustó de las tres, pero no por mala. Al contrario: está muy bien hecha, tiene ambición, atmósfera, tensión y momentos realmente potentes. Lo que pasa es que su fuerza está más en el mapa que en el personaje, más en la expansión del problema que en la emoción directa. Me interesó más de lo que me atrapó. Como final de esta etapa, confirma la idea más amarga de toda la serie: no se trataba de un capo, ni de una plaza, ni de una operación concreta. Se trataba de una maquinaria capaz de cambiar de forma cada vez que alguien cree haberla entendido. Y ahí sigue, moviéndose.
Eso encaja muy bien con lo que quiere contar. La caída o el debilitamiento de una estructura no significa el final del negocio, sino su mutación. Donde antes había una figura intentando ordenar el tablero, ahora aparecen plazas, rutas, alianzas, guerras, ambiciones personales y nuevas formas de violencia. La temporada entiende que el narcotráfico moderno no se vuelve menos peligroso cuando pierde un mando central; al contrario, puede volverse más caótico, más difícil de leer y más sangriento. Esa idea me parece potente, porque evita vender una falsa sensación de cierre. No hay victoria. Hay relevo.
Al mismo tiempo, esa amplitud me implicó algo menos. Hay muchos personajes, muchos frentes y muchas líneas que compiten por la atención. Mantiene un nivel técnico altísimo y mucha tensión, pero a ratos se siente más como un mosaico que como un golpe narrativo único. Entiendo que esa sea precisamente la idea: un país, un negocio y un sistema político-policial deshaciéndose en demasiadas direcciones. Pero como espectador, a veces eché de menos la fuerza de una figura central que arrastrara todo con más intensidad. La temporada es más coral, sí, pero también más irregular emocionalmente.
Una de sus mejores decisiones es la mirada periodística. Esa línea aporta algo distinto, porque saca parte del relato de los despachos, las reuniones criminales y las operaciones policiales para colocarlo en otro lugar: el de quienes intentan contar lo que ocurre aunque hacerlo pueda costarles la vida. Me gusta esa dimensión porque recuerda que la violencia no solo mata cuerpos, también intenta matar la verdad. En una serie tan ocupada con capos, agentes y pactos, abrir espacio para la prensa ayuda a entender mejor el miedo cotidiano, la censura, la amenaza invisible y la necesidad de dejar constancia antes de que todo quede enterrado bajo versiones oficiales o silencios comprados.
También funciona cuando muestra el negocio desde dentro. Amado, Tijuana, Juárez, Sinaloa, los Arellano Félix, los nuevos equilibrios y las viejas heridas van componiendo un paisaje más amplio, menos ordenado y más venenoso. Hay tensión y escenas muy bien filmadas, con esa mezcla de elegancia visual y suciedad moral que la franquicia maneja tan bien. La violencia, cuando aparece, pesa; pero muchas veces lo más inquietante está en la preparación, en las miradas, en las llamadas, en la sensación de que todos saben que algo terrible puede pasar y aun así siguen moviéndose hacia ello.
No todas las piezas tienen la misma fuerza. Algunas tramas me interesaron mucho y otras me parecieron más funcionales, como si estuvieran ahí para explicar el nuevo mapa antes que para emocionar de verdad. La ausencia de Diego Luna se nota, no porque la temporada quede vacía, sino porque pierde un punto de gravedad. No tiene tampoco la energía inicial de la primera ni la intensidad de descomposición de la segunda. Es más amplia, más ambiciosa y en algunos aspectos más cinematográfica, pero también menos agarrada a un conflicto emocional concreto. La veía con interés, pero no siempre con la misma fiebre.
Aun así, como cierre es muy digno. No intenta ofrecer una conclusión limpia, porque sería mentira. Su final deja una sensación amarga, casi histórica: los nombres cambian, las rutas cambian, las organizaciones cambian, pero la maquinaria encuentra la manera de seguir funcionando. Quizá por eso esta temporada puede parecer menos satisfactoria en lo dramático, pero más coherente en lo que cuenta. No hay gran catarsis porque el propio mundo retratado no permite catarsis. Hay cadáveres, periodistas amenazados, agentes frustrados, criminales sustituidos por otros y un país atrapado entre miedo, dinero y poder.
