Viniendo de la familia que viene, por supuesto que alguien le iba a dar un papelillo. Lo que nadie imaginaba es que acabaría convirtiéndose en una estrella internacional capaz de reivindicar a Palestina en los Óscar y ganarse el respeto del público
Cuando Javier Bardem nació, no se hablaba de "nepobabies", sino de "familias artistas". Y vaya que si la suya lo era: su madre era Pilar Bardem, que ya venía de un linaje de actores, y gran parte de su familia se dedicaba, de una manera u otra, al cine. No es de extrañar, pues, que alguien le ofreciera su primera papel antes siquiera de que supiera lo que estaba haciendo. Corría 1974, tuvo un papel enano y ni siquiera salió en los créditos, pero sirvió para dar inicio a una carrera monumental.
Bardem, el pícaro
No todo el mundo puede debutar en una serie escrita y dirigida por el mismísimo Fernando Fernán Gómez, pero obviamente Javier Bardem no era hijo de cualquiera. Su madre lo llevó al rodaje y, de casualidad, hacía falta un niño. Así es como apareció en una escena de El Pícaro junto al mítico actor, que le apuntaba con una pistola. Él solo tenía que reírse, pero en su lugar, del susto, se puso a llorar como una magdalena, momento que Fernán Gómez aprovechó para responder "No pasa nada, dejadle, es un actor dramático". Y esa fue, de hecho, la escena que se quedó.
No sabía hasta qué punto tenía razón. Tardó 12 años más en ponerse delante de una cámara, en la serie Segunda Enseñanza, junto a todo el star system español de la época. Era 1986, y después de prepararse duramente con clases y cursos de todo tipo, por fin pudo debutar en el cine cuatro años después, en Las edades de Lulú, donde tenía un papel más bien secundario: el público español supo de su existencia gracias a Jamón Jamón (junto a la que sería su mujer, Penélope Cruz), y a partir de ahí su carrera ha subido hasta las nubes.
A sus 57 años, Bardem es el actor español más conocido del mundo, tiene un Óscar por No es país para viejos y aprovecha cada entrevista, cada entrega de premios y cada momento posible para mostrar dignidad, ideas políticas y ser admirado por tantos como le aborrecen. Al fin y al cabo, Fernán-Gómez no andaba errado: había nacido para actor dramático.