Me pareció del montón. No es una película horrible ni una tortura, pero sí una de esas que ves, entiendes lo que quería denunciar y al poco tiempo te da bastante igual. Si no la ves, no pasa absolutamente nada.
La idea de partida tiene interés: una chica entra a trabajar en una empresa tecnológica enorme, limpia, moderna, sonriente y aparentemente ideal, donde todo se vende como transparencia, comunidad, innovación y mejora del mundo. Pero debajo de esa fachada amable aparece lo de siempre: control, vigilancia, exposición permanente, pérdida de intimidad y una especie de religión corporativa donde nadie quiere parecer el aguafiestas que duda del progreso.
El problema es que la película llega tarde y además llega sin demasiada mala leche. Quiere hablar de redes sociales, privacidad, empresas que nos usan mientras dicen conectarnos y exhibicionismo digital, pero lo hace de una manera tan obvia que casi parece una charla de advertencia para gente que acaba de descubrir internet. Plantea preguntas pertinentes, sí, pero las convierte en lecciones bastante planas.
Emma Watson está correcta, aunque no especialmente inspirada. Mae debería ser una protagonista atrapada entre la fascinación por pertenecer a algo grande y el miedo a descubrir el precio real de esa pertenencia. Pero muchas veces el personaje parece moverse porque el guion necesita que avance, no porque su transformación esté construida con fuerza. Al principio puede caer simpática, pero luego cuesta creer algunos cambios y decisiones.
Tom Hanks, en cambio, tenía un papel con muchísimo potencial. La idea de verlo como gurú tecnológico, amable por fuera y peligroso por dentro, podía haber sido muy inquietante. Pero la película tampoco se atreve demasiado con él. Su Eamon Bailey parece una mezcla de Steve Jobs, jefe de secta amable y vendedor de frases inspiracionales, pero rara vez da verdadero miedo. Más que un villano fascinante, queda como una figura corporativa demasiado subrayada.
John Boyega está desaprovechado de una forma casi dolorosa. Su personaje debería abrir una puerta más incómoda al interior de la empresa, a la mentira fundacional y a la conciencia crítica del sistema, pero aparece poco y con menos peso del que debería. Es uno de esos casos en los que notas que la película tiene piezas interesantes, pero no sabe hacerlas jugar de verdad.
También se nota que quiere ser una especie de Black Mirror de largo metraje, pero sin la precisión ni el veneno de Black Mirror. La serie solía coger una idea tecnológica y retorcerla hasta volverla perturbadora, absurda o cruel. Aquí, en cambio, casi todo está explicado desde el principio. Sabemos qué está mal, sabemos quiénes representan el peligro y sabemos hacia dónde va la moraleja. Falta sorpresa, falta tensión y falta incomodidad real.
Lo más frustrante es que el tema sigue siendo muy actual. Vivimos rodeados de cámaras, datos, aplicaciones, perfiles, métricas, vigilancia voluntaria y necesidad de mostrarnos. La película tenía material para dar miedo porque no habla de un futuro lejano, sino de algo que ya estaba ocurriendo. Pero en vez de aprovechar esa cercanía, lo convierte todo en una distopía un poco boba, demasiado evidente y sin suficiente filo.
El ritmo, al menos, no es insoportable. Se ve con cierta facilidad, tiene un andar más o menos constante y la estética limpia de la empresa resulta reconocible. Hay momentos que despiertan algo de interés, sobre todo cuando se muestra el entusiasmo casi religioso de los empleados o esa presión por convertir la intimidad en espectáculo público. Pero nunca termina de agarrar como thriller.
El tramo final me pareció especialmente flojo. Una película así necesitaba un cierre incómodo, oscuro o realmente inteligente, algo que dejara al espectador con la sensación de haber mirado demasiado cerca una maquinaria peligrosa. En cambio, termina de una manera bastante torpe, simplona y poco creíble, como si quisiera resolver con un gesto lo que no había construido con verdadera tensión.
Tampoco ayuda que la película tenga una falta de emoción bastante grande. Habla de relaciones familiares, amistad, culpa, ambición y exposición pública, pero casi nada llega a doler. Todo parece más diseñado para ilustrar conceptos que para contar una historia viva. Es una película con ideas, pero sin sangre; con tema, pero sin personalidad; con advertencia, pero sin verdadera fuerza dramática.
Al final, me queda como una película pasable tirando a floja, una advertencia moral sobre internet que se queda vieja casi mientras la estás viendo. No me enfadó, pero tampoco me dejó nada importante. Tiene una premisa jugosa, Emma Watson, Tom Hanks y un asunto que podía ser inquietante, pero acaba siendo una del montón: correcta para matar el rato, insuficiente como thriller y demasiado blanda como crítica del mundo digital.