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Ni contigo ni sin mí me cayó mal desde el principio y no consiguió remontar. El arranque con “Bring a Little Lovin’”, de Los Bravos, ya me produjo una sensación extraña: no porque la canción sea mala —al contrario—, sino porque su recuperación después de haber vuelto a circular con fuerza gracias a Érase una vez en… Hollywood me sonó más a elección oportunista que a una decisión con personalidad propia. Fue una primera señal de algo que luego se repite: la película parece buscar recursos reconocibles sin conseguir darles una voz propia.
El problema principal está en el guion. La comedia de enredo necesita precisión, ritmo y personajes capaces de generar situaciones por sí mismos. Aquí demasiadas escenas parecen construidas para llegar al siguiente gag o al siguiente malentendido, pero sin que exista una verdadera acumulación cómica. No hay esa sensación de mecanismo perfectamente engrasado donde cada error complica el anterior; más bien hay situaciones que van pasando y que rara vez consiguen resultar realmente divertidas.
Gorka Otxoa suele hacerme gracia, y precisamente por eso aquí me decepcionó más. Tiene timing, simpatía y sabe manejar muy bien al hombre desbordado que intenta conservar cierta dignidad mientras todo se complica. El problema es que empiezo a notar demasiado ese registro, especialmente después del éxito de Machos Alfa. No es que interprete mal, sino que el personaje vuelve a moverse por una zona demasiado conocida y la película tampoco le ofrece material capaz de sacarlo de ahí.
Manuela Vellés tiene una presencia estupenda y está especialmente guapa, pero tampoco puede hacer demasiado con un personaje escrito sin suficiente profundidad. Ese es uno de los problemas generales del reparto: hay actores capaces de elevar una escena, pero la dirección y el texto los mantienen dentro de un tono tan plano que casi todo termina pareciendo más pequeño de lo que debería.
La dirección de María Ruiz me resultó especialmente plana. Una comedia de estas características necesita energía, variaciones de ritmo y una puesta en escena que encuentre humor también en los silencios, los movimientos, las miradas y el espacio. Aquí la cámara suele limitarse a registrar lo que ocurre. Cuando el diálogo no funciona, no hay una segunda capa visual o rítmica que pueda rescatar la escena.
Tampoco me funciona el tono. La película quiere ser ligera, sentimental, alocada y algo melancólica, pero esos registros nunca terminan de mezclarse de manera natural. En lugar de complementarse, a menudo parecen empujarse unos a otros. Los momentos que buscan emoción se sienten demasiado programados y los que buscan comicidad rara vez tienen verdadera mordiente.
Eso no significa que una comedia tenga que ser profunda para funcionar. Puede ser completamente ligera y seguir siendo estupenda. El problema es cuando esa ligereza se convierte en falta de sustancia. Aquí no encontré personajes a los que quisiera acompañar, conflictos que me interesaran de verdad ni situaciones suficientemente ingeniosas como para compensarlo.
Lo más frustrante es que hay intérpretes con oficio y una premisa que, tratada con más mala leche o más precisión, podría haber dado una comedia de relaciones bastante más viva. Pero la película se conforma con recorrer caminos previsibles sin encontrar un punto de vista propio.
Ni contigo ni sin mí me pareció muy tonta, poco graciosa y narrativamente floja. No basta con tener actores simpáticos, canciones reconocibles y una situación sentimental enredada. Hace falta convertir todo eso en cine con ritmo, personalidad y verdadera comicidad. Aquí casi nada terminó de cuajar. Gorka Otxoa sigue teniendo gracia, Manuela Vellés ilumina la pantalla cada vez que aparece, pero ninguno de los dos puede salvar una película que me dejó una sensación muy clara: una pérdida de tiempo.
El problema principal está en el guion. La comedia de enredo necesita precisión, ritmo y personajes capaces de generar situaciones por sí mismos. Aquí demasiadas escenas parecen construidas para llegar al siguiente gag o al siguiente malentendido, pero sin que exista una verdadera acumulación cómica. No hay esa sensación de mecanismo perfectamente engrasado donde cada error complica el anterior; más bien hay situaciones que van pasando y que rara vez consiguen resultar realmente divertidas.
Gorka Otxoa suele hacerme gracia, y precisamente por eso aquí me decepcionó más. Tiene timing, simpatía y sabe manejar muy bien al hombre desbordado que intenta conservar cierta dignidad mientras todo se complica. El problema es que empiezo a notar demasiado ese registro, especialmente después del éxito de Machos Alfa. No es que interprete mal, sino que el personaje vuelve a moverse por una zona demasiado conocida y la película tampoco le ofrece material capaz de sacarlo de ahí.
Manuela Vellés tiene una presencia estupenda y está especialmente guapa, pero tampoco puede hacer demasiado con un personaje escrito sin suficiente profundidad. Ese es uno de los problemas generales del reparto: hay actores capaces de elevar una escena, pero la dirección y el texto los mantienen dentro de un tono tan plano que casi todo termina pareciendo más pequeño de lo que debería.
La dirección de María Ruiz me resultó especialmente plana. Una comedia de estas características necesita energía, variaciones de ritmo y una puesta en escena que encuentre humor también en los silencios, los movimientos, las miradas y el espacio. Aquí la cámara suele limitarse a registrar lo que ocurre. Cuando el diálogo no funciona, no hay una segunda capa visual o rítmica que pueda rescatar la escena.
Tampoco me funciona el tono. La película quiere ser ligera, sentimental, alocada y algo melancólica, pero esos registros nunca terminan de mezclarse de manera natural. En lugar de complementarse, a menudo parecen empujarse unos a otros. Los momentos que buscan emoción se sienten demasiado programados y los que buscan comicidad rara vez tienen verdadera mordiente.
Eso no significa que una comedia tenga que ser profunda para funcionar. Puede ser completamente ligera y seguir siendo estupenda. El problema es cuando esa ligereza se convierte en falta de sustancia. Aquí no encontré personajes a los que quisiera acompañar, conflictos que me interesaran de verdad ni situaciones suficientemente ingeniosas como para compensarlo.
Lo más frustrante es que hay intérpretes con oficio y una premisa que, tratada con más mala leche o más precisión, podría haber dado una comedia de relaciones bastante más viva. Pero la película se conforma con recorrer caminos previsibles sin encontrar un punto de vista propio.
Ni contigo ni sin mí me pareció muy tonta, poco graciosa y narrativamente floja. No basta con tener actores simpáticos, canciones reconocibles y una situación sentimental enredada. Hace falta convertir todo eso en cine con ritmo, personalidad y verdadera comicidad. Aquí casi nada terminó de cuajar. Gorka Otxoa sigue teniendo gracia, Manuela Vellés ilumina la pantalla cada vez que aparece, pero ninguno de los dos puede salvar una película que me dejó una sensación muy clara: una pérdida de tiempo.
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