La cura del bienestar es una película muy curiosa, porque tiene muchas cosas para fascinar y casi las mismas para desesperar. Gore Verbinski construye un mundo visualmente impresionante: un sanatorio perdido en los Alpes suizos, pasillos blancos, agua, cuerpos enfermos, sonrisas raras, tratamientos inquietantes y una atmósfera entre cuento gótico, pesadilla médica y thriller paranoico. En lo visual, desde luego, la película tiene personalidad.
El problema es que parece querer ser demasiadas películas a la vez. Hay ecos de terror gótico, de misterio de internado, de ciencia loca, de cuento enfermizo, de paranoia corporativa, de Shutter Island, de relatos sobre sanatorios imposibles y hasta de fantasía oscura europea. Todo eso podría haber formado una mezcla fascinante, pero la película no siempre sabe ordenar sus propias ideas. A ratos hipnotiza; a ratos parece atrapada en su propio exceso.
Dane DeHaan funciona bien como protagonista, con esa cara de agotamiento, arrogancia y fragilidad que encaja con un personaje que va perdiendo poco a poco el control. Jason Isaacs también aporta presencia como figura inquietante dentro del centro. Pero, para mí, quien más se queda en la memoria es Mia Goth. Tiene algo especial, como siempre: una mezcla de inocencia, rareza, misterio y amenaza silenciosa. Cada vez que aparece, la película gana algo. Hannah podía haber sido solo otro personaje extraño dentro del decorado, pero Mia Goth la convierte en una presencia magnética.
La película acierta mucho en su atmósfera. Hay imágenes potentes, momentos desagradables y una sensación constante de que ese lugar es demasiado limpio para ser sano. Verbinski sabe mirar los espacios, sabe crear incomodidad y sabe convertir el agua, los pasillos y los cuerpos en algo inquietante. Incluso cuando la historia se desordena, visualmente sigue teniendo fuerza.
Pero dura demasiado. Muchísimo. Sus casi dos horas y media pesan. Hay una buena película dentro de La cura del bienestar, quizá incluso una película notable, pero está enterrada bajo escenas que se alargan, giros previsibles, explicaciones excesivas y una trama que acaba perdiendo elegancia. Lo que empieza como misterio sofisticado termina acercándose demasiado al disparate. Y no siempre en el buen sentido.
También le falta una emoción más clara. La película es hermosa, rara y oscura, pero cuesta conectar de verdad con lo que les ocurre a sus personajes. Hay más fascinación estética que verdadero impacto emocional. Parece más preocupada por componer imágenes perturbadoras que por hacer que su historia duela o asuste de verdad. Y eso, en una película tan larga, acaba notándose.
La cura del bienestar no es una mala película. Tiene ambición, imágenes memorables, una atmósfera muy trabajada y una Mia Goth perfecta, como siempre. Pero también es irregular, excesiva y demasiado enamorada de su propio delirio. Mezcla muchas historias, muchos referentes y muchos tonos, y no siempre consigue que todo encaje. Se ve con interés, sí, pero al final queda la sensación de que necesitaba menos duración, más concentración y una cura contra sí misma.