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    Doble o nada
    Críticas
    3,0
    Entretenida
    Doble o nada

    Stephen Frears lo apuesta todo a Rebecca Hall

    por Daniel de Partearroyo
    Sepultada y prácticamente relegada al olvido entre el pedigrí académico y oscarizable de La reina (2006) y Philomena (2013), Doble o nada ocupa lugar en la prolífica filmografía de Stephen Frears junto a largometrajes tan inadvertidos como Chéri (2009) y Tamara Drewe (2010). Sólo que aquí el material de partida ni siquiera tiene el aura de culto de la novela de Colette ni la simpatía pop de las viñetas de Moira Buffini, aunque sí ahonda el interés sobre la vida y obra de mujeres singulares que ha desarrollado el cineasta británico durante su producción del último decenio –con la salvedad del telefilme sobre el boxeador Muhammad Ali que realizó en 2013 y su próxima película, centrada en el ciclista Lance Armstrong–. En Doble o nada adapta el libro autobiográfico donde la periodista Beth Raymer relataba sus experiencias en el mundo del striptease a domicilio y las casas de apuestas.


    Doble o nada - CartelComo ocurría en las anteriores películas de Frears con Helen Mirren, Michelle Pfeiffer, Gemma Arterton y Judi Dench, lo mejor de ésta es el partido que saca de su actriz protagonista. Da igual que sean leyendas vivas de la actuación o jóvenes promesas con mucho por demostrar; el británico parece centrar todos sus esfuerzos en ofrecer las interpretaciones más destacables de sus respectivas carreras. Aquí Rebecca Hall interpreta a Beth Raymer con un festival de desinhibición e inocencia que, sin embargo, bordea en demasiadas ocasiones un ridículo no del todo asumido. Pero poco importa ante la simpatía que despierta su personaje, una chica alocada y bondadosa hasta la raíz –es decir, pánfila–, que bracea por el peligroso mundo de las apuestas, primero en Las Vegas bajo el ala de un veterano del negocio (Bruce Willis) y después se hace corredora ilegal junto a un socio poco fiable (Vince Vaughn).


    La película comienza invocando cierta agilidad y socarronería en la estela de Elmore Leonard durante sus primeros compases, pero lo cierto es que el guión de D.V. DeVincentis –quien trabajó en la adaptación de Alta fidelidad (2000)– ni siquiera intenta dar un mínimo de profundidad a ningún personaje. Si Beth, el núcleo de la función, presenta un arco dramático menos extenso incluso que sus recurrentes shorts, poco se puede decir de esbozos inoperantes como el novio encarnado por Joshua Jackson, la esposa pija superficial interpretada por Catherine Zeta-Jones o los propios Willis –tan en piloto automático que bien podría haber grabado sus escenas durante la lectura de guión– o Vaughn –como siempre, pero correcto–. Libreto endeble que, unido a la colocación automática y a medio despachar de la cámara por parte de Frears, enarbolando un tono narrativo alérgico a cualquier apunte expresivo dentro de un mundo de sordidez y, desde luego, muy lejos de obras anteriores como Negocios ocultos (2002), dan como resultado una película agradable dentro de los límites de lo inofensivo. Puede verse con simpatía como ejercicio de inercia, pero la dedicación de su estupenda actriz protagonista habría merecido un poco más de apoyo que la desinteresada profesionalidad a cargo de levantar el tinglado.


    A favor: La dedicación de Rebecca Hall.

    En contra: De los implicados debería esperarse algo más que un entretenimiento pasable.
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