Lo mejor de la película es que entiende bastante bien que no puede enfrentarse a este material con solemnidad absoluta. Si intentara convertir una fantasía de espada, músculo, villanos calavéricos, rayos de poder y juguetes míticos en un drama serio, seguramente haría el ridículo. En cambio, abraza buena parte de su propia tontería, y ahí empieza a funcionar. No es una gran película, ni una obra profunda, pero sí una aventura vistosa, ligera y entretenida si uno acepta sus reglas: nostalgia, color, acción, humor sencillo y épica de dibujos animados llevada al cine con más cariño que vergüenza.
A mí me interesa precisamente esa mezcla. Por un lado está el recuerdo infantil, esa idea de un universo exagerado, lleno de nombres imposibles, espadas luminosas, castillos, monstruos, tecnología absurda y batallas entre el bien y el mal sin demasiados matices. Por otro, está una película moderna que sabe que todo eso puede sonar ridículo y decide jugar con ello sin destruirlo. Si se ríe demasiado de sí misma, traiciona la fantasía; si se toma demasiado en serio, se vuelve pesada. Cuando encuentra el punto intermedio, funciona como una aventura desacomplejada, cercana al espíritu de los viejos espectáculos fantásticos de los ochenta.
Nicholas Galitzine encaja mejor de lo que podía parecer. Tiene físico, presencia limpia y una sinceridad de héroe clásico que le viene bien al personaje. No necesita reinventar nada, porque aquí la gracia no está en convertir al protagonista en un antihéroe atormentado, sino en aceptar su lado luminoso, noble y casi ingenuo. La película gana cuando se permite creer en esa bondad sin pedir disculpas. En un tiempo en el que muchas adaptaciones parecen avergonzarse de sus propios orígenes, se agradece que conserve fe en la aventura simple, en el gesto heroico y en la fantasía de coger una espada y plantarse delante del mal.
El villano, en cambio, me resulta más irregular. Tiene diseño, presencia y momentos de teatralidad divertida, pero no siempre impone todo lo que debería. La película parece más cómoda con el cachondeo, la aventura y el guiño nostálgico que con la amenaza real. Eso no arruina el conjunto, porque el tono tampoco busca un terror oscuro, pero sí hace que algunas partes pierdan fuerza. Hay escenas en las que la historia necesitaría un enemigo más peligroso y más magnético. Sin esa sombra fuerte, todo se vuelve más juguete, más parque temático, más espectáculo amable.
Visualmente tiene cosas muy disfrutables. No todo funciona, y en algunos momentos el exceso digital puede cansar, pero hay color, imaginación y una voluntad clara de no esconder el origen fantástico del material. Eternia no aparece como un mundo realista ni falta que hace. Tiene que parecer un sitio imposible, un cruce entre cómic, juguete, fantasía heroica y aventura espacial. Cuando acepta ese kitsch, cuando no teme al ridículo, se vuelve bastante simpática. Me gustó más en sus momentos de exceso sincero que cuando intenta meter demasiada fórmula narrativa o explicar conflictos básicos.
También se nota que quiere agradar a varios públicos a la vez. Busca al niño que puede descubrir este mundo por primera vez, al adulto que lo recuerda con cariño, al espectador de aventuras familiares y al fan que espera ver ciertos iconos tratados con respeto. Esa ambición de contentar a todos provoca problemas. Hay humor que funciona y humor que cae algo grueso; hay acción con energía y otra más mecánica; hay emoción genuina y momentos calculados. Tiene impulso, pero no siempre ritmo. Dura más de lo necesario y a veces la historia no es tan sólida como su envoltorio.
Aun así, prefiero una película consciente de su naturaleza absurda antes que una adaptación gris que intente hacer adulta una fantasía que nunca pidió serlo. Aquí hay corazón, ganas de entretener y una honestidad muy sencilla: no pretende cambiar el cine fantástico ni ofrecer una lectura revolucionaria del mito. Quiere ser una aventura de espada, magia, amistad, destino y villanos imposibles. Cuando se queda en eso, se disfruta. Cuando intenta justificar demasiado su existencia o alargar la trama, pierde encanto. Pero incluso entonces mantiene una energía amable que la hace llevadera.
Lo que me queda es la sensación de una película imperfecta, tontorrona y bastante divertida. Puede parecer un anuncio de juguetes carísimo, sí, pero eso forma parte de su ADN. La cuestión es si consigue convertir ese origen en entretenimiento, y para mí lo consigue durante buena parte del metraje. No todos los chistes funcionan, no todos los personajes tienen peso y la historia es previsible, pero hay color, ritmo, nostalgia y un deseo sincero de pasarlo bien. No es para entrar con cinismo ni para pedir complejidad. Es para dejarse llevar por una fantasía musculosa, luminosa y ridícula en el mejor sentido. Una aventura familiar con alma retro, menos memorable de lo que podría, pero más simpática de lo temido.