El terror clásico todavía puede sorprender
por Sara HerediaEl cine de terror está cambiando su lenguaje. Desde hace unos años —impulsado en gran parte por las producciones de A24—, el género ha encontrado nuevas formas de perturbar al espectador. Midsommar (2019) ya nos mostró una inquietud distinta, más incómoda y persistente, algo que quizá solo habíamos visto antes en Hereditary (2018), también de Ari Aster. El año pasado, Devuélvemela llevó aún más lejos los límites del horror. Y Backrooms, dirigida por Kane Parsons, está a punto de llegar a los cines para seguir abriendo puertas a pesadillas que hasta ahora parecían desconocidas.
En plena ola del llamado “terror elevado” —como se ha bautizado a este tipo de propuestas— llega un título que juega precisamente en la dirección contraria. Hokum, dirigida por Damian McCarthy, funciona como el reverso de ese nuevo lenguaje. Mientras muchas de las cintas mencionadas rehúyen el jump scare y prefieren instalar al espectador en una angustia sostenida, McCarthy apuesta por los mecanismos más clásicos del género y demuestra que sabe manejarlos con precisión.
La película sigue a Ohm Bauman, un escritor de éxito que viaja a Irlanda para honrar la memoria de sus padres. Allí, en un pequeño hotel perdido en el campo, ellos pasaron su luna de miel, así que decide reservar una habitación para dejar sus cenizas en un árbol cercano. Sin embargo, el lugar ya no es el mismo. La antigua suite nupcial permanece cerrada a cal y canto porque, según cuenta el fundador del hotel, en su interior hay una bruja encerrada.
Beta
El irlandés McCarthy está construyendo una filmografía sólida dentro del terror. Ya llamó la atención con Caveat (2020), pero fue Oddity (2024) la que terminó de situarlo en el radar de los aficionados al género. Ahora, con Hokum, confirma que conoce perfectamente las reglas del juego. Tanto, que se permite jugar con ellas, rendir homenaje a los clásicos y, al mismo tiempo, dejar una voz propia.
Los silencios, la oscuridad, las luces que se encienden y se apagan… todos esos elementos que preparan el susto y que forman parte del ADN del terror están aquí perfectamente coreografiados. En ese sentido, la película se mueve en un terreno familiar en el que cualquier amante del género se sentirá cómodo. Pero el guion de McCarthy no se conforma con eso. Introduce elementos del folclore irlandés y, sobre todo, ese humor rural tan particular que atraviesa muchas de sus historias, logrando que la película gane personalidad. Hokum tiene terror y muy buenos jump scares, sí, pero sobre todo resulta inesperadamente encantadora.
Sosteniendo todo ese equilibrio está Adam Scott, en un papel que no resulta especialmente simpático, pero con el que conectamos gracias a su carisma natural. A medida que su personaje se adentra en esa espiral hacia lo oscuro y lo desconocido —y nosotros con él—, terminamos por cogerle un cariño inesperado.
En definitiva, Hokum mira hacia los códigos más clásicos del terror, pero los utiliza con la suficiente inteligencia y personalidad como para que se sientan frescos.