Kill Bill está plagada de detalles aquí y allá que la han convertido en una de las películas más increíbles de la historia del cine, pero es posible que nada supere al nombre Pussy Wagon (en castellano, muy acertadamente, Coñoneta), un Chevrolet Silverado amarillo que, en realidad, viene de la canción de Grease titulada Greased Lightnin' ("You know that I ain't braggin', she's a real pussy wagon Greased Lightnin'"). Ahora, la furgoneta pertenece a Quentin Tarantino y no se la deja a cualquiera: tan solo Lady Gaga en su videoclip Telephone ha tenido el permiso para montar en la furgoneta original.
Coñoneta a todo trapo
Sin embargo, la Coñoneta es la protagonista de la inconsistencia más grande de Kill Bill, un agujero de guion tan grande que ni los más fans le pueden encontrar explicación, más allá de "Forma parte del tono de la película". Cuando Beatrix Kiddo despierta del coma en el hospital, justo antes de que un paleto intente violarla, consigue robarle las llaves de su furgoneta a Buck, al que acaba reventando la cabeza. Entonces, arrastrándose, llega hasta el vehículo y hace todo lo posible por desentumecer sus pies.
Tarda varias horas, pero nadie va a buscar la furgoneta, ni la policía aparece preocupada por la aparición de dos cadáveres, ni ocurre absolutamente nada: no solo se escapa con la Coñoneta sino que, además, se recorre Estados Unidos sin que nadie la pare en ningún momento. Y no es precisamente que el vehículo no llame la atención. Al final, solo queda una explicación posible: en el mundo de Kill Bill no existe la policía.
Si lo piensas, con la cantidad de situaciones delirante que se viven en la película, es increíble que ningún agente de policía escarbe o investigue lo más mínimo. ¿Secuestro infantil? Claro. ¿Matanza en una casa japonesa? Por supuesto. ¿Asesinato a sangre fría de una madre de familia en su propio hogar, con testigo incluido? Todo bien. Sí, es cierto, con policía es una película completamente distinta, pero es inevitable preguntándose qué demonios estamos viendo.