La lista de logros que ha conseguido Guillermo Del Toro a lo largo de todos estos años es interminable, pero el verdadero hito de su carrera ha sido conseguir todos esos éxitos siendo siempre fiel a si mismo y sin perder ni una pizca de esa humildad y sabor mexicano con los que nació.
El director siempre ha tenido muy claro que su camino estaba en el cine. Siendo aún muy joven le apasionaba crear criaturas, inventar historias góticas y realizar sus cortos caseros -incluso con la ayuda de su madre como actriz-. Dedicaba su tiempo libre a desarrollar esas habilidades que después le han servido para construir una filmografía única, pero también necesitaba un trabajo que le diera de comer y, durante un tiempo, eso lo encontró en el sector de los bienes raíces. Es decir, vendiendo casas.
Durante una Master Class en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, Del Toro hizo un repaso de sus primeros pasos profesionales. Su padre, Federico del Toro -un comerciante de automóviles usados de Guadalajara-, era un hombre con poca imaginación que no comprendía la fascinación de su hijo por los monstruos de Frankenstein, Godzilla o las revistas de terror, así que tuvo que cumplir con las que él llama "demandas razonables de la vida" y sostenerse económicamente, lo que llevó al mundo de las inmobiliarias.
Estuve trabajando en bienes raíces cinco años. Me levantaba a las seis de la mañana, la chamba acababa a las tres o cuatro de la tarde, y de cuatro en adelante hacía monstruos
"Yo decía: 'de 6 a 10 es mi espacio'. Hay una anécdota muy bonita de Nikola Tesla, que trabajó escarbando zanjas en Nueva York mucho tiempo cuando estaba en la quiebra. Llegaba tarde, y le dijo su capataz: 'Tienes que llegar a las 7 de la mañana'. Y lo vio el capataz que se quedaba hasta las 9 de la noche... La mente dice: 'Me puedes decir cuándo empezar o cuándo acabar, pero no las dos cosas'. Y eso es lo que tenemos, que ese es el espacio que te creas", declaró el director.
Del Toro sabe lo que es trabajar duro. Al darse cuenta de que en México no existía una industria desarrollada de efectos especiales de maquillaje para las películas de terror que él quería filmar, fundó con su socio Rigoberto Mora la compañía Necropia. Mientras seguía trabajando para mantenerse, utilizaba Necropia para ofrecer servicios de efectos y maquillaje a otros directores a cambio de favores o dinero para comprar hornos, herramientas y materiales. Su lema en ese entonces era: "No somos los mejores, somos los únicos".