Al final, es la que menos me gustó de las tres, pero no por mala. Al contrario: está muy bien hecha, tiene ambición, atmósfera, tensión y momentos realmente potentes. Lo que pasa es que su fuerza está más en el mapa que en el personaje, más en la expansión del problema que en la emoción directa. Me interesó más de lo que me atrapó. Como final de esta etapa, confirma la idea más amarga de toda la serie: no se trataba de un capo, ni de una plaza, ni de una operación concreta. Se trataba de una maquinaria capaz de cambiar de forma cada vez que alguien cree haberla entendido. Y ahí sigue, moviéndose.
única serie de méxico que relata los hechos casi exactamente como sucedieron con nombres reales, gran papel de Diego Luna
Recortan las tramas y esto hace que la serie se vea apresurada. Hay historias alternas a la trama principal que no tienen se ven un poco fuera de lugar. En general esta entretenida pero es la peor temporada de Narcos Mexico
Serie pasable, las series de este tipo no pueden llevar una critica tan arraigada ya que la hacen perfectamente sincronizada con la historia de dicho personaje ya que es basada en la vida real mas bien son analizadas por gustos propios.
Mi recomendación es que si te gusta este tipo de genero seguramente puede ser de tu agrado y vas a tener una opinión mejor, en mi caso no sigo mucho este tipo de producciones por eso no tengo una opinión mas alla de decir que la serie en varios momentos puede tener algo de simpatía en lo dramático.
Mi recomendación es que si te gusta este tipo de genero seguramente puede ser de tu agrado y vas a tener una opinión mejor, en mi caso no sigo mucho este tipo de producciones por eso no tengo una opinión mas alla de decir que la serie en varios momentos puede tener algo de simpatía en lo dramático.
Siguiendo la misma línea que marcó la anterior temporada y a la estela de lo sucedido, continúa la historia alrededor de Miguel Ángel Félix Gallardo y la DEA en su batalla del gato y el ratón. Vemos la expansión de los cárteles y la asociación para crecer y los tiras y aflojas con el cártel colombiano. Al igual que la anterior temporada, es entretenida y te mantiene enganchado a la trama aunque sigue un peldaño por debajo de la magnífica original del cártel de Medellín.
El dúo interpretativo de Diego Luna en el papel del capo Miguel Ángel Félix Gallardo, y el hollywoodiense Michael Peña como el agente de la DEA Kiki Camarena, a priori parece partir en desventaja con las anteriores entregas donde los personajes principales resultaron de lo más carismático. Pero el ambiente, el desarrollo y el buen hacer de los protagonistas te meten en la trama y la serie mantiene el buen ritmo, dureza (aún más, si cabe) y ambientación de la saga "Narcos".
En el debe, que quizás la resolución no esté a la altura de todo el desarrollo y deje la sensación de mal acabada, lo que no ocurría en las anteriores temporadas
En el debe, que quizás la resolución no esté a la altura de todo el desarrollo y deje la sensación de mal acabada, lo que no ocurría en las anteriores temporadas
Una muy digna sucesora de Narcos Colombia
Reconozco que me encantan este tipo de series, y la verdad, desde la primera Narcos estoy bastante enganchado.
A través de este "producto", la cocaína, se comprenden muy bien la corrupción a todos los niveles y de todos los gobiernos, porque puede que un gobierno este en contra del trafico de drogas, pero no creo que ninguno este contra del dinero que genera.
No me entiendan mal, no soy yo quien pida la legalización de la droga desde aquí, con la falacia de que "así se acabaría el problema". Pero hay que reconocer que la droga ha sido la fuente de parte de los males de iberoamérica.
Esta serie, al igual que sus predecesoras refleja " todo un poco, "mucho", historiado" la situaciones que se vivieron en toda esa región del mundo, y que no cabe duda de que ahora también se esta dando, y como poco a poco van cayendo todos estos tipos por traiciones, y situaciones a veces, surrealistas.
Es una serie recomendable para aquellos que les gusten las series de "policías y ladrones"
Reconozco que me encantan este tipo de series, y la verdad, desde la primera Narcos estoy bastante enganchado.
A través de este "producto", la cocaína, se comprenden muy bien la corrupción a todos los niveles y de todos los gobiernos, porque puede que un gobierno este en contra del trafico de drogas, pero no creo que ninguno este contra del dinero que genera.
No me entiendan mal, no soy yo quien pida la legalización de la droga desde aquí, con la falacia de que "así se acabaría el problema". Pero hay que reconocer que la droga ha sido la fuente de parte de los males de iberoamérica.
