Hacer una miniserie sobre un asesino en serie siempre tiene tirón, pero aquí la jugada no sale del todo bien. El monstruo de Florencia quiere ser un true crime elegante, con atmósfera, pausado, casi contemplativo… pero se le va la mano con la lentitud. En lugar de generar tensión, la diluye. No hay un personaje claro que guíe la historia ni una figura central que arrastre al espectador, y eso hace que la serie se sienta dispersa, sin rumbo.
Stefano Sollima intenta darle profundidad a través de una narrativa fragmentada, saltando en el tiempo y mostrando los hechos desde distintas perspectivas. La idea es interesante, pero al final pesa más la confusión que el misterio. Por momentos parece más un ejercicio de estilo que una historia real.
Lo mejor está en la recreación del ambiente: esa Toscana inquietante, la fotografía impecable, y una sensación constante de peligro en lo cotidiano. Hay talento detrás, eso se nota, pero también falta de ritmo y emoción.
No es un desastre, pero sí una oportunidad perdida. Si buscas un retrato del caso desde lo humano, sin artificios ni glorificación del asesino, puede tener su interés. Si esperas una historia adictiva o un thriller intenso, te costará no desconectarte antes del final.