Es inevitable: no volveremos a ver El mago de Oz de la misma manera después de Wicked. Al fin y al cabo, la escena en la que la Bruja Mala del Oeste queda reducida a nada por Dorothy ya no es la misma al saber cómo Elphaba desafiaba a la gravedad. Sin embargo, aunque siempre se ha visto como un musical naíf y alegre, lo cierto es que su final oculta una triste realidad en la que no es difícil caer después de darle un par de vueltas.
Vamos a ver al mago, al mago, al mago de Oz
Pensad en el inicio de la película: Dorothy está en una familia con la que no tiene nada que ver y no tiene amigos (que sepamos). Es más, el sheriff ha ordenado apresar a Toto, su perro, después de que mordiera a una vecina. Cuando Dorothy escapa, se encuentra con un charlatán que le pide que vuelva a casa... y entonces un huracán hace que llegue a Oz. Allí conoce amigos de verdad, se convierte en la heroína y es feliz, pero termina por volver.
Lo que nadie piensa es la vida que le espera en Kansas, con una familia para la que es una carga, ningún amigo y, además, convirtiéndose en alguien que se ha "inventado" amigos como un león parlante o un espantapájaros. En los libros, la vida de Dorothy está unida para siempre a Oz y vuelve al país en varias ocasiones, viendo poco a poco su evolución, tanto en los libros oficiales de L. Frank Baum como en sus secuelas autorizadas.
De hecho, en Oz, un mundo fantástico, la secuela no autorizada de 1985, podemos ver que esta idea del final no está tan lejana: Dorothy se presenta aquí como una muchacha obsesionada con Oz que acaba en un manicomio. Qué ganas de ponerse a cantar, ¿eh?