Esta serie, al igual que sus predecesoras refleja " todo un poco, "mucho", historiado" la situaciones que se vivieron en toda esa región del mundo, y que no cabe duda de que ahora también se esta dando, y como poco a poco van cayendo todos estos tipos por traiciones, y situaciones a veces, surrealistas.
Es una serie recomendable para aquellos que les gusten las series de "policías y ladrones"
es una mierda de pagina
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Lo fácil habría sido pensar que esto ya era exprimir demasiado una fórmula que había funcionado muy bien. Después de tres temporadas de capos, persecuciones, política, corrupción, violencia, voz en off y ascensos criminales, el riesgo de repetirse era enorme. Y, sin embargo, esta continuación consigue justificar bastante bien su existencia. No porque descubra un mundo completamente nuevo, sino porque cambia el foco y demuestra que la historia del narcotráfico no era una línea cerrada, sino una cadena de relevos, pactos, traiciones y oportunidades. El escenario cambia, los nombres cambian, la textura cambia, pero la enfermedad sigue siendo la misma.
Lo que más me interesa es que aquí el origen tiene un peso especial. La serie no arranca con una maquinaria ya plenamente formada, sino con la sensación de estar viendo cómo algo se organiza, cómo se profesionaliza, cómo deja de ser una suma de plazas y jefes locales para convertirse en una estructura mucho más ambiciosa. Félix Gallardo funciona precisamente por eso: no es un Escobar mexicano ni intenta serlo. Diego Luna lo interpreta de una manera más contenida, más fría, menos volcánica. Su peligro no está tanto en el estallido inmediato como en la capacidad de calcular, negociar, observar y entender antes que otros que el verdadero poder no consiste solo en mandar, sino en conectar intereses.
La primera temporada se sostiene muy bien por el choque entre esa construcción del imperio y la figura de Kiki Camarena. Michael Peña aporta una humanidad necesaria, porque su personaje introduce una mirada más directa, más moral, más vulnerable. La serie funciona mejor cuando no reduce el conflicto a policías contra narcos, sino que muestra cómo cada paso hacia la justicia se estrella contra una red de complicidades enorme. Políticos, policías, empresarios, militares, intermediarios, familias y gobiernos se mezclan hasta que la frontera entre legalidad y crimen empieza a parecer casi decorativa. Ahí está lo más perturbador: no es solo que haya criminales, es que demasiadas instituciones aprenden a convivir con ellos.
También me gusta que sea una serie más seca y, a ratos, más elegante que la anterior. Tiene menos fiebre inmediata, menos monstruo central devorándolo todo, pero gana en paciencia y en atmósfera. Los paisajes, las casas, las carreteras, las oficinas y los desiertos parecen formar parte de una misma red de amenaza. La violencia puede aparecer de golpe, pero muchas veces lo inquietante está antes, en la espera, en una conversación, en una llamada, en alguien que sabe demasiado y todavía no sabe que ya está perdido. Ese tono le sienta bien, aunque también hace que algunas partes sean más densas y menos adictivas en un sentido fácil.
A lo largo de sus tres temporadas se nota la tensión entre repetir el éxito y contar algo con identidad propia. Hay momentos en los que el mecanismo se reconoce demasiado: ascenso, traición, caída, voz en off, datos históricos, personajes que entran para ocupar un lugar dentro del tablero. Pero cuando la serie encuentra su propio pulso, funciona muchísimo. La segunda temporada me parece especialmente sólida en su manera de mostrar cómo el poder se descompone desde dentro. Y la tercera, aunque cambia bastante y se vuelve más coral, confirma esa idea tan amarga: cada vez que parece cerrarse una etapa, aparece otra forma del negocio, más dispersa, más violenta o más difícil de controlar.
El problema es que no siempre evita la sensación de estar viendo una variación de algo ya conocido. No tiene el factor sorpresa de la serie original ni una presencia tan magnética como la de Wagner Moura. A veces se echa de menos una figura capaz de arrastrarlo todo con esa fuerza hipnótica. También hay personajes y tramas que podrían tener más espacio, y la ambición de cubrir tantos nombres, territorios y equilibrios políticos provoca algunos altibajos. Pero incluso cuando se vuelve irregular, mantiene un nivel técnico altísimo y una capacidad notable para convertir la historia reciente en un thriller sombrío, complejo y muy entretenido.
