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    Hotel Transilvania 2
    Críticas
    2,5
    Regular
    Hotel Transilvania 2

    How to make a monster

    por Suso Aira
    El departamento de animación de la Sony nunca ha tenido una línea concreta estilística que le haya definido y diferenciado de lo que realizan en Pixar, en la Blue Sky o en DreamWorks. Especie de cajón de sastre donde ha habido espacio para colaboraciones puntuales y excelentes (pero saldadas con estrepitosos fracasos de taquilla) con la Aardman (Arthur Christmas, ¡Piratas!) y para hallazgos aislados como las dos entregas de Lluvia de albóndigas. Les reto a nombrar algunas otras producciones de Sony Animation… ¿A que se han quedado en blanco? Pues eso, lo dicho.

    Hotel Transilvania 2 - Cartel
    Entre esta indefinición sobresale el mayor éxito comercial de la división dibus: Hotel Transilvania. Encuentro casual pero altamente fructífero entre la locura visual del dibujante y animador Genndy Tartakovsky (si quieren disfrutar de ella en estado puro no tienen más que recuperar su obra televisiva en el canal Cartoon Network) y el universo humorístico y referencial de Adam Sandler. Así, una tronchante historia sobre Drácula y sus amigos se convertía en una clásica comedia que volvía a hablar, como es habitual en Sandler y sus compinches, de la incapacidad para madurar y el disfrute de esa inmadurez.

    Esta secuela sigue siendo sandleriana, ese Sandler (a quien no le era ajena la animación: Ocho noches locas) amable y familiar donde los padres son más críos que sus hijos y donde la apología de la diferencia es la clave. Lo de lo diferente queda aquí mucho más evidente al tratarse de monstruos, orgullosos de serlo… o de no serlo. La divertida premisa del Team Drácula tratando de despertar al monstruo, al vampiro, que debería estar dentro de su nieto mitad humano, amplía el discurso sobre ser diferente para convertirse en sé lo que quieras ser. Un poco de anarquía disfrazada de comedia de costumbres, familiar, que repite muchos chistes y aciertos de la primera, que parece contentarse con volver a ese territorio amigo conocido (el hotel, los personajes) en vez de innovar, pero que nunca llega a aburrir ni a borrarnos la sonrisa de la boca. Y que se permite su secuencia más malintencionada en esa visita al campamento para niños vampiros, una colleja en toda regla a estos tiempos nuestros de sobreprotecciones, correcciones políticas y otras demostraciones del papanatismo imperante hoy día.

    A favor: las bromas con el monstruo de gelatina.

    En contra: es como una fotocopia amable de la primera.
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