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    Festival de San Sebastián 2015: La gran noche de Alex de la Iglesia & Co.
    Por Alejandro G. Calvo — 20 sept. 2015 a las 8:00

    Éxito de la nueva cinta de Alex de la Iglesia, ‘Mi gran noche’, en su retrato del esperpento existente en los programas de nochevieja de televisión. Además, dos películas magistrales: ‘El club’ de Pablo Larraín y ‘Sunset Song’ de Terence Davies.

    Dos años después de presentar en San Sebastián Las brujas de Zugarramurdi, Alex de la Iglesia regresa al certamen con la que es, sin duda, una de sus mejores películas: Mi gran noche o, lo que es lo mismo, la crónica fatal de la grabación de un casposo programa de nochevieja -¿no lo son todos?- que lo parte tanto por ritmo –aceleración a la Scorsese- como por acumulación de gags. Retrato de una España en caída libre –algo que el cineasta lleva haciendo desde los tiempos de Acción Mutante-a través de sus muchos patógenos identificativos: la joven estrella pop de cerebro cuarteado (Mario Casas, ¿el mejor actor español actual?), el divo perenne y ególatra (Raphael, que más que a sí mismo, parece imitar a José Luis Moreno), una pareja de presentadores víboras (y casados), los extras sedientos de fama efímera, el productor corrupto, la realizadora pasada de vueltas (hay mucho de Mercedes Milá en Carmen Machi), un fan desatado convertido en psicópata asesino, el pueblo en lucha (los trabajadores de la cadena a punto de ser despedidos) y un largo etcétera que hacen de Mi gran noche un perfecto espejo deforme donde España se pueda mirar a la cara, reconocer sus vergüenzas y, por supuesto, saber reírse de ellas. Por algo Juanma Bajo Ulloa dice que lo único que nos mantiene unidos (por ahora) es el cachondeo.

    Ya desde su arranque la película es un tren bala. Un viaje hacia el fin de la noche que funciona tanto como conjunto de gags aislados –mínimos relatos salvajes donde la risa prima sobre la violencia- como una larga set-piece de comedia desaforada –un El guateque con muchos Peter Sellers-. De la iglesia logra contener su tendencia desbarrar –no es que eso me haya parecido nunca un problema, pero que esté más contenido ayuda a que la película mantenga siempre el ritmo- y acaba por ofrecernos una perfecta película lineal: bien al principio, en medio y al final. Algo a lo que ayudan unos actores superlativos, del ya citado Mario Casas a un tremendo Carlos Areces o a una Blanca Suárez que sabe reírse a la perfección de ella misma. A ver si Ben Wheatley puede superar esta maravillosa locura con su High-Rise el próximo lunes.

    También en Sección Oficial disfrutamos de la enésima obra maestra del veterano realizador británico Terence Davies –Donosti tiene enamorado al director, que ya presentó en competición la brutal The Deep Blue Sea en el año 2011-. Hablamos de Sunset Song, un nuevo retrato de mujer luchadora, independiente y abnegada frente a un mundo voraz que le va a la contra desde el minuto uno, a la que da vida una sobresaliente Agyness Deyn –la vimos en el remake de Pusher-. Esta es la historia-río de Chris Guthrie, de cómo supera la tiranía de un padre maltratador –un nuevo personaje torturado para Peter Mullan; es su especialidad- para pasar a ser una mujer soltera al frente de una granja y su futuro matrimonio marcado por la guerra. Narrada con sensibilidad máxima, con el uso de las canciones como vehículos elípticos –uno de los gestos estéticos más bellos de la obra de su autor- y con un cierre absolutamente fascinante (y demoledor). Sunset Song además sorprende por su clasicismo casi fordiano –por momentos recuerda a ¡Qué verde era mi valle!- y nos invita a revivir las grandes películas de Davies: Voces distantes La casa de la alegría.

    Cerramos con un auténtico puñetazo al rostro: El club de Pablo Larraín. Presentada en el pasado festival de Berlín y que en San Sebastián ha inaugurado Horizontes Latinos, la película no es sólo lo mejor que haya hecho nunca el firmante de Tony Manero, sino que además es una de las películas más demoledoras y certeras del año. Ambientada en un pequeño pueblo costero en Chile, la película ficciona sobre la existencia de un hogar al que la Iglesia (así, con mayúscula) envía a modo de retiro a los sacerdotes (y derivados) que ya no pueden ejercer debido a sus actos ignominiosos (se pueden hacer a la idea de las depravaciones existentes). Larraín se deja de dilemas morales y se introduce entre los monstruos para retratarlos en sus quehaceres diarios. La acción dramática se desatará en cuanto aparezca en las puertas de la casa un hombre adulto y enajenado que dice ser un niño violado por uno de los curas en retiro. A partir de ahí la escalada psicópatica se dispara, la película toma cuerpo de thriller bizarro y se va tornando más y más desoladora. 

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