Si algo hemos sacado en claro durante estos días en España es que hay semanas donde no para de llover, y que el tiempo puede cambiar en cualquier momento. Y personalmente, ha sido inevitable no acordarme de Señales, la película de M. Night Shyamalan de 2002 en la que el giro de guion es también un agujero similar al que los aliens dejan en el suelo de la granja. Ojo, porque hay spoilers a partir de aquí, como es obvio (sí, de una película de hace 24 años, pero nunca se sabe).
Agua y sed, serio problema
A lo largo de Señales se nos muestra que el agua es tóxica para los aliens, lo que lleva a varias preguntas. La primera de ellas, ¿por qué escoger la Tierra como lugar para invadir (o, como dicen en la película, para hacer una prueba de reconocimiento) cuando está repleta de agua? ¿Qué harían los aliens si empezara a llover? ¿No les afecta el hecho de que el aire tenga un porcentaje de humedad? Shyamalan no le dio muchas vueltas... ¿O quizá sí?
La teoría más instaurada es que no eran aliens realmente, sino demonios. Y tiene sentido: llegan cuando su protagonista, encarnado por Mel Gibson, empieza a tener una crisis de fe, y al final la recupera después de que se vayan. Como es la casa de un sacerdote, puede darse por hecho que el agua que tienen en la misma es bendita, así que tirarla a la cara de los demonios puede llevarles a su extinción. Aunque nunca lo especifiquen, es lo único que tiene sentido. Más o menos.
Hay quien opina que Bo, la hija de Graham que durante toda la película está convencida de que el agua de su casa está contaminada y se deja los vasos a medias, tiene razón: aunque no sea mortal para los humanos, sí puede tener ciertos pesticidas (al fin y al cabo, viven en una granja) y ser abrasivos para monstruos del espacio exterior. Claro está, si algo como los pesticidas les mata, ¿qué haría la contaminación de las grandes ciudades? La invasión estaba preparada para fracasar, de todas todas, antes de empezar. Shyamalan, ¿te importa contarnos de qué iba todo esto?