Venía de dos temporadas muy redondas y, claro, la comparación pesa. Aun así, esta tercera temporada me ha gustado. No me ha atrapado tanto como la 1 o la 2, pero mantiene ese punto de serie “para devorar” que te hace darle a siguiente sin pensarlo demasiado.
Aquí el foco cae en Colin Bridgerton y Penelope Featherington, y el cambio se nota. Es un romance menos explosivo de entrada y más de cocinarse a fuego lento, con miradas, inseguridades y todo eso que se arrastra desde hace tiempo. Nicola Coughlan está especialmente bien, y Luke Newton encaja mejor de lo que esperaba cuando la historia por fin se decide a ir al grano.
Lo que sigue funcionando es el mundo en sí: bailes, reglas absurdas, frases con veneno, reputaciones que se rompen por nada y esa sensación de estar viendo un mercado social disfrazado de elegancia. Eso sí, hay bastantes tramas alrededor y, a ratos, el centro se dispersa un poco.
La música vuelve a ser un gustazo. Esas versiones orquestales de temas modernos ya son parte del ADN de la serie, y aquí siguen entrando como un guante: te colocan en época, pero te recuerdan que esto juega a ser clásico y pop a la vez.
En lo visual, cero quejas. Vestuario, maquillaje, peluquería y decorados mantienen el nivel altísimo, y aunque la historia te guste más o menos, la serie siempre se ve con placer. Es de esas producciones que “lucen” sin esfuerzo.
En conjunto, esta tercera temporada no me parece la mejor, pero sí una continuación sólida y muy disfrutable. Tiene menos sorpresa y quizá menos chispa que antes, pero si te gusta el universo Bridgerton, aquí sigues encontrando lo que vienes a buscar.