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    Los juegos del hambre: En llamas
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    Los juegos del hambre: En llamas

    ¿Qué hay detrás del simulacro?

    por Paula Arantzazu Ruiz

    ¿Qué hay tras la cúpula? ¿Qué hay detrás del simulacro? El negro. Las dudas. La verdad. La revolución. No puede haber otro camino. A esa idea de arraigo situacionista se acerca Francis Lawrence -sustituyendo a Gary Ross en las tareas de dirección- en la esperadísima Los juegos del hambre: En llamas, segunda parte cinematográfica de la saga de Los juegos del hambre -franquicia literaria distópica para jóvenes creada por Suzane Collins- y trabajo que apuntala y otorga profundidad emocional y política a su predecesora. Y más: En llamas se erige como una perfecta bisagra entre aquella y el futuro (cinematográfico) de la historia. Es una secuela intachable.


    Por partes. Los juegos del hambre: En llamas apenas adelanta la trama de la saga, ya que propone los mismos escenarios y los mismos recorridos que Los juegos del hambre: las dos arenas (la mediática y el reality de supervivientes) donde se libra un combate a muerte. Sabemos, no obstante, que nuestros protagonistas ya no son los mismos jóvenes más o menos valientes, más o menos ingenuos, que en la anterior cinta: Katniss sufre por la violencia a la que ha sido expuesta y por la violencia a la que ha tenido que recurrir para sobrevivir, mientras que Peeta siente asimismo ese estupor ante tener que crear una ficción sobre sí mismo para el resto de su vida. La simulación resulta a estas alturas imposible para los personajes, y al poder le resulta cada vez más complicado ocultar la furia social por las injusticias y la opresión: en la película, las revueltas van apareciendo intermitentemente, como si fueran fugas de ese sistema que hace del control su credo y que ya no puede sostenerse mucho más tiempo, las vemos en forma de pintadas en los muros o en ciertos gestos de resistencia en los ciudadanos. Y como se encargan de repetir hasta en tres ocasiones en el filme, la lucha de los protagonistas ya no es contra el resto de los tributos, sino que ahora es el momento en que comience el enfrentamiento contra el poder.


    Así pues, los escenarios son los mismos, pero no los personajes. Resulta importante subrayarlo, ya que En llamas se encarga precisamente de ejercer de crónica de un cambio: al mismo tiempo que la trama realiza un trayecto similar al de Los juegos del hambre- de fábula distópica de estética Speeriana a survival, una vez se han puesto en marcha los juegos del tercer vasallaje de los veinticinco- vemos también el backstage de esa ficción (política y sentimental) que viven los protagonistas: sus peleas, enfados, miedos y frustraciones; sentimientos que afloran como la peor resaca de un triunfo absurdo. Si ese tono íntimo modula la primera parte del trabajo, mención especial merece el segundo tramo del filme, dedicado al reality survival, en el que Francis Lawrence, el director, sabe aquí cubrir la ausencia de Steven Soderbergh como operador de cámara con una visión más compleja del programa desde dentro: abundan las escenas nocturnas, y el entorno, en vez de escenario de acción, resulta pesadillesco, monstruoso.


    Los fans de la saga descubrirán que Lawrence (cineasta) no se aleja apenas de la línea argumental de las novelas; y también reconocerán que aquí Lawrence (Jennifer) no tiene tanto protagonismo como en la primera película. La actriz es, por supuesto, la gran heroína, pero, tal y como nos recuerdan, su triunfo es también posible gracias al valor de todos los que la apoyan. Acabaremos viéndola como la líder mesiánica que muchos creen, aunque de ello darán cuenta las otras dos películas que quedan de la franquicia. En llamas, en suma, cubre los vacíos emocionales que estaban, muy a pesar de la que esto firma, en la película anterior y propone una revisión reflexiva y más atenta del sensible material que trabaja. Y no se trata de un material baladí: tras la cúpula, lo vimos, en efecto, en El show de Truman (1998), de Peter Weir (y en otros tantos trabajos), está la libertad. Sólo hay que saber cómo romper el muro.


    A favor: El tono de la película, más intenso y profundo.


    En contra: Que el desenlace sea en dos películas (y tarde más en llegar).

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