Se estrenó en 1988, pero esta película de animación sigue siendo una joya incapaz de igualar
Sara Heredia
-Redactora jefe SensaCine
Cargada con una mente abierta y mucha curiosidad, explora cualquier documental, película, serie y miniserie que empiece a hacer ruido.

Robert Zemeckis dirigió esta cinta tan especial que se llevó tres Oscar -muy merecidos- a casa

En una era dominada por el CGI, donde casi todo puede crearse o retocarse digitalmente, resulta llamativo que una película de 1988 siga siendo el gran referente a la hora de mezclar acción real y animación. ¿Quién engañó a Roger Rabbit? no solo logró que actores de carne y hueso compartieran plano con personajes dibujados de forma creíble, sino que convirtió ese reto técnico en el alma misma de su historia. Más de tres décadas después, la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué funciona tan bien… y por qué nadie ha conseguido repetirlo igual?

Dani Mangas lo analiza en una nueva pieza de No son como las demás.

Dirigida por Robert Zemeckis y ambientada en un Hollywood alternativo de 1947, la película parte de una idea tan sencilla como radical: los “dibujos” no son dibujos, sino ciudadanos. Trabajan, viven en barrios propios y conviven —no siempre en armonía— con los humanos. En ese contexto arranca un misterio de cine negro clásico: un detective en horas bajas, Eddie Valiant (Bob Hoskins), acepta investigar un aparente caso de infidelidad que pronto deriva en asesinato, conspiración y corrupción urbanística. Roger Rabbit, estrella animada y marido celoso, se convierte en el sospechoso perfecto.

¿Quién engañó a Roger Rabbit? es una película rarísima en el mejor sentido: una comedia criminal con traje de cine negro, una carta de amor al Hollywood clásico y, al mismo tiempo, un experimento técnico que parece imposible incluso hoy. En la superficie es una comedia con un conejo histérico y gags de dibujos animados; por debajo, es cine negro con cadáver, mujer fatal y un detective con resaca moral; y, en el fondo del todo, es una declaración sobre cómo conviven —o chocan— la industria, la ciudad y la imaginación.

Animación de Disney, pero bajo el paraguas Touchstone

Disney compró los derechos, el guion pasó por muchísimos borradores… y al final se convirtió en una apuesta temeraria para su época: acción real con animación tradicional, sin el salvavidas del CGI moderno. De hecho, se estrenó bajo Touchstone, que era la forma de Disney de decir: “esto no es para críos”… aunque salgan dibus.

Cada plano tenía que rodarse pensando en el futuro. Porque meses después iba a llegar un equipo de animación a meter personajes dibujados dentro de un mundo físico que ya estaba grabado. Y como te equivoques con una mirada, una marca en el suelo o un movimiento de cámara… adiós ilusión. La película se rodó sin CGI moderno: primero se filmó toda la acción real, en estudios de Reino Unido, como si los personajes animados estuvieran físicamente presentes. Cada plano exigía una coreografía milimétrica de miradas, movimientos de cámara y acciones prácticas. Objetos que se movían solos, puertas que se abrían, vasos que se levantaban: todo se hacía con mecanismos reales, varillas y cables, para que los actores pudieran interactuar con algo tangible.

Meses después llegó el segundo “rodaje”: la animación tradicional, plano a plano, dibujada sobre el metraje ya filmado. El objetivo no era solo que los personajes encajaran en el encuadre, sino que parecieran ocupar el espacio: pisar el suelo, proyectar sombras, reflejar la luz y transmitir peso. Ahí entra la figura clave de Richard Williams, director de animación, cuya obsesión por el detalle permitió que los dibujos conservaran la elasticidad del cartoon clásico sin romper las reglas físicas del mundo real. El resultado fue tan revolucionario que la película ganó tres Oscar y Williams recibió uno especial por su trabajo.

Aquí es donde se nota quién estaba al mando. Robert Zemeckis no solo dirigía actores: dirigía una coreografía imposible entre departamentos. Venía de demostrar con Regreso al futuro que entiende el cine como un truco perfectamente sincronizado… y aquí el truco era hacer creíble que Bob Hoskins pudiera discutir, agarrar, empujar y sufrir con un compañero que en el rodaje no existía.

Puede que hoy haya herramientas más fáciles para integrar mundos, pero pocas veces se ha visto una película tan consciente de lo que significa, literalmente, poner a alguien dentro de un marco y pedirle al público que se lo crea.

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