La nueva película de Spielberg es la caña, con dos ideas centrales alucinantes que nos hablan directamente a los que estamos vivos en 2026
Alejandro G. Calvo
Alejandro G. Calvo
-Director de SensaCine
De sangre soriana, nacido en Barcelona en 1978, y residente en Madrid. Crítico de cine desde la adolescencia, llevo 25 años escribiendo sobre películas. Ahora, principalmente, hago videos para el canal de YouTube de SensaCine donde la serie "Cine A Quemarropa" es uno de los mayores hits en la red.

El padre de nuestro cine regresa a las salas con una película de ciencia ficción más parecida a 'Minority Report' que a otros de sus trabajos. A partir del 12 de junio en cines

Universal Pictures

Viendo la nueva película de Steven Spielberg he pensado: "Pensamos por qué es importante la figura de los coches en el cine de Spielberg. Veréis, en 1971 dirige Duel, el diablo sobre ruedas, donde un camión monstruo persigue al protagonista toda la película; en Loca evasión del 74 los protagonistas huyen dentro de un coche; en Jurassic Park (1993) los coches son refugio y luego jaula, y en 2018, en Ready Player One, vemos una de las carreras de coches más potentes de la historia del cine moderno. Así que hoy me siento un poco Steven Spielberg, ya que el nuevo Peugeot 408 con su increíble diseño fastback y sus tres versiones (eléctrico, híbrido e híbrido enchufable) es el protagonista de nuestra crítica, porque nos la patrocinan. Así que, dentro texto.

Vamos a hablar de la última película de nuestro padre cinematográfico, Steven Spielberg, a sus 79 añazos. Llevo ya años explicando lo increíblemente aburridas que son las películas de acción estadounidenses actuales. Las producciones americanas han convertido la estética del boom y la espectacularidad en un rollo previsible, en un terreno llano donde perdemos nuestra capacidad de sorpresa frente al uso y abuso del CGI. Hoy en día, se abandonan las ideas para meter todo el esfuerzo en confeccionar una imagen hiperatrofiada, y al final perdemos el lenguaje cinematográfico para quedarnos solo con muchísimo ruido. En un blockbuster actual, cuando llega una pelea, el espectador simplemente se pierde y desconecta de la narración.

Pero en El día de la revelación (Disclosure Day), Spielberg nos regala una escena de persecución en la que la pareja protagonista queda atrapada en su coche entre dos trenes que vienen por distintos lados, mientras un segundo coche intenta matarles desde fuera. La planificación de esa secuencia es algo maravillosamente increíble. Spielberg utiliza una puesta en escena al servicio de la narración y del drama, logrando que el espectador siga la acción a la perfección y sepa qué está pasando sin que el ruido tape la historia. Es una maestría propia de finales de los años 60 o de los 70, una secuencia que bien podrían haber rodado Sam Peckinpah, John Sturges, o el primer William Friedkin. Mirando la pantalla yo solo pensaba: "Tío Alex, esto es cine".

El director, nacido en Cincinnati en 1946, nos presenta a Josh O'Connor y Emily Blunt, dos personajes que de repente sienten que algo extraño ocurre. Él interpreta a una especie de hacker contratado por una empresa maligna al servicio del gobierno norteamericano, que encuentra una información delicada y huye para intentar hacérsela llegar a la gente. Ella es una presentadora del tiempo y las noticias en una cadena pequeñita que empieza a tener visiones, hablar en idiomas raros y saber lo que piensan otras personas. Ambos sienten una vocación muy fuerte de ir a un sitio específico. Emily Blunt está maravillosa, manejándose estupendamente en ese terreno que mezcla el drama, la comedia, la acción y el fantástico. Y tener a Josh O'Connor como protagonista es un verdadero triunfo para nosotros, los amantes del cine de autor, que ya lo teníamos controladísimo por joyas de este siglo como La quimera de Alice Rohrwacher, Challengers (Rivales) de Luca Guadagnino y The Mastermind de Kelly Reichardt.

Spielberg tiene dos mensajes que mandarte

El día de la revelación conecta directamente con Encuentros en la tercera fase, una película que debe tener ya 50 años, casi como yo, que con mis casi 47 también estoy llegando a la tercera fase de mi vida. Para construir esta historia, Spielberg vuelve a colaborar con el guionista David Koepp (quien ha firmado libretos desde Jurassic Park o La guerra de los mundos hasta Atrapado por su pasado de Brian de Palma).

Pero la película es la caña, la bomba absoluta, por dos ideas centrales alucinantes que nos hablan directamente a los seres humanos que estamos vivos en este junio de 2026.

Universal Pictures

La primera es el nudo argumental de la trama: los protagonistas se debaten constantemente sobre si deben hacer pública una información que podría afectar a toda la humanidad. Frente a la excusa elitista de que "el pobre pueblo llano no está preparado", Spielberg se posiciona como un humanista radical, convencido de que la gente tiene derecho a saber y de que somos capaces de gestionar la verdad porque ya hemos superado innumerables barbaries a lo largo de la historia.

La segunda idea, y sin duda la más conmovedora, es una declaración brutal de amor hacia la empatía. Spielberg nos dice que enfrentarse al mundo desde la más pura empatía, poniéndose en el lugar del otro y tratando de entenderle aunque seamos distintos, es lo único que nos puede hacer evolucionar en una sociedad ahogada por la crispación y el odio que se autoalimentan en las redes sociales. A la gente más cínica que ha dejado de confiar en las personas les parecerá algo naïf e ingenuo, pero a mí esa defensa de la empatía me abrasa, me llega de lleno y estoy con ella a muerte.

En conclusión, El día de la revelación se aleja de la espectacularidad de La guerra de los mundos y de la complejidad de Inteligencia artificial, acercándose más a la pura ciencia ficción de películas que me encantan como Minority Report, aunque con una velocidad más baja y una perspectiva mucho más sencilla y realista en la que sus elementos fantásticos funcionan que te pasas. A sus 79 años, el brillantísimo cineasta nos manda un mensaje contundente sobre el futuro: o empezamos a tratarnos bien apostando por la empatía, o mejor dejamos que nos invadan ya los extraterrestres y quiten a todos los gobiernos del mundo, que es imposible que lo hagan peor.

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