Una de las grandes maravillas del séptimo arte.
Este remake no se simplifica únicamente al cine como relato, sino a la experiencia completa. Hay una frase que se me queda marcada en la memoria desde los inicios --"¿cómo se lucha contra las ideas?".., y la película orbita alrededor de esa cuestión, como un conflicto permanente. Y las diferencias con la versión de los años 20 es abismal. En su momento ya imponía la cinematografía por su ambición visual, aquí la sensación es más distinta: más envolvente, más completa. El sonido, la música, el color... Todo en conjunto conforman una de las obras más grandes que nos ha dado el cine. Gracias a William Wyler, que no solo entendió lo que es hacer un remake, sino que comprende perfectamente cómo hacer una buena película.
Nunca suelo percatarme de las bandas sonoras, pero es que el trabajo de Miklós Rózsa no pasa desapercibido. Tiene una fuerza arrolladora. Y aun así, de la poderosa puesta en escena en general que presenta, podría ver la película sin sonido, siento igual de impresionante. Pero lo que sí que no quitaría es el precioso color intenso. También es cierto que se pierde parte de la crudeza y elegancia del 1925 aquí, pero gana en otra cosa: una dimensión sensorial profunda.
Lo interesante también es que pese a esas diferencias técnicas, no reniega de su origen. Es un remake profundamente respetuoso. Las escenas están ahí, presentes, reconocibles en esencia, reinterpretadas con el mismo lenguaje, pero distinta ambición. La escenografía y el vestuario, por ejemplo, siguen siendo imponentes, incluso más refinados. No se trata de construir solo espacios, sino de habitarlos con una lógica interna que los haga creíbles. Lo que se respira es coherencia que va más allá de lo visual. El ritmo sí que cambia. Es mucho más pausado y contemplativo. El objetivo es detenerse para hacer sentir al máximo cada momento. Eso no juega a la contra, porque no se me hace pesado nunca.
Hay mejorías narrativas. Hay más desarrollo, más detalle, más accesibilidad. No necesito esforzarme para ser consciente de lo que veo y escucho. Así conecto de verdad y perfectamente con el relato. Además que su alance temático es más amplio. Ya no se trata únicamente de venganza o traición, sino que se incluyen matices que enriquecen la trama. Ahora se habla de resistencia, de fe, de lucha interna, de creencias... Es una obra más completa, más consciente de lo que quiere contar.
Y lo que más me gusta sigue siendo lo visual. Hay muchísimos planos donde pienso: "esto es cine". No solo por su belleza, sino por la construcción general. La cualidad pictórica está ahí, esa característica que tanto me fascina al observar cine. Especialmente me inclino por su majestuoso uso de la luz y la sombra. El claroscuro es narrativo, porque define jerarquías, estados emocionales, tensiones... las sombras no ocultan, sino revelan. Sin ese juego tan bien ejecutado, las imágenes perderían mucho impacto.
Las técnicas de producción de la época también es algo a admirar a día de hoy. El interés es constante. No hay escenas que me inviten a salir de la historia. Si la de 1925 no me atrapada a nivel personal, ésta sí lo hace, porque la sensación de justicia, de abuso de poder, sigue estando presente, pero ahora siento todo con más claridad, de forma más directa. No solo observo, sino experimento. Y salgo con la impresión de haber visto una de las grandes construcciones del séptimo arte. No sustituye a la anterior, sino que habla con ella y la mejora.