Seguro que después de ver Dulce sabor a muerte no os apetece ir a tomar un heladito. No porque tengáis miedo de que os convierta en máquinas de matar y lleguéis a casa con la ropa toda manchada de sangre, que se va fatal, sino porque después de este delirio gore con IA de regalo lo que menos apetece es algo dulce. De todas maneras, al margen de lo que os haya parecido la película (y el propio Eli Roth), hay algo que nadie puede discutir: la trama no tiene ningún sentido.
Ojo: Spoilers de Dulce sabor a muerte, obviamente.
Uno de vainilla y muerte, por favor
Si eres (como yo) alguien que no solo pilla la IA a la primera, sino que aborrece verla en cualquiera de sus formas, desde flyers hasta carteles pasando por cortos experimentales, probablemente hayas acabado murmurando cosas feas durante la revelación del villano en Dulce sabor a muerte, porque Roth ha hecho esta escena tirando de esta herramienta. Aún así, en esa escena está la clave de la película... Y también su mayor dislate.
En ella, se explica que ese hombre que está convirtiendo a los niños en asesinos es Jonathan Smiley, un hombre que trató de proteger a los niños de los curas pederastas y, en su lugar, fue encarcelado. En prisión, conoció a un nigromante que prometió que, a cambio de su alma, podría vengarse del pueblo. Y exactamente eso es lo que pasa. Solo hay un problema: si esto pasó hace solo unas décadas y los chavales que testificaron falsamente contra Smiley ahora son los padres... ¿No deberían haberle reconocido a la primera?
The Horror Section
Si a los 9 años testificaste contra alguien en un juicio y le mandaron a la cárcel por tu culpa, ¿de verdad no recordarías su cara toda la vida? ¿No te mosquearías al verle llegar 30 años después con un carrito de helados? ¿Cómo es posible que absolutamente nadie le reconociera hasta que ya fue demasiado tarde? La película se tendría que haber acabado ahí mismo, tras el partido de béisbol, con un padre diciendo "Oye, yo a ti te conozco". Al menos nos habríamos ahorrado el volquete de IA.