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7 días en la Habana

La ciudad como excusa

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El paradigma es 'París visto por...', filme fundacional no de la Nouvelle Vague, aunque allí estuvieran Godard, Rohmer, Chabrol, Pollet, Rouch y Douchet, sino de la práctica independiente del cine en 16 mm, aunque para la posteridad ha quedado como una suerte de manifiesto tanto de la nueva ola francesa como de una forma de encarar el cine de episodios bastante disconforme con la ortodoxia. Antes y después proliferaron este tipo de producciones, especialmente en Francia e Italia, con una ingente cantidad de cineastas importantes -de Godard a Fellini, de Visconti a Polanski- y otros menos dotados que encontraron en la película de sketch una forma como cualquier otra de supervivencia.

No la necesitan, sobre el papel, el grueso de firmantes de esta Habana vista por... Todos, a diferencia de la película parisina, aportan la mirada del extranjero que llega a una ciudad, la observa y la filma; todos menos Juan Carlos Tabío, el único de nacionalidad cubana que ha participado en el proyecto. Los demás, acordes con su estilo, crean ficciones y las mezclan con la mirada documental más que nada para justificar la empresa, el título de la película.

Benicio Del Toro, por ejemplo, que debuta como director, captura la noche en la ciudad, mientras que de Gaspar Noé no puede esperarse otra cosa que la que ofrece, un relato de exorcismo. Laurent Cantet, experto ya en excursiones críticas a parajes más o menos exóticos –recuérdese 'Hacia el sur', su film sobre el turismo sexual femenino en Haití-, apela a la vena religiosa, Tabío realizada un segmento de drama y gastronomía -normal siendo el codirector en 1994 de la celebrada 'Fresa y chocolate'-, Julio Medem ribetea las dudas amorosas y Elia Suleiman se retrata a sí mismo como cineasta extranjero que no sabe nada de español y pasea extraño y extrañado por los ambientes de la ciudad.

La propuesta más interesante, por despojarse de toda autoría, la ofrece Pablo Trapero con su jam session en el sentido literal del término: la cámara del director argentino sigue el discurrir por La Habana de otro director, Emir Kusturica, que también se interpreta a sí mismo sin que sepamos exactamente si hace ver que está borracho o hace de la cogorza su forma interpretativa. Trapero filma su hastío frente a los premios y las recepciones y la libertad que encuentra en su relación con un chófer que es, también y sobre todo, un trompetista de afro-jazz. Este episodio parece improvisado -y más con Kusturica de maestro de ceremonias- pero denota una estudiada concepción y una inteligente forma de fundir el paisaje de la ciudad filmada con una peripecia de ficción filmada como un retrato documental.

A favor: la buena entente entre Pablo Trapero y Emir Kusturica.

En contra: los altibajos, algo de lo que siempre adolecen los filmes de episodios.
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