Críticas
4,0
Muy buena
Moonlight

Deseando amor

por Daniel de Partearroyo

En uno de los mejores momentos de la sobredimensionada Boyhood (Richard Linklater, 2014), justo antes del final, el personaje interpretado por Jessi Mechler dice –en lo que late como un mágico instante de lucidez y creciente intimidad preamorosa– al protagonista Mason (Ellar Coltrane) estas palabras: "¿Sabes eso que dice la gente de 'Atrapa el momento'? Empiezo a pensar que es al revés. Es el momento el que nos atrapa". Moonlight, la admirable película con la que Barry Jenkins se ha destapado como una de las voces más prometedoras del cine de EE UU –dejando aparte circunstancias accesorias y menos interesantes como su meteórico posicionamiento en la carrera por los Oscar–, bien podría resumirse como una exploración de casi dos horas en torno al significado último de dicha intuición juvenil, de (intoxicada) comunión con el cosmos y las fuerzas que moldean la existencia. En este caso, la de un chaval afroamericano criado en el gueto de Miami; significativamente concreta, que sorprende cómo de universalizable resulta en manos de Jenkins.

Moonlight propone seguir a su protagonista Chiron de manera cronológica a lo largo de tres momentos clave de su vida. Tres momentos diferenciados por los distintos nombres que adoptó en ellos, y donde es interpretado por tres actores de edades distintas: la infancia como Little (Alex Hibbert), la adolescencia como Chiron (Ashton Sanders) y la edad adulta como Black (Trevante Rhodes). Se trata, por lo tanto, de una historia de iniciación que da cuenta de esos momentos que "atraparon" a Chiron, siempre bamboleado por las circunstancias sociales, culturales, raciales y de género que le rodean, hasta moldear a la persona que llega a ser. Con una jugada en apariencia tan poco original, Jenkins construye un relato capaz de subvertir de forma ingeniosa tanto tópicos de clase y raza como de terminar trazando un retrato hondo y humano que aniquila varios prejuicios y arquetipos por el camino; el de la masculinidad gangsta que cubre el corazón ajado del protagonista es sólo uno de ellos, pero quizás el más penetrante.

Jenkins se sirve de dos herramientas fundamentales para orquestar su canción de amor en tres actos: una sólida nómina de actores increíbles para los personajes secundarios y un dispositivo visual de bisutería que, sin embargo, no resulta ampuloso. Con la salvedad de Naomie Harris, a quien le toca el mayor cliché del libreto y aun así lo eleva con una entereza y unos primeros planos desarmantes, son Mahershala Ali, Janelle Monáe y André Holland quienes mastican cada una de sus breves pero indelebles apariciones en órbita alrededor de Chiron. En el apartado formal, transitando sendas de sinuosidad y estallido plástico abiertas por referentes tan poco obvios o inmediatos como Hou Hsiao-hsien y Wong Kar-wai, la cámara de Jenkins se para frontal ante las caras y nucas de sus personajes, fluye por los espacios con movimientos circulares y se baña en la luz fotografiada por James Laxton con la misma delicadeza a la orilla del mar y dentro de una cafetería en las horas más perezosas del día –al final, durante una conversación sincera y dolorosa que suspende el tiempo, que también late aunque en este caso sea con tormento de postamor truncado–. En Moonlight también se sueña con atrapar momentos, pero al final siempre son ellos los que atrapan.

A favor: Es increíble lo claras que tiene las cosas Barry Jenkins para tratarse de su segunda película.

En contra: Mahershala Ali sale realmente muy poco tiempo en pantalla. ¡Se le echa de menos!