Críticas
4,0
Muy buena
La vida lliure

Tres apuntes en las afueras de una película

por Carlos Losilla

1. No es casual la aparición de una película como La vida lliure en la filmografía de Marc Recha. De hecho, toda ella parecía pensada para llegar a este punto, aunque seguramente no se trate de eso. Recuerdo a Recha, en no sé qué ocasión, fantaseando con enfrentarse a una gran producción, o por lo menos a un proyecto que le permitiera hacer lo que de verdad le interesa, o le interesaba en aquel momento: una película de guerra, o una película de aventuras. Y trabajos como Pau i el seu germà (2001), Les mans buides (2003) o Dies d’agost (2006) contenían en germen ese deseo. Películas de enfrentamiento entre el campo y la ciudad, entre los dos lados de una frontera, entre la tierra y el agua. Recha, en el fondo, es un cineasta épico que bebe de la lírica, o al revés, pero que en cualquier caso nunca puede separar ambas opciones, por muy ocultas que queden. La vida lliure es, quizá, el film que más se acerca a ese anhelo, y también a sus dotes como director de cine. La vida lliure es como una vieja historia de piratas, pero sin piratas. También como un cuento de iniciación a la vida, el que protagonizan un niño y una niña en la Menorca de principios de siglo, durante la Primera Guerra Mundial. Y también una cámara que filma la naturaleza no para hacérnosla “bonita” sino para que la sintamos como algo a la vez hermoso y siniestro.

2. Pues todo ello surge de la relación entre un director y un actor. Desde Petit indi, habiendo dejado ya atrás las tres películas mencionadas antes, Sergi López se ha hecho un lugar en el universo de Recha, hasta el punto de que con él ha conseguido sus mejores interpretaciones. Y también se ha hecho un personaje, que era lo mejor que podía hacer un actor como él. López, en manos de Recha, se mueve en el territorio del mito, da cuerpo –sí, cuerpo— a personajes bigger tan life, sinvergüenzas o mesías, outsiders o perdedores, tipos con un pasado que nunca conoceremos o con la facultad de acercarnos al mundo de la ficción entendido como un espacio aparte de la realidad, de donde alguien llega para contarnos historias. En Un dia perfecte per volar (2015), era el Padre con mayúscula, no el padre biológico sino aquel que educa narrando cuentos, incluso preparando para la muerte, como hacía Stewart Granger con el niño de Moonfleet, aquella obra maestra de Fritz Lang. Y ahora, en La vida lliure, es esa figura que podría ser tanto un antiguo corsario refugiado en una pequeña isla como un embaucador sin escrúpulos. Como Long John Silver en La isla del tesoro, se trata de un gigante que es a la vez un malvado y un santo. Y por eso esta última película de Recha es también a la vez una égloga pastoril y una epopeya trágica: filma las alegrías de enfrentarse al mundo por parte de esos dos niños perdidos, pero igualmente las decepciones y, sobre todo, el descubrimiento de que todo es mucho más complejo de lo que pensamos en la infancia.

3. Tampoco se dejen engañar por la apariencia adusta de esta película. Nada más reconfortante que oír la voz over de Mariona Gomila –una revelación: Recha siempre ha sido un gran director de actores jóvenes— como si se tratara de aquella otra de Linda Manz en Días del cielo (1976), de Terrence Malick, con la que La vida lliure tiene más de un punto de contacto. Una voz que cuenta sin contar, que solo transmite sensaciones y allá cada uno con lo que haga con ellas. Y nada más excitante que reconstruir, a partir de sus imágenes, la gran película de aventuras que hubiera podido ser. ¿Se trata, entonces, de que Recha no ha sabido hacerla, de que no ha podido llegar hasta el final? En absoluto. Si La vida lliure es un film contemplativo, que narra los tiempos muertos de una historia que nunca se desarrolla del todo, es porque ese tipo de cine que seguramente Recha hubiera querido hacer ya no es posible, y él es tan consciente de eso como de que lo único que puede filmar son las ruinas de esa manera de narrar. ¿Hay que renunciar, por eso, a seguir contando esa clase de historias? Ya el año pasado, con Z, la ciudad perdida, James gray nos demostró que no, que no hay que caer en la renuncia. Y ahora, como era de esperar, Recha se une a él para dejar bien claro que la aventura no es acción, sino un estado mental que nos hace entender mejor la vida.

A favor: Una atmósfera que envuelve y arrebata, que es cine en estado puro.

En contra: Quizá Recha no ha llegado aún al límite de sus posibilidades. Tiene que hacerlo.