Hay un dicho en la industria del cine que pide que no minusvalores a James Cameron. Y con razón: incluso su único fracaso, Abyss, dio dinero, y es el primer director de la historia que superó los 100 millones de dólares de presupuesto en Mentiras Arriesgadas. La parte buena es que los recuperó con creces, sumando 378,9 millones en la taquilla y confirmando que gastar mucho dinero puede dar lugar también a ganarlo... aunque lo que más se quede en la memoria de la gente no sean, precisamente, las escenas de acción.
Resbalones arriesgados
Concretamente, en Mentiras Arriesgadas todos recordamos ese tango final entre Arnold Schwarzenegger y Jamie Lee Curtis que termina con un tropezón y ella cayendo al suelo. Lo curioso es que no estaba en guion, y fue producto de un agotamiento absoluto. Ambos estuvieron entrenando durante meses esta coreografía, pero aún necesitaba más trabajo: dos días antes de rodar, hicieron un ensayo intensivo y repitieron la escena una, otra y otra vez, lo que llevó a que Curtis acabara totalmente agotada y sus cuádriceps no dieran más de sí.
Dos días después, con agujetas por todo el cuerpo, Curtis tuvo que bailar delante de las cámaras, repitiendo sin parar, una y otra vez. Y justo al final, sus piernas no aguantaron más y se acabó resbalando y cayó al suelo. Sin embargo, ella creía que cogerían una de las otras escenas, donde todo quedó perfecto... hasta que vio el montaje final y descubrió que Cameron había escogido el resbalón. Y su cabreo fue épico, como puedes imaginar.
Años después lo entendió, al ver la escena con perspectiva y sin sentir la humillación de la caída: ese tropezón pegaba muchísimo con Helen, su personaje, que hasta ese momento se muestra como un ama de casa algo torpe. No importa la identidad que estuviera asumiendo: siempre iba a fallar de una manera u otra. Al final, una vez más, Cameron tenía razón: los dichos populares nunca fallan.