Aunque mi intención era grabaros esto frente a la Puerta de Brandenburgo o la Columna de la Victoria —ojo, cinéfilos, la de El cielo sobre Berlín de Wim Wenders es la Columna, no la confundáis con la cuadriga de la puerta—, el clima y unos cables de audio rebeldes me han obligado a refugiarme en mi habitación del hostel. Pero da igual, porque estoy feliz. ¿Y por qué estoy tan feliz? Porque ayer la Berlinale nos regaló dos películas enormes.
Primero, apuntad este título: A Prayer for the Dying, de Dara Van Dusen. Un western de terror con formas ascetas, algo así entre Lisandro Alonso y Kelly Reichardt, que te deja helado. Pero de lo que realmente hemos venido a hablar hoy, lo que me ha petado la cabeza varias veces mientras la veía, es el regreso triunfal de uno de mis directores fetiche: Gore Verbinski. El hombre que nos trajo Un ratoncito duro de roer, que supo lidiar con estrellas en The Mexican y que, seamos sinceros, elevó el blockbuster moderno con Piratas del Caribe. Pero para mí, su cima siempre fue La cura del bienestar (2016), esa obra maestra incomprendida del terror que debería haber puesto en mi top del siglo y se me pasó (perdón, Gore). Pues bien, tras diez años de silencio, ha vuelto con Good Luck, Have Fun, Don't Die. Y vaya vuelta.
La película es una pieza de ciencia ficción hiperbólica, una locura que mezcla el espíritu de Black Mirror con el Brazil de Terry Gilliam. Arranca con un Sam Rockwell desatado, envuelto en cables y luces, entrando en un diner y asegurando que viene del futuro por trigésimo cuarta vez para armar un equipo y salvar el mundo de una inteligencia artificial creada por un niño genio.
"Una película de películas"
Lo fascinante es cómo Verbinski estructura esto. Es una "película de películas". A medida que Rockwell recluta a su equipo, el filme ejecuta flashbacks de 20 minutos para cada personaje, tocando palos distintos de la ciencia ficción, desde el fantástico puro hasta el terror. El guion, sorprendentemente firmado por Matthew Robinson (sí, el de Dora y la ciudad perdida, quién lo diría), es brillante. Robinson y Verbinski construyen una sátira mordaz sobre nuestra realidad: un mundo donde hemos cedido nuestras vidas a la tecnología, donde preferimos la conexión a la red antes que a la vida misma.
Y aquí es donde la película se pone seria y terrorífica. Estamos en un momento, amigos, en el que la tecnología avanza tan rápido que cualquier sátira llega tarde. Verbinski se mete de lleno en la semiótica de la imagen en la era de la IA. ¿Sabemos distinguir ya lo real de lo falso? La película plantea ese miedo: si no puedes creer en las imágenes que ves, tampoco sabes distinguir qué es real en tu vida. Toca temas como la adicción a formatos tipo TikTok, la violencia social naturalizada y hasta clonaciones en tramas loquísimas protagonizadas por Juno Temple.
Good Luck, Have Fun, Don't Die va de menos a más, escalando en locura hasta un clímax que es un homenaje brutal a John Carpenter y George A. Romero, acabando con unas imágenes dignas de la película japonesa Hausu. Un auténtico mindfuck. Es violentísima, divertidísima y aterradora a partes iguales.