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    Oz: Un mundo de fantasía
    Críticas
    3,0
    Entretenida
    Oz: Un mundo de fantasía

    Magia a medias

    por Paula Arantzazu Ruiz
    El ciclo de Disney sobre cuentos de hadas iniciado por 'Alicia en el país de las maravillas' de Tim Burton continúa con este 'Oz, un mundo de fantasía (Oz: The Great and Powerful)' a cargo de Sam Raimi, precuela de la mítica 'El mago de Oz' que popularizó la televisión muchos años después de que se estrellara en la taquilla de Estados Unidos en su estreno en las salas cinematográficas. Pocos saben que gracias a la pequeña pantalla la cinta de Victor Fleming alcanzó la fama que tiene hoy en día; como también pocos imaginan que probablemente pegado a esa caja tonta Raimi se enamoró hasta el tuétano del maravilloso mundo de Oz.


    En la precuela que firma el director de 'Posesión infernal' (1981) se nota y mucho ese cariño por la adaptación cinematográfica del relato de Frank Baum. Raimi respeta los dos tiempos y los dos espacios que marcan el relato (el mundo real y el territorio de Oz) señalando, como hacía la cinta original, el primero en blanco y negro, el segundo en un brutal color. Y si la película de Fleming se convirtió en exponente junto con 'Lo que el viento se llevó' (rodada al mismo tiempo que 'El mago de Oz', también de Fleming) de la fotografía technicolor, la de Raimi intenta ser uno de los más barrocos ejemplos -hasta el momento- de lo que puede dar de sí la paleta digital estereoscópica. Las conexiones no acaban aquí: hoy sabemos que una de las intenciones de Baum, el autor de la novela, en 'El mago de Oz' era construir una metáfora en torno a la revolución de la clase obrera y la lucha contra el capital (¿o a qué responde esa ciudad esmeralda sino a ejercer de metáfora del señor dinero?), mientras que Raimi tampoco oculta que su película habla de la lucha contra una tirana parricida que ha sumido a Oz en un estado de terror. Signo de los tiempos.


    No obstante, las buenas ideas de Raimi no acaban de erigirse, paradojas, en la maravilla que muchos esperamos una vez nos lleva hacia el supuestamente alucinante mundo de Oz. El viaje del mago farsante -interpretado con buen atino, aunque también con algo de pereza, por el caradura de James Franco - hasta toparse con la bruja mala resulta un poco aburrido y la trama queda engullida por el excesivo paisaje de píxeles que la envuelve. Hay imágenes sobrecogedoras como esas lágrimas corrosivas que quiebran el rostro de la frágil Mila Kunis - pese a que ya habíamos visto un gesto similar en 'L'Apolloine. Casa de tolerancia', de Bertrand Bonello-, el loco número musical protagonizado por los Munchkins (los enanos), o el acto final, en el que el mago (y por tanto Raimi) sorprenden con un número de prestidigitación que funciona asimismo como reflexión sobre el poder de las imágenes; sin embargo, en toda la película Raimi no consigue ninguna imagen lo suficientemente icónica como para alcanzar el nivel de la primera película. Y ante esos resultados, no valen argumentos.


    A favor: el riesgo de Sam Raimi a la hora de lanzarse en esta difícil empresa.


    En contra: el bótox de Michelle Williams.

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