Con En fuga me vuelve a pasar lo mismo que con casi todas las adaptaciones de Harlan Coben: la sensación de estar viendo algo que se mueve mucho pero que, al final, no me dice gran cosa. Todo está diseñado para que no pares de mirar, para que el siguiente giro llegue antes de que puedas pensar en el anterior. Funciona como mecánica, sí, pero a mí me deja frío.
La historia arranca con fuerza y no pierde ritmo en ningún momento. El problema es justo ese: va tan lanzada que no hay espacio para que los personajes respiren ni para que el conflicto cale de verdad. Las emociones están ahí, sobre el papel, pero se despachan rápido, casi como si estorbaran entre sorpresa y sorpresa. Y cuando eso pasa, el misterio se convierte más en trámite que en experiencia.
A nivel interpretativo no hay grandes reproches. James Nesbitt sostiene bien el peso de la serie y aporta oficio, pero ni siquiera él consigue que la historia gane profundidad. Da la impresión de que los personajes existen solo para empujar la trama hacia delante, no para construir algo que se quede contigo cuando acaba el episodio.
También está ese sello tan reconocible del autor: coincidencias forzadas, giros cada vez más enrevesados y una acumulación de secretos que termina saturando. Puede resultar adictivo si te gusta este tipo de montaña rusa, pero a mí me acaba pareciendo ruido. Mucho movimiento, poco poso. Cuando empiezas a ver el patrón, la intriga pierde fuerza.
No es una mala serie ni mucho menos. Se deja ver, entretiene y probablemente enganche a quien ya disfrute con este tipo de thrillers de consumo rápido. Simplemente, no es para mí. Echo de menos más verdad, más silencio y menos necesidad de sorprender constantemente.