Salgo con el cuerpo temblando de 'El precio del poder': un 'thriller' profundamente terrorífico por la radiografía tan precisa que hace del mundo en el que vivimos
por Sara Heredia

Este 9 de octubre llega a los cines la secuela de 'La red social'. Nunca una continuación ha estado tan justificada

Salgo del cine muy feliz por haber visto una película hiperestimulante, pero al mismo tiempo salgo con el cuerpo temblando y con verdadero miedo tras ver El precio de la red, la nueva película escrita y dirigida por Aaron Sorkin. Si os soy sincero, lo peor que tiene el filme es su título traducido al castellano, porque The Social Reckoning es un titulazo rotundo, mientras que El precio de la red no me gusta nada. Pero al margen del título, la película es una auténtica maravilla que pasa a superar a Ink, la peli de Danny Boyle que vi en la Muestra de Venecia, como el mejor ejemplo de cine y periodismo de este año 2026. Y no lo digo porque haya presenciado una obra maestra matemática, sino porque me he topado con un thriller dinámico, divertido por momentos gracias a sus diálogos, pero profundamente terrorífico por la radiografía tan precisa que hace del mundo desquiciado en el que vivimos.

Nos encontramos ante una continuación directa, más que una secuela convencional, de La red social (2010), aquella obra maestra incontestable del cine contemporáneo que dirigió David Fincher con un guion estratosférico de Sorkin. En esta ocasión, como Fincher estaba atado a sus compromisos con Netflix terminando los reshoots de la película centrada en el personaje de Cliff Booth -esa secuela paralela de Érase una vez en Hollywood-, el propio Sorkin se ha hecho cargo de la dirección. Si en sus obras anteriores la dirección resultaba algo floja y discursiva comparada con dramaturgos de la talla de David Mamet, aquí logra una puesta en escena transparente e invisible que canaliza sus frenéticos diálogos sin tratar al espectador como a un tonto, hablándole de tú a tú con una inteligencia encomiable. Y la diferencia fundamental con la película de 2010 salta a la vista: si en La red social nos contaban cómo un joven Mark Zuckerberg traicionaba a uno de sus mejores amigos y cofundadores por pura megalomanía y ansias de dinero y poder, la comparación hace que aquel personaje parezca casi una broma. En El precio de la red, el problema de Zuckerberg ya no es traicionar a un colega: el problema es que, por conservar audiencia, dinero e influencia, está dispuesto a desestabilizar el planeta entero.

Aunque Sorkin es un cineasta eminentemente clásico, el filme se sitúa argumentalmente en la órbita de El dilema (The Insider) de Michael Mann. La historia se basa en hechos reales y -. Esta joven trabajaba como programadora en el departamento de Integridad Cívica de Facebook, una división creada para dotar a la empresa de autocontrol frente a los contenidos que se publicaban. Lo que descubrió en las entrañas de la compañía desembocó en un escándalo mediático y judicial de enormes proporciones que acabó en el Congreso de los Estados Unidos. Un caso vital si consideramos el dato escalofriante comprobado hoy mismo: el 43% de los adultos se informan de las noticias a través de Facebook.

Lo que la película expone con pulso firme son los devastadores cambios que Meta -que incluye Facebook, Instagram y WhatsApp- aplicó en su algoritmo en el año 2018 para frenar la pérdida de usuarios. Para retener a la audiencia, la plataforma decidió potenciar el llamado rage bait, descubriendo que los mensajes de odio y la crispación generan mucho más consumo e interacción. El algoritmo favoreció conscientemente la polarización política, borró las verificaciones en noticias y anuncios de políticos, y empujó a los usuarios hacia grupos extremistas. Además, en Instagram eran plenamente conscientes de que entre un 36% y un 37% de los adolescentes sufrían graves problemas de salud mental y acoso debido al uso anónimo de la red, y no hicieron nada por detenerlo. A todo esto se sumó el sistema cross-check, que concedía carta blanca a usuarios VIP para publicar cualquier falsedad, fomentando movimientos antivacunas, terraplanistas e incluso el encubrimiento de delitos como el tráfico de personas o el uso de la red por cárteles de la droga, filtrado todo ello en los llamados Facebook Papers.

En el apartado interpretativo, la película cuenta con dos de los actores que más molan en el cine actual: Jeremy Allen White y Mikey Madison. Respecto al personaje de Zuckerberg, el papel debía haber sido para Jesse Eisenberg, pero al estar dirigiendo su propia película no pudo participar. En su lugar, Jeremy Strong asume el personaje entregando una actuación inquietante, casi autista, siniestra y maquiavélica, retratando al magnate no como el villano carismático que Eisenberg paseó en su momento por el Saturday Night Live, sino como una figura inescrutable a la que le da igual el deterioro social con tal de mantener el engagement. En definitiva, El precio de la red es un 'thriller' político y periodístico vibrante que combina humor, one-liners geniales y una aterradora radiografía de nuestra sociedad.

Sara Heredia
-Redactora jefe SensaCine
Cargada con una mente abierta y mucha curiosidad, explora cualquier documental, película, serie y miniserie que empiece a hacer ruido.
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