You're toxic, I'm slippin' under
por Tomás Andrés GuerreroCurry Barker irrumpe con fuerza en el terror con Obssession, revitalizando la vieja fórmula de "ten cuidado con lo que deseas" (al más puro estilo de Cuentos asombrosos) para entregar el que posiblemente sea el mejor largometraje de terror de lo que llevamos de década. Lejos de conformarse con los sustos fáciles, el director nos sumerge en una crítica brutalmente honesta, cínica y emocional sobre la dependencia romántica, el control y la cobardía disfrazada de amor.
La trama sigue a Bear (Michael Johnston), un empleado de una tienda de música, introvertido y pasivo, que está perdidamente enamorado de su compañera de trabajo, Nikki (Inde Navarrette). Incapaz de confesarle sus sentimientos por un pánico paralizante al rechazo, Bear compra un amuleto esotérico de baratija y desea que Nikki lo ame más que a nada en el mundo. El artefacto funciona casi al instante, pero el deseo concedido rápidamente muta en una pesadilla que le roba el alma a Nikki y amenaza con destruir tanto a ella, a él y a su círculo de amigos.
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El mayor triunfo de la película son, sin duda, las actuaciones de sus semidesconocidos protagonistas, sobre todo la de Inde Navarrette, que roba cada plano de la cinta. Su interpretación de Nikki es una clase magistral que esquiva todos los clichés de la "mujer obsesionada": pasa de ser una joven amable y dicharachera a una presencia volátil, vulnerable, aterradora y -sin embargo- sincera. La actriz maneja una intensidad brutal que roza la locura sin caer nunca en la caricatura, regalándonos momentos muy jodidos. Por su parte, Michael Johnston cumple al resistirse a la tentación de convertir a Bear en un protagonista simpático: encarna a la perfección a un "chico bueno" débil, pasivo-agresivo y egoísta, cuya verdadera monstruosidad radica en su disposición a aprovecharse del colapso psicológico de Nikki para su propia satisfacción romántica y sexual.
A nivel técnico, Obsession es una delicia para todo fan del género. Barker dota a la cinta de un tono analógico que te deja a cuadros: utilizando una relación de aspecto de proyección de casi 4:3 (al más puro estilo serie B), una iluminación sombría y una ominosa banda sonora de sintetizadores ochenteros a cargo de Rock Burwell que aprieta las tuercas de la tensión en cada escena. La película escala el terror con bisturí de cirujano: comienza apoyándose en el deseo no correspondido para luego descender hacia un tercer acto con estallidos de violencia física y emocional tan turbios que dejan al público sin aliento (no es apta para almas sensibles).
Si hay que sacarle un pero como cinta de terror, es que adolece de un metraje de 110 minutos que en ciertos momentos parece algo alargado, estirando el suspense más de lo estrictamente necesario. Además, algunas actuaciones del elenco secundario resultan un tanto irregulares, aunque -curiosamente- esa energía que parece fuera de lugar termina sumando a la autenticidad casi artesanal del proyecto.
Estamos ante una película implacable, retorcida y mortalmente demoledora que consolida a Curry Barker como un prodigio del cine de terror (lo que augura cosas excelentes para su venidero 'remake' de La matanza de Texas). Es un viaje angustiante sobre personas tan consumidas por el anhelo que pierden la capacidad de reconocer lo verdaderamente destructivo de sus fantasías. Da que hablar y permanece en la mente del espectador durante días.
El terror está de dulce. En el género está la salvación de las salas.