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4,0
Muy buena
Tu mejor amigo

El eterno retorno

por

1. En 1985, un joven cineasta sueco llamado Lasse Hallström irrumpió en el panorama internacional con Mi vida como un perro, así llamada por el insólito protagonismo en ella de las metáforas caninas, nominada al óscar a la mejor película extranjera y al mejor guión. Veinticuatro años más tarde, instalado en Hollywood desde 1993, nuestro hombre dirigió Siempre a tu lado (Hachiko), otra odisea relacionada con el mundo perruno basada en un guión original de Kaneto Shindo llevado al cine en Japón, a su vez, en 1987. Y ahora, quizá para cerrar una involuntaria trilogía, Hallström regresa al tema con Tu mejor amigo (o mejor A Dog’s Purpose), un guión original en el que han intervenido hasta cinco escritores. Mi vida como un perro podría ser también el título de Tu mejor amigo, pues aquí nos encontramos con un cánido que cuenta sus vidas –sí, han leído bien— en primera persona del singular. Bailey, que cambiará de nombre en sucesivas reencarnaciones –han vuelto a leer bien--, proporciona sus puntos de vista sobre la existencia y el mundo a su paso por distintos dueños y apariencias, y ello, lejos de urdir la película plúmbea que era de esperar, acaba configurando una pequeña obra maestra, una fábula sensible y delicada, un cuento moral de asombrosa capacidad de observación y sentido del detalle. 

Tu mejor amigo - Cartel

Todo ello no es de extrañar viniendo de quien viene. Hallström es el responsable de algunos trabajos memorables, verdaderos ovnis del cine americano contemporáneo, que han ido pasando con más pena que gloria por las pantallas de todo el mundo en estas tres últimas décadas. Querido intruso (1993), por ejemplo, su debut en Hollywood, contemplaba la vida familiar y los cambios provocados por los nuevos tiempos con pulso firme y emotivo, sin recurrir jamás a la estridencia, con voz tan queda como cómplice. Y ese ha sido siempre su tono, por lo menos en los mejores logros de su filmografía, centrados invariablemente en jovencitos vulnerables, adultos todavía desorientados y vidas a la deriva, aunque sea en el seno de un grupo humano aparentemente unido y feliz. De la desgarrada ¿A quién ama Gilbert Grape? a la misteriosa y secreta La pesca del salmón en Yemen, de Las normas de la casa de la sidra a Un lugar donde refugiarse, su carrera está llena de retratos apenas esbozados, como si se tratara de tímidas acuarelas de la vida americana pintadas por un extranjero curioso y mordaz. La apariencia modesta de estos films, a veces en la frontera del sentimentalismo y/o la banalidad, ha hecho de Hallström un cineasta por completo incomprendido, considerado el enésimo artesano europeo devorado por la inclemente industria americana. 

2. Por supuesto, Tu mejor amigo no contribuirá a mejorar las cosas. En apariencia deslavazada y lloriqueante, siempre apuntando al lagrimal del espectador, puede contemplarse perfectamente como un producto de consumo familiar para la tarde del domingo, incluso como uno de aquellos anodinos telefilmes que tanto se prodigaban en los hogares occidentales antes de que llegara el furor de las nuevas series. Pero hay dos apuntes ya anotados que deberían llamar la atención hacia otras maneras de verla. En efecto, el punto de vista es el del perro protagonista (con la voz de Josh Gad), que se pasea por el mundo sin entender nada de la vida humana y, por lo tanto, tampoco del relato que lidera, de manera que Hallström acaba partiendo en dos la mismísima estructura interna de su película, la demostración definitiva de su talento rupturista, siempre oculto tras gestos de puesta en escena aparentemente convencionales. Y, por si fuera poco, la voz de esa mascota estúpida, aunque adorable, transita de cuerpo en cuerpo, de raza en raza, de una época a otra, en lo que supone no tanto una defensa de la creencia en la reencarnación –jamás se pronuncia la palabra, claro está, porque el buen perro la desconoce— como una descripción de la vida contemplada como un flujo eterno, invariable, más cercano al eterno retorno postulado por Nietzsche que a las doctrinas budistas. Primero en el seno de una familia tradicional americana --compañero inseparable del hijo único de dos padres que no se entienden--, luego al servicio de un policía igualmente melancólico y solitario, enseguida acompañante de una neurótica solitaria que acabará encontrando pareja, después arrojado a los infiernos de la white trash suburbana, y finalmente devuelto al punto de partida en una conmovedora pirueta narrativa, Bailey –o Buddy, o Tino, o Ellie— se convierte poco a poco en una metáfora con cuatro patas y dos sentidos. Por un lado, es el intermediario a través del cual contemplamos un puñado de vidas tristes y abocadas al fracaso o la monotonía, desde el muchacho que abandona a su único amor por culpa de un estúpido accidente hasta su padre alcohólico o su madre frustrada, desde el agente condenado a perder siempre aquello que ama hasta la pareja de jóvenes fustigados por la situación económica y política… Por otro, recorre la vida americana del último medio siglo dejando en evidencia el declive de un imperio, el fracaso de una forma de vida, desde el empleado con abortadas aspiraciones de convertirse en parte de un sistema capitalista en expansión, allá en los años 60, hasta el granjero aislado y ya insensible, que habita una casa vacía y solitaria, seguramente en los albores de la era Trump… 

Podrán decirme que exagero, que eso no está en la película, que constituye una interpretación desaforada a partir de lo que simplemente es un cuento infantil, un entretenimiento familiar. Sin embargo, se trata, según creo, de algo muy distinto, de una cuestión de estilo. Hallström jamás subraya, nunca alza la voz, si no es para decir alguna que otra obviedad que, por supuesto, no debemos tomar al pie de la letra. Su puesta en escena es ligera y sin adornos, se precipita en un largo túnel narrativo unido por precisas, preciosas elipsis: el cachorro que gira sobre sí mismo en un juego absurdo sigue haciendo lo mismo ya adulto, en cuestión de fotogramas; el balón deshinchado y sucio se convierte en otro nuevo y reluciente, que surca los mismos cielos años después… Y todo ello se sitúa en un territorio en el que domina el arte de la alusión, del antirrealismo, en un tono en apariencia simple y directo, en el fondo de múltiples significados apenas entrevistos, un poco al estilo de los grandes moralistas europeos de los siglos XVI y XVII: Diderot, La Fontaine, Voltaire… Tu mejor amigo, en realidad, como buena parte del cine de Hallström, bebe abundantemente de la obra de su compatriota Emanuel Swedenberg, quien propuso contemplar la vida y la muerte como un continuum sin interrupciones, simplemente dos estados distintos del ser… ¿Y todo esto en una película sobre las vidas de una mascota?, puede que insistan ustedes. Quizá, como Bailey y sus avatares, debamos aprender a mirar de nuevo, sobre todo en el territorio de las imágenes, y aún más en esas que dicen no pretender nada cuando, en realidad, surgen de las mismísimas profundidades del sentido. Eso sí, hace falta paciencia y dedicación. 

A favor: Ese tono, esa fluidez, esa sabiduría a la hora de filmar el mundo y sus habitantes… 

En contra: Que muy pocos lleguemos a tomárnosla en serio.


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