Críticas
3,0
Entretenida
Tracers

El gran salto

por Suso Aira

No es una cosa que haya inventado ahora el estiloso Daniel Benyamor en su debut hollywoodiense: el thriller juvenil revestido de alguna práctica deportiva teenager de moda. Los 80, los benditos, añorados y sobreexplotados 80, ya pusieron todos los elementos clave y necesarios para fundar este subgénero. Ahí tenemos ese ejemplo, todavía mítico e insuperable, llegado de Australia y titulado Los bicivoladores, un cuasi debut de una irreconocible Nicole Kidman y una enésima demostración del talento (hoy algo olvidado y marginado a las producciones televisivas) de Brian Trenchard-Smith, uno de esos autores, artesanos, a reivindicar, estudiar, organizarle un ciclo y llevarlo (premiarlo) en cualquier festival cinematográfico que se precie.

Una década más tarde a las locuras criminales-adolescentes de las BMX llegaría otro nombre imprescindible: Luc Besson. Tracers podría muy bien ser una película de Luc Besson, o de su productora, esa mina de oro llamada EuropaCorp. De hecho, Besson y compañía ya hicieron de la práctica estrella de Tracers, el parkour, la base de dos films: Yamakasi y Yamakasi 2: Los hijos del viento. Lo que en Besson, lo que en EuropaCorp era una mera excusa exhibicionista para dar a conocer este saltimbanqui deporte callejero (los argumentos de ambos largometrajes no andaban muy lejos de un tebeo infantil o de una peliculilla Disney), en el trabajo de Benmayor es propiamente un thriller, un thriller de robos que utiliza el parkour como una excusa, un medio, para lo que en realidad le interesa, ejecuta y nos presenta: la típica peli de robos (perfectos… o casi) de toda la vida. Cierto que en las producciones Besson ya se había echado mano de este práctica deportiva como algo secundario (los protagonistas o coprotagonistas de títulos como Distrito 13 o su –más o menos- remake Brick Mansions), sin embargo Tracers solamente lo utiliza como herramienta. Una herramienta para un entretenimiento de una fisicidad asombrosa que dota a la aventura de una siempre agradecida verosimilitud en estos tiempos de los trampantojos digitales. Una herramienta, quizás un macguffin, comparable a las bicicletas que Joseph Gordon-Levitt pilotaba en el Sin frenos dirigido por David Koepp. Si este, más que defendible, thriller de inequívocos referentes ochenteros ya sublimaba lo del deporte xtreme yendo hacia terrenos de Sam Fuller, Tracers, y un entonado Daniel Benmayor tras las cámaras, también se olvidan de frenar para dirigirse sin descanso hacia el John Huston de La jungla de asfalto. Vale, no llega a ser hustoniana, el guión es como justito (pero digno) y Taylor Lautner es lo peor… no obstante se merece los 90 minutos de desinhibido matarratos que en el fondo es.

A favor: su cinemática y espídica realización.

En contra: Taylor Lautner.