Tom Cruise se ha ganado la fama de loco que se juega la vida por el cine. Se ha tirado en salto base, agarrado al ala de un avión despegando, rodado en gravedad cero, escalado el Burj Khalifa, aguantado la respiración bajo el agua más de siete minutos... Pero lo cierto es que antes de Misión Imposible también lo daba todo para impresionar al público, desde aprender a hacer movimientos de camarero experto para Cocktail hasta, por qué no, aprender japonés y el arte de la espada para El último samurai. Pero su historia más sorprendente data de mediados de los 80.
Metiendo la bola correcta
Se habla mucho hoy en día de las secuelas tardías, pero no es algo nuevo: 25 años después de El Buscavidas, allá por 1986, Martin Scorsese dirigió su segunda parte, en la que básicamente le metió Paul Newman, el verdadero alma máter de El color del dinero. ¿Y quién iba a ser su joven compañero? Pues la nueva estrella más rutilante del momento: un tal Tom Cruise. Y no se puede decir que no lo diera todo por el papel.
Cruise tenía que interpretar a una estrella del billar, y eso es lo que hizo: convertirse en una. De hecho, cuando supo que había conseguido el papel, se compró una mesa de billar para su apartamento y jugó sin parar hasta dominar cada movimiento y poder hacer todas sus escenas en la película. Todas, menos una: en un momento dado, su personaje tenía que hacer saltar una bola por encima de dos para dar a otra que estaba detrás.
El actor lo intentó varias veces, y, aunque estaba haciendo progresos (Scorsese estaba convencido de que podría conseguirlo si se le daba el tiempo suficiente), un profesional, Mike Sigel, que por aquel entonces había sido dos veces campeón mundial, terminó el plano. Dadle dos años más a Cruise y lo mismo le arrebata el puesto de campeón mundial, que a tozudo no le gana nadie.