Un grupo de niños cambió el destino del Universo Cinematográfico de Marvel para siempre: todo por un traje súper chulo
Sara Heredia
-Redactora jefe SensaCine
Cargada con una mente abierta y mucha curiosidad, explora cualquier documental, película, serie y miniserie que empiece a hacer ruido.

¿Sabías que la película que lanzó el mayor universo cinematográfico de la historia se rodó sin un guion terminado?

¿Sabías que la película que lanzó el mayor universo cinematográfico de la historia se rodó sin un guion terminado? Lo que hoy todos aplaudimos y admiramos como el inicio de un plan maestro, meticulosamente calculado por ejecutivos de traje y corbata, fue en realidad una salvaje cadena de accidentes, apuestas aparentemente imposibles y, sobre todo, pura cabezonería.

El rodaje de Iron Man es casi tan bestia como la película en sí misma, y por eso sigue siendo un fenómeno irrepetible. Analizamos el nacimiento del impresionante UCM en esta nueva pieza de No son como las demás.

Para entender la magnitud de esta historia, hay que retroceder y comprender la desesperación absoluta que lo movió todo. Marvel no empezó este imperio desde la cima, sino desde el miedo y un instinto puro de supervivencia. En 1996, la compañía se había declarado en bancarrota. Para no desaparecer, empezaron a vender los derechos cinematográficos de sus personajes más top, como Spider-Man y los X-Men. Así llegaron al año 2005, apostando 525 millones de dólares para financiar hasta 10 películas y poniendo literalmente la compañía entera detrás de una idea jamás probada. Si esta primera película fallaba, lo perdían absolutamente todo.

La gran pregunta era en qué héroe iban a jugárselo todo. Tenían al Capitán América, que era la opción más segura y reconocible, pero unos niños en un focus group lo cambiaron todo. Eligieron a Iron Man simplemente porque tenía un traje súper chulo con el que podían imaginarse jugando. El potencial para hacer juguetes venció al patriotismo. Y aquí ojo con la gran ironía: eligen al personaje para vender juguetes, y resulta que para la primera película apenas se fabricó merchandising porque nadie en el fondo creía que se fueran a vender. ¡De locos!

Tres apuestas monumentales que podrían haber hundido el barco: el director, la estrella y el guion

La primera apuesta fue el director Jon Favreau, que buscaba hacer una película de superhéroes plausible y creíble. La segunda, y la que más quebraderos de cabeza dio, fue la estrella. Hoy nadie imagina a otro que no sea Robert Downey Jr. en la armadura, una decisión de casting legendaria que el propio Kevin Feige considera de las mejores en la historia de Hollywood. Pero el estudio luchó con uñas y dientes en su contra. Antes de él, barajaron una lista inmensa: Tom Cruise, Nicolas Cage, Hugh Jackman, Clive Owen, Sam Rockwell.... Para la junta directiva, Downey Jr. estaba descartado por sus problemas legales y adicciones; lo consideraban literalmente "inasegurable" y dijeron que no una y otra vez.

Sin embargo, Favreau vio que los altibajos públicos en la vida de Robert eran exactamente la esencia de Tony Stark. Así que el director filtró a la prensa el rumor del casting. La reacción de los fans fue tan positiva que el estudio tuvo que ceder y hacerle una prueba de cámara. El copresidente de Marvel Studios, Louis D'Esposito, admitió que al ver la prueba, se acabó la discusión.

La tercera gran apuesta fue el guion, o más bien la falta de él. Jeff Bridges (Obadiah Stane) lo resumió de forma brillante: era "una película de estudiantes de 200 millones de dólares". Empezaron a rodar sin guion cerrado, solo con un esquema general. Los actores se metían en sus caravanas cada mañana a escribir sus diálogos, a veces bajo la atenta mirada de los jefazos de Marvel. Downey Jr. escondía tarjetas con sus frases por el set, y Favreau grababa con dos cámaras a la vez buscando la magia de la improvisación. De esa libertad absoluta nació el legendario "Yo soy Iron Man", una frase soltada sobre la marcha que rompió las reglas de la identidad secreta y definió la actitud descarada de todo el UCM.

Para coronar este milagro, la famosísima escena post-créditos fue una idea de última hora. Literalmente, Kevin Feige llamó por la noche al guionista Brian Michael Bendis pidiéndole que escribiera algo rápido porque Samuel L. Jackson iba al día siguiente a hacerles un favor. Era solo un guiño, una semilla lanzada al viento.

Al final, la película recaudó 585 millones de dólares en todo el mundo, salvando la deuda, rescatando a la compañía y cimentando un imperio cinematográfico. Como Feige le dijo a Downey Jr. a la cara: no tendrían estudio si no fuera por él.

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