Seguro que el público ha visto Malditos bastardos en numerosas ocasiones, pero la historia de cómo se forjó esta locura cinematográfica es casi tan bestia como la película misma. Considerada por algunos críticos y analistas como una verdadera lección de cine y la obra maestra indiscutible de Quentin Tarantino, la cinta esconde tras las cámaras un sinfín de anécdotas, riesgos y casualidades que demuestran que, a veces, una obra de tal magnitud necesita de un plan genial y un poco de suerte.
Tarantino no busca contar la historia tal y como fue, sino reescribirla a través de lo que se conoce como "metaficción historiográfica". Invierte la dinámica de poder transformando a las víctimas en implacables vengadores, y usa el cine como un arma, tanto literal (Shosanna quemando a los nazis con películas) como simbólica.
Incluso el título de la obra, Inglourious Basterds, contiene faltas de ortografía puestas a propósito, funcionando como la "firma final" del cineasta. En la última escena, cuando Aldo Raine graba una esvástica en la frente de Landa y dice: "Creo que esta podría ser mi obra maestra", no es el teniente quien habla, sino el propio Tarantino, sabiendo que acababa de crear una obra destinada a hacer historia.
Un rodaje al límite de la catástrofe por la obsesión de Tarantino
La obsesión de Quentin Tarantino por la autenticidad y el realismo llevó la filmación a límites muy peligrosos. En la escena donde el personaje de Bridget von Hammersmark es estrangulado, el director sentía que la actuación no parecía lo suficientemente real. Su extrema solución, con el permiso de la actriz Diane Kruger, fue estrangularla él mismo con sus propias manos hasta capturar una reacción genuina de ahogamiento.
Pero el momento de mayor pánico se vivió en el clímax de la película: el incendio del cine. El equipo de efectos especiales esperaba un fuego controlado de unos 400 °C, pero la temperatura se disparó repentinamente hasta los 1000 °C, convirtiendo el set en un infierno. El calor licuó los cables de acero que sujetaban una esvástica gigante, provocando que esta cayera envuelta en llamas en un accidente que no estaba en el guion. Los actores Eli Roth y Omar Doom sintieron cómo el calor los achicharraba y, según el equipo de seguridad, estuvieron a escasos 15 segundos de que toda la estructura de acero colapsara sobre ellos.
Encontrando al villano ideal
El mayor dolor de cabeza de la preproducción fue, sin duda, la elección de Hans Landa. Tarantino había escrito un personaje tan sumamente complejo, políglota, carismático y aterrador, que llegó a pensar que era sencillamente imposible de interpretar. Landa es un personaje que controla el tiempo y el tono: no necesita levantar la voz, utiliza el silencio, cambia de idioma a conveniencia y es puramente oportunista.
La búsqueda de este actor fue una agonía de casi una década hasta la aparición de Christoph Waltz, quien, en palabras de Tarantino, le "devolvió" su película. Su audición no solo salvó al personaje, sino a la película entera, catapultándolo al estrellato mundial y valiéndole un merecido premio Óscar. Para asegurar que las reacciones fueran genuinas, Tarantino mantuvo a Waltz completamente aislado de los actores que encarnaban a los "Bastardos" hasta que rodaron su primera escena juntos, logrando una tensión absolutamente real.
Malditos bastardos es un ejercicio sublime del poder del cine sobre nuestra memoria. Para Tarantino, la historia no es una verdad fija, sino un texto que se puede reescribir. Esto es la metaficción historiográfica: una película que sabe que está jugando con la historia y nos obliga a preguntarnos de dónde vienen nuestros recuerdos del pasado. Tarantino no juega con la historia real, juega con las convenciones cinematográficas sobre esa historia. Como dice Shosanna: "Vamos a hacer una película solo para los nazis". Ella usa el cine como un arma literal y Tarantino como un arma simbólica para destruir la narrativa que todos conocemos.