El Ozempic maldito
por Tomás Andrés GuerreroLa directora y guionista Natalie Erika James irrumpió con fuerza en el panorama del cine de género gracias a su ópera prima, Relic: una devastadora muestra de terror psicológico que exploraba la demencia senil. Tras un breve paso por el cine de estudio hollywoodense con la precuela Apartment 7A, James regresa a su Australia natal con Insaciable, un 'body horror' que cambia la atmósfera de lenta agonía de su debut por un relato visceral y lleno de excesos visuales. El resultado es una obra potente y sumamente oportuna que capta el pulso de la obsesión contemporánea por los medicamentos de pérdida de peso y los cánones estéticos inalcanzables.
La historia sigue de cerca a Hana (interpretada por Midori Francis), una estudiante de medicina atrapada en un doloroso ciclo de atracones de comida, culpa y castigo físico. A pesar de tener una complexión saludable, Hana sufre una profunda dismorfia corporal alimentada por las redes sociales y una cultura de bienestar altamente tóxica. Su deseo de adelgazar se intensifica no solo por su precaria autoestima, sino por la atracción secreta que siente hacia Alanya (Madeleine Madden), una entrenadora de gimnasio que promueve rutinas de ejercicio saludables. Sin embargo, la vida de Hana da un giro macabro cuando se reencuentra con una antigua compañera de escuela que luce muy delgada gracias a una milagrosa y píldora cuya composición base son cenizas humanas. Por lo que robará las costillas de un cadáver con el que practica en sus clases y comenzará su pesadilla -y maldición sobrenatural- al fabricarse sus propias pastillas adelgazantes con ellas.
Es en sus apartados técnicos donde Insaciable brilla con mayor intensidad. La puesta en escena de Natalie Erika James se beneficia enormemente del diseño visua, cuya dirección de fotografía opta por una paleta de colores que sumerge la película en un ambiente de constante penumbra. Además, la película es una experiencia auditiva perturbadora; el diseño de sonido, en perfecta comunión con la banda sonora , amplifica de manera incómoda los ruidos corporales: la respiración agitada, la masticación frenética de los atracones y los crujidos musculares, creando una suerte de "anti-ASMR" que resulta casi insoportable y brillante a la vez. A esto se suman unos efectos prácticos y prótesis excepcionalmente desagradables que deleitarán a los amantes del cine gore. En estos sentidos técnicos el filme vuelve a recordar a otro gran éxito del género: La sustancia.
Independent Film Company
No obstante, el principal tropiezo de Insaciable reside en que la ambición de su guion termina por sobrecargar el metraje. La intenta entrelazar el terror corporal con demasiados temas a la vez: el trauma generacional, la identidad sexual, las dinámicas familiares tóxicas, la obsesión con la imagen en redes sociales y la hipocresía de la industria del bienestar. La subtrama familiar de Hana -con una madre perfeccionista que expresa su amor a través del servicio doméstico asfixiante y un padre obeso que se oculta en las sombras- se desarrolla con una tosquedad que le resta impacto emocional. Asimismo, la decisión visual de que el fantasma de que acecha a la protagonista solo sea visible a través de superficies cóncavas o convexas (como cucharas o teteras) es una ocurrencia estética muy estimulante, pero carece de un verdadero significado narrativo que justifique su existencia.
La estructura de la película también sufre en su segundo acto, donde los montajes repetitivos de atracones, entrenamientos y fabricación de píldoras imitan de forma fidedigna el bucle obsesivo de la dismorfia corporal, pero ralentizan el ritmo general del relato. Además, el uso de la figura monstruosa del cadáver en descomposición -al que Hanna sustrae las costillas- para provocar sobresaltos al espectador camina por una línea muy delgada que por momentos amenaza con contradecir el mensaje de aceptación corporal de la película, aun cuando pueda justificarse como una proyección de las peores neurosis de la propia Hana.
Pese a estos puntos anteriores, Insaciable es un thriller psicológico audaz, incómodo y sumamente contemporáneo que ratifica la destreza de su directora como una de las estilistas visuales más interesantes de su generación. Aunque su guion muerde más de lo que puede masticar y carece del demoledor peso dramático de Relic, la portentosa actuación de Midori Francis y una atmósfera sensorial de primer nivel sostienen una película que sin duda invitará a la reflexión de los espectadores