Al final, me parece una ampliación muy digna, bastante mejor de lo que podía esperarse si uno la mira solo como un intento de seguir explotando el mismo filón. No alcanza para mí la fuerza global de las tres temporadas anteriores, pero sí aporta una pieza importante al mosaico: la idea de que el narcotráfico moderno no nace de un solo genio criminal, sino de una combinación de ambición, Estado débil, corrupción, dinero, geografía y demanda internacional. Es repetitiva a veces, sí, pero porque también lo es el propio horror que retrata. Cambian los capos, cambian las rutas, cambian los discursos. Lo que no cambia es la maquinaria. Y eso la convierte en una serie dura, elegante, adictiva y muy amarga.
Lo que más me interesa es que aquí el origen tiene un peso especial. La serie no arranca con una maquinaria ya plenamente formada, sino con la sensación de estar viendo cómo algo se organiza, cómo se profesionaliza, cómo deja de ser una suma de plazas y jefes locales para convertirse en una estructura mucho más ambiciosa. Félix Gallardo funciona precisamente por eso: no es un Escobar mexicano ni intenta serlo. Diego Luna lo interpreta de una manera más contenida, más fría, menos volcánica. Su peligro no está tanto en el estallido inmediato como en la capacidad de calcular, negociar, observar y entender antes que otros que el verdadero poder no consiste solo en mandar, sino en conectar intereses.
La primera temporada se sostiene muy bien por el choque entre esa construcción del imperio y la figura de Kiki Camarena. Michael Peña aporta una humanidad necesaria, porque su personaje introduce una mirada más directa, más moral, más vulnerable. La serie funciona mejor cuando no reduce el conflicto a policías contra narcos, sino que muestra cómo cada paso hacia la justicia se estrella contra una red de complicidades enorme. Políticos, policías, empresarios, militares, intermediarios, familias y gobiernos se mezclan hasta que la frontera entre legalidad y crimen empieza a parecer casi decorativa. Ahí está lo más perturbador: no es solo que haya criminales, es que demasiadas instituciones aprenden a convivir con ellos.
También me gusta que sea una serie más seca y, a ratos, más elegante que la anterior. Tiene menos fiebre inmediata, menos monstruo central devorándolo todo, pero gana en paciencia y en atmósfera. Los paisajes, las casas, las carreteras, las oficinas y los desiertos parecen formar parte de una misma red de amenaza. La violencia puede aparecer de golpe, pero muchas veces lo inquietante está antes, en la espera, en una conversación, en una llamada, en alguien que sabe demasiado y todavía no sabe que ya está perdido. Ese tono le sienta bien, aunque también hace que algunas partes sean más densas y menos adictivas en un sentido fácil.
A lo largo de sus tres temporadas se nota la tensión entre repetir el éxito y contar algo con identidad propia. Hay momentos en los que el mecanismo se reconoce demasiado: ascenso, traición, caída, voz en off, datos históricos, personajes que entran para ocupar un lugar dentro del tablero. Pero cuando la serie encuentra su propio pulso, funciona muchísimo. La segunda temporada me parece especialmente sólida en su manera de mostrar cómo el poder se descompone desde dentro. Y la tercera, aunque cambia bastante y se vuelve más coral, confirma esa idea tan amarga: cada vez que parece cerrarse una etapa, aparece otra forma del negocio, más dispersa, más violenta o más difícil de controlar.
El problema es que no siempre evita la sensación de estar viendo una variación de algo ya conocido. No tiene el factor sorpresa de la serie original ni una presencia tan magnética como la de Wagner Moura. A veces se echa de menos una figura capaz de arrastrarlo todo con esa fuerza hipnótica. También hay personajes y tramas que podrían tener más espacio, y la ambición de cubrir tantos nombres, territorios y equilibrios políticos provoca algunos altibajos. Pero incluso cuando se vuelve irregular, mantiene un nivel técnico altísimo y una capacidad notable para convertir la historia reciente en un thriller sombrío, complejo y muy entretenido.
Al final, me parece una ampliación muy digna, bastante mejor de lo que podía esperarse si uno la mira solo como un intento de seguir explotando el mismo filón. No alcanza para mí la fuerza global de las tres temporadas anteriores, pero sí aporta una pieza importante al mosaico: la idea de que el narcotráfico moderno no nace de un solo genio criminal, sino de una combinación de ambición, Estado débil, corrupción, dinero, geografía y demanda internacional. Es repetitiva a veces, sí, pero porque también lo es el propio horror que retrata. Cambian los capos, cambian las rutas, cambian los discursos. Lo que no cambia es la maquinaria. Y eso la convierte en una serie dura, elegante, adictiva y muy amarga.