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    Jason Bourne
    Críticas
    3,0
    Entretenida
    Jason Bourne

    El frenesí

    por Alejandro G.Calvo
    Más fast y más furious que nunca se encuentra Jason Bourne (que es el Jason Bourne de siempre, no el Jason Bourne marca blanca de El legado de Bourne (2012)) en esta quinta entrega de la saga que iniciara el siempre infravalorado Doug Liman con El caso Bourne, hace ahora catorce años. Regresan Matt Damon (actor) y Paul Greengrass (director) para tratar de adecuar los miedos que atenazan a Bourne (y, por ende, a la sociedad occidental) a la era en que las redes sociales dominan el mundo. La amenaza global pasa por la conspiranoia cibernética, “la Agencia” quiere tener acceso a un gigante de la red –piensen en Google o Facebook y acertarán- para así saber qué comen, qué playas visitan para fotografiarse los pies y qué armas de destrucción masiva gestionan sus usuarios. Mientras tanto Bourne, más consciente que nunca de sí mismo y su circunstancia, decide emprender una vendetta contra aquellos que lo convirtieron en la máquina de matar que es hoy en día y, de paso, acabar con los asesinos de sus seres más allegados. Así tenemos un villano de libro –al que dan vida, con máxima eficacia, las arrugas del rostro de Tommy Lee Jones-, un antihéroe cada vez menos hablador y más expeditivo (Damon, cumpliendo como héroe de acción incluso acercándose a la cincuentena) y una girl power experta en ciberataques y contra vigilancia a la que da vida la pujante Alicia Vikander.

    Jason Bourne - Cartel

    Bajo dicha premisa y cuatro largas secuencias de acción –al menos una de ellas, la que se desarrolla en Paddington Square, es realmente brillante- Greengrass construye la que debería ser la película que cierra las aventuras del personaje creado por Robert Ludlum. Pero ya saben cómo funciona Hollywood hoy en día, es probable que nuestros nietos acudan a la premiere de El salpullido de Bourne en 2066 con los hologramas de Matt Damon y Jeremy Renner como protagonistas. Desvarío. Decía que Greengrass retoma la saga buscándole un giro de tuerca a su habitual tono realista, ese que tan buen fruto dio tanto en El mito de Bourne (2004) como en El ultimátum de Bourne (2007), más cercano a la estilización del thriller europeo de los años 70 que a las action movies de la era del digital, tratándose de acercar ahora a las musculadas cacharrerías que tanto ha aplaudido el gran público, por ejemplo, con Fast & Furious 7. Un cambio de registro que hace que el interés narrativo pase más por el choque múltiple de un carro de combate contra un cúmulo de vehículos en circulación que por la intensidad dramática de la que siempre hace gala el personaje en sus luchas cuerpo a cuerpo. Así, más cerca de Justin Lin que de Alfred Hitchcock o John Frankenheimer, Jason Bourne se convierte en un juguete veraniego muy similar al que supuso La jungla: Un buen día para morir (2013). Está visto que ya se llamen Bourne o McClane, los viejos tipos duros siguen listos para hincharse a dar tortas (con palomitas).

     

    A favor: Que el argumento sea lo de menos, así no se engaña a nadie


    En contra: Que a veces el ruido se come a la furia en las secuencias de acción
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