Reclutas sorprende porque, aunque podría haber sido otra historia más de entrenamiento militar, elige un camino mucho más humano y complejo. Se nota que está basada en la experiencia real de su protagonista, lo que le da una autenticidad que rara vez se ve en este tipo de series. No hay épica ni patriotismo forzado, sino una mirada sincera a lo que significa crecer, obedecer y sobrevivir dentro de un sistema que no tolera las diferencias.
La serie retrata con acierto el choque entre disciplina y vulnerabilidad, entre la necesidad de pertenecer y el miedo a mostrar quién eres realmente. Es valiente al abordar temas como la homosexualidad dentro del ejército, especialmente en una época en la que era motivo de expulsión y vergüenza. Lo hace sin morbo ni victimismo, simplemente mostrando el peso del silencio.
Hay humor, camaradería y momentos de ternura entre tanto sudor y gritos, y eso la hace especial. Los personajes tienen vida, se equivocan, se contradicen y, a pesar del entorno, logran conectar con el espectador. Su protagonista transmite una mezcla de inocencia y fuerza que sostiene todo el relato.
Técnicamente está muy bien rodada, con ritmo, buena fotografía y una dirección que entiende cuándo acelerar y cuándo dejar respirar las emociones. Puede que algunos la tachen de idealista, pero lo cierto es que hay más verdad aquí que en muchas historias militares “serias”.
Reclutas es una serie que emociona sin manipular, que expone sin juzgar. Y sí, entiendo perfectamente por qué molesta a los reaccionarios: porque muestra que el valor no siempre está en disparar, sino en atreverse a ser uno mismo.