Críticas
4,0
Muy buena
La luz

El antídoto contra el cine algoritmo

por Sara Heredia

Estamos en plena época del contenido vacío pero satisfactorio. Los vídeos que consumimos en redes sociales son de usar y tirar, pero nos mantienen enganchados horas. Probablemente no recuerdes qué has estado viendo en TikTok durante los últimos 40 minutos, pero tienes esa sensación de placer culpable que te obliga a seguir dándole al scroll.

Muchas de las películas de ‘streaming’ siguen ese mismo modelo, el llamado ‘cine algoritmo’. Son producciones diseñadas a partir de lo que saben que funciona para seguir atrayendo al espectador que se pone algo que ver para pasar el rato. No tienen fondo, no hay mensaje, es un vacío de contenido con una bonita fachada.

Pero no todos los estrenos son así. Por suerte, la mayoría de productoras y distribuidoras siguen apostando por cineastas con voces únicas. Fernando Franco es uno de ellos. El director acaba de estrenar La luz, una película acerca de la pederastia dentro de la iglesia que hace que te revuelvas en el asiento, te provoca náuseas y te deja con un final demoledor. Ha llegado para incomodar y generar conversación. Menos mal.

Un tira y afloja moral

Conocemos a Franco por no tener miedo a ir a contracorriente. Debutó en 2013 con La herida, que retrata la autodestrucción de su protagonista. En 2022 estrenó La consagración de la primavera, acerca de un joven con parálisis cerebral y su vida sexual. En 2025 llegó con Subsuelo, otra película arrolladora sobre los actos terribles de sus personajes. El sevillano afronta siempre con gran sensibilidad y delicadeza temas tabú en nuestra sociedad. En La luz, Alberto San Juan interpreta a un sacerdote que quiere colgar los hábitos para empezar una nueva vida apartado de la iglesia. Sin embargo, su pasado regresará para que no olvide lo que hizo.

Franco -cuya manera de plantear sus propuestas me recuerda a la audacia de Alauda Ruíz de Azua- no nos cuenta de primeras por qué la Iglesia no deja a Manuel abandonar su seno. En su lugar, va dejando pequeñas pinceladas para que la revelación vaya llegando poco a poco al espectador. El camino de Manuel es contado de una manera neutra, dejando que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones.

La película es un constante tira y afloja moral. Como es habitual en el cine de Franco, no hay gritos ni golpes ni una voz más alta que otra. No hay manipulación en sus escenas ni discursos grandilocuentes. Sino que el conflicto se construye desde el silencio, las miradas, los pequeños diálogos. Y por encima de todo eso está la incomodidad, pero no por parte de los personajes, sino por el monólogo interno que empieza a surgir en las butacas del cine.

El gran valor de La luz es la sucesión de preguntas que van apareciendo en la mente del espectador y que continúan mucho después de haber salido de la sala. Es entonces cuando te das cuenta de que la exposición de los hechos no es tan neutra como pensabas y que ha dejado un poso profundo en ti. Esto, precisamente, es el